Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

10 ago. 2010

Enter Sandman


Para un fanático de Metallica como yo, probar una bici que se llama Sandman tiene un componente especial de cariño, y porqué no decirlo, de nostalgia.
Pero mientras el Sandman de los californianos era un monstruo de las pesadillas para asustar a los niños, la Sandman belga es un monstruo de los sueños para circular por el monte.

Pongámonos en antecedentes:
- Hace ya un par de años o así Ángel me habló de de que Koen, un belga que había vivido mucho por aquí por Sobrarbe y que tenía una empresa de rutas de bici, estaba con la idea de adaptar unas ruedas de cubierta mastodóntica a las bicis de montaña. A mi me pareció inviable y no le hice mucho caso.
- El otro día que pasé por el taller, me encontré de morros con una extraña bicicleta: combinaba un cuadro rígido muy bonito con unas ruedas que daban ganas de reírse. Y, una vez acabada la carcajada, de mirarla con mucha atención. Llantas de anchura especial, cubiertas de 3.8 y blandas como chicle por la poca presión, horquilla invertida, montaje a tutiplén, factor Q inmenso, cuadro especial para dejar un paso de rueda adecuado… había que probarla!!

Así que regresé por la tarde para dar una pequeña vuelta a Partara, territorio muy conocido pero que hacía días que no cataba. Siendo agosto, el trayecto ente la tienda de Ángel y el inicio de la ruta estaba atestado de turistas, los cuales giraban la cabeza al verme pasar con semejante trasto; unos asombrados, otros riendo, otros pensando en un chiste. A nadie dejaba indiferente.

Comienzo la ruta, con el primer problema: el sillín no sube los suficiente para mí y tengo que pedalear muy muy bajo. Pero bueno, es lo que hay… Así que comienzo una rampa hormigonada de considerable pendiente, donde la bici parece agarrarse, pero menos de lo imaginado. No puedo ponerme a penas de pié porque las cubiertas tan blandas (0,7kg) flanean mucho y resulta incómodo (con lo que no voy a poder descansar las piernas de pedalear tan bajo), pero ya pruebo que intentando pegar un arreón fuerte de pié donde normalmente una bici normal perdería tracción trasera, esta ni se menea.

Continúo por un trozo de asfalto roto hasta llegar al inicio de la pista que sube a la cruzeta Bruello. Esta subida es corta pero una putada, son rampas tremendas (mucho rato sobre el 20%) y el firme está completamente esbarrancado, acanalado, con piedras de todos los tamaños, con tierra suelta a tramos… Cuesta mover el 34 que lleva (las ruedas, debido a la cubierta son similares a una 29er) y más con mi postura tan baja, pero lo compensa el hecho que la bici no pierda tracción en NINGÚN momento. A mitad subida me pongo a pasar por los peores tramos de la pista, buscando las piedras, los agujeros, los surcos, y el resultado es el mismo, estoy impresionado. Sólo con pendiente de tierra fina y suelta la rueda trasera derrapa algo.
Cerca de la cruzeta Bruello, en vez de subir por la pista, cojo el empalme de sendero, que es inviable pensar en pedalearlo normalmente. Aún así, soy capaz de pedalear más de la mitad del mismo, y seguro que algún buen ciclista, más técnico y fuerte que yo, se lo subiría casi entero. Sólo las fuerzas y la pendiente que te echan para atrás suponen un freno a las posibilidades de trepar con este cacharro.

Paro arriba para hacer alguna foto de la burra y me dispongo a continuar por el sendero de subida que crestea la sierra de Partara: ramas, tierra, losas, piñas, más losas. Aquí la bici sigue subiendo muy fina, y se compensa de manera bastante buena el extra de rozamiento con la ausencia de pedaladas en falso y el gasto extra que supone esto. El no poder ponerse mucho de pié para descansar un poco las piernas es un fastidio en algún momento en que vendría bien oxigenación, pero llego arriba y es allí donde descanso las patas J (añado el hecho de hacer medio sendero con una sola mano, pues la cantidad de mocas de la encina que hay me obligan a ir espantándolas a manotazos todo el puñetero rato)

Bajando, la bici va rápida, estable, pero le noto cierta falta de manejabilidad en la zona más revirada y agarre lateral al tumbar (por los tacos de la cubierta). Varias curvas encadenadas que normalmente se derrapan, en esta ocasión no puedo hacerlas tan deprisa porque pese a los frenos de 4 pistones hope m4 noto falta de potencia de frenado y demasiado agarre para derrapar como estoy acostumbrado, por lo que las tengo que hacer despacio. No parece una bici ratonera, con semejantes ruedas, pero sí muy estable a velocidad (el último tramo es una diagonal de velocidad pura), y la rueda trasera copia el terreno como si llevaras una suspensión trasera corta pero hipersensible.

Como colofón cruzo el barranco de Ena montado como en un sofá, tremendo, y paso por unos metros de barro blando y profundo que se salvan de manera impresionante (la rueda no se clava apenas por su anchura, y los tacos que tiene no agarran casi barro).
La vuelta por carretera, 2km, es otro cantar, se hace pesada, se oye rodar mucho, lastra física y mentalmente.

Como epílogo decir que me quedan ganas de poder probarla más, con una tija adecuada a mi altura, con mejores frenos, y durante más rato. Sube como un demonio, baja decentemente bien, y me queda la duda de cómo sería con unas cubiertas tipo Larsen o tipo High Roller, cómo se comportaría con cada una de ellas. Y, también, si con esta bici más evolucionada, se recortarían bastante los tramos de pateo de las Pirenaicas…
Preguntas, más preguntas…

9 ago. 2010

Kafka en la orilla (Haruki Murakami)

Un libro bonito, y de darle mucho al coco. Un libro precioso, tierno, delicado, sensible. Un libro psicotrópico, crispante, extravagante.

Un libro que olvida la motivación de gran parte de las novelas: contarnos una historia de principio a fin. Una historia con unos antecedentes que se desgranan de una u otra manera durante el texto, y que ayudan a comprender la historia en su final.



En esta ocasión la novela nos presenta dos historias que, aunque en épocas distintas (no sabemos muy bien cuándo ocurren realmente hasta cierto tiempo después) van siendo narradas alternativamente. Una resulta más extraña que la otra, si bien ninguna de las dos parece claramente presentada (por supuesto, a propósito).
Veremos que según avanzan las páginas más extraña parece una de las historias. Mientras, la a priori principal, toma unos derroteros clásicos de escapada juvenil. ¿Clásicos? Por poco tiempo.

Murakami entrelaza personajes con maestría, dota hasta al más insignificante de un trasfondo especial, único, trabajado. Y jugando con ellos empieza a tejer lo que parece una tela de araña clásica (otra vez, ¿clásica?) donde los hilos confluirán perfectamente en las páginas finales. Todo mentira.

Kakfa Tamura, Oshima, Saeki, Nakata, Hoshino, son nombres de personajes a quienes tras esta novela no cuesta imaginar en su vida pasada y presente, dada la gran familiaridad con la que Murakami nos los ha retratado. Parece que hayamos sido espectadores de su crecimiento. Y sin embargo, en cuanto al futuro…

Mientras al inicio los acontecimientos se suceden lenta y casi metódicamente, como una rueda de molino que es empujada por una llanura despacio pero sin pausa, cuando se llega a la pendiente, la rueda empieza a rodar por sí sola, acelerándose cada vez más, para finalmente estrellarse contra el fondo del barranco. Posteriormente, Murakami nos pasea por los restos del estropicio, pero sólo nos muestra los trozos en que ha quedado rota la rueda. Nada se nos dice de los daños que ella ha ocasionado. Y tampoco nos queda del todo claro porqué comenzaron a moverla.



El libro se basa en su génesis de una interpretación personal y aún más voraz del complejo de Edipo, profecía lanzada a Kafka Tamura por su propio padre. Esto es así pues Kafka no recuerda ni a su madre ni a su hermana, al igual que tampoco guarda especial cariño por su progenitor.
Este Edipo, integrado en una trama llena de pensamientos, cultura, letras, libros, que busca con todas sus fuerzas escapar a su destino, contrasta con la simplicidad intelectual de la historia paralela, de unos personajes que ni saben de bibliotecas, ni de libros, ni se dedican a pensar más de la cuenta. Y que van buscando exactamente el destino que les ha tocado. Uno actúan para pensar y otros piensan para actuar. Pero ni siquiera esto es del todo exacto…
Resulta también curioso (o no) que los dos amigos que ayudan a los protagonistas tengan nombres similares (Oshima, Hoshino)

El propio Murakami ha dicho acerca de esta novela que contiene muchos enigmas, que no hay respuestas a todo dentro de ella, y que son los lectores los que deben buscar sus explicaciones, pensarlas, crearlas.
Incluso, en muestra de un humor propio, el libro está complementado con diferentes juegos de palabras y de significados, con círculos de relaciones que no afectan a la trama, pero que dejan su poso, como ocurre con todas y cada una de las impresionantes conversaciones que tienen lugar entre los personajes.

Murakami no escribe puntada sin hilo, aunque eso no excluye que al final deje los hilos a medio tejer…

5 ago. 2010

Déjame entrar

Hacía semanas, meses, años desde la última vez que una película me impresionó tanto.
Y más tiempo aún desde la última que me hizo estar dos o tres días ensimismado, volviendo recurrentemente a sus imágenes, diálogos e insinuaciones.

Iba a escribir en este blog hace unos meses tras ver “The road” basada en el libro del mismo nombre que ya desgrané aquí hace casi dos años http://reynodesobrarbe.blogspot.com/2008/09/la-carretera-cormac-mccarthy.html
La película, sin llegar al nivel del libro, me impresionó, por saber captar muy bien el universo desolado, la relación padre-hijo, el sufrimiento y el amor llevado hasta las consecuencias menos deseables, pero más importantes.
Desde luego, una enorme película, que te deja con un nudo en la garganta, que te inunda de tristeza y desasosiego, pero también de ganas de vivir, de demostrarlo. Dura.



Dura, si, pero comparada con “Déjame entrar” no es más que un “Bambi” cualquiera.
Que con 4 niños, 4 adultos y nieve se consiga semejante efecto sobre los espectadores resulta increíble. Los dos protagonistas infantiles realizan un trabajo maravilloso, pero es el guión, la historia, la que envuelve todo de un desasosiego continuo que oprime, que duele.
Te encuentras en vilo todo el tiempo, esperando que ocurra algo… que no ocurre.

Oskar es un niño corriente, un poco miedoso, parado, y recibe continuas burlas y agresiones por parte de los “matones” de la clase. Querría hacerles frente, vengarse, pero no se atreve más que en sueños, cuando está solo, imaginando.
Una tarde conoce a Eli, su nueva vecina, una chica de su edad que se ha mudado al barrio con su abuelo, un señor callado y mayor, con el que discute a veces.

La relación entre ambos, y con el resto de vecinos, pintará un cuadro extraordinariamente intenso, algo que se acentúa mucho más con la inexpresividad propia de Escandinavia.
Primero la relación niña-abuelo, luego la niño-padres/amigos y finalmente niño/niña, son un compendio de momentos, detalles y acciones que acaban teniendo mucho significado. Todos ayudan a completar al final de la película (o, quizás, varias horas después) un nuevo cuadro final, diferente por inesperado… o no.
Un cuadro donde los deseos que te surgen durante la película chocan frontalmente con los que finalmente tienes, donde el reverso/anverso de las cosas cobra una dramatización bestial.
Donde todo es lo que parece ser, y ello, aunque extrañe, es lo más complicado de digerir.

“Déjame entrar” es una obra maestra del cine, con toda seguridad la mejor película del 2008 y la mejor película de vampiros que he visto.
Y, seguro, la película más dura que he visto en muchos muchos años.

He tratado de no contar prácticamente nada de la misma, porque es mejor verla lo más “ignorantemente” posible. Pero aunque te la contaran entera, acabaría igualmente dejándote tocado.

Haced todo lo posible por verla.

2 ago. 2010

La noche del Ibón

Como tantas otras, nació de la retorcida mente de Oriol.
Enseguida entramos los de casa.
Y detrás, los inmigrantes.
Sin ellos no hubiera sido igual.


Cifras:
Noche del 29 al 30 de julio de 2010
10 estalentaos (Oriol, Tonino, Nicasio, Martín, Ricardo, Chapu, Toni, Ana, Pepito, Jorge)
1 todo terreno
9 bicicletas
23:00 horas de salida
05:00 horas de llegada
6 horas
1.929 metros de altitud máxima
1.059 metros de desnivel acumulado
23 km de distancia
3 pollos asados
2 tortillas
2 empanadas de carne
Varios pozales de agua
2 cajas de cerveza
12 botellas de sidra
1 guitarra
1 chuflo
19,5ºC de temperatura máxima
5ºC de temperatura mínima
y…
1 Pirineo
1 ibón
1 refugio con fuego
1 luna llena
Infinitas estrellas

Todo consistía en una ruta de bici de montaña que casi todos habíamos hecho ya antes, una subida por pista pedregosa combinada con una bajada variada, trialera y divertida. Todo??

Alumbrados por las farolas de Saravillo, jaleados por los ladridos de los perros, comenzamos a pedalear una noche clara y fresca.
Luces apagadas salvo los frontales, la pista es sencilla de seguir aún casi sin iluminación, las piernas están frías y el ánimo alegre, tapando alguna duda interna (esto no es una bajada de 15min cerca de casa, son 1000m de bajada de todos los pelajes y dificultades)
Comenzamos con paso de marcha, parece que hay prisas, las rampas se suceden sin descanso, las curvas aparecen repentinamente entre la oscuridad frontal, el bosque que nos abriga parece un teatro de sombras danzando al leve silbido del viento.
Sólo se oye el monótono ruido de la gravilla desplazada por los tacos de las ruedas mezclado con nuestro respirar.
El vaho envuelve nuestros cuerpos, las gotas de sudor saltan al suelo, la noche va creando jirones de nubes que envuelven a las estrellas mientras estas derraman su luz sobre nosotros.

Paramos el mirador de Lavasar, desde donde sólo resaltan las luces de Sin y de Saravillo, hundidas en el negro abismo que parece el valle. La luna todavía no ha salido y las primeras horas de oscuridad son abisales.

Continuamos subiendo, el grupo se alarga paulatinamente y se recoge al llegar al abrevadero, donde espera Ana con el todo terreno para ver qué tal va.
Reparamos una rueda y seguimos adelante, ya llevamos media subida!!

El aire se hace más fresco al tiempo que los picos circundantes toman posiciones sobre nosotros, fantasmagóricas moles recortadas bajo el cielo, negro sobre negro. No queda nada del calor que teníamos al inicio, y eso ayuda a mitigar el cansancio. La pista se va rompiendo progresivamente, pero tenemos que economizar baterías, con lo que nos dedicamos a trazar el paso entre la penumbra y la intuición, sólo con el frontal.
En una curva, aparece repentinamente la luna, bañando las copas de los árboles de una luz clara y pálida que inunda el mundo de sombras en un chispazo. Me quedo sin respiración, y atesoro ese momento con la misma fuerza que haré con otros que están por llegar. Bajo piñones, me levanto en la bici y miro: miro hacia los lados, hacia arriba, atrás buscando mi estela, miro al suelo, donde cada piedra, cada trocito de grava ha recibido su sombra.
Pasan de las dos horas y cuarto cuando alcanzamos el hombro donde asienta el refugio de Lavasar, del que ya hace unas curvas el olor a fuego nos daba pistas de su presencia. Sin tiempo para dejar las bicis, completamente sudados y helados, recibimos una cerveza para celebrar la llegada.

Ya cambiados y abrigados nos metemos en el refugio a calentarnos junto al fuego, que Ana ha encendido, y a pizcar de todo el comercio que hasta aquí se ha subido.
A la cerveza le sigue el escancie de sidra, a esta la empanada de carne, el pollo, la tortilla… Y a todo esto las fotos, los cánticos y la guitarra de Martín que arranca los vítores y aplausos que suben al cielo confundidos con las estrellas…

Son las 3 de la mañana cuando nos calzamos las protecciones, nos ajustamos el casco y comenzamos a trialear la senda hacia el ibón. Subeybaja que con el buche lleno se hace duro duro. Pasamos rocas, raíces y troncos, hasta que avistamos la pradera.

Apagar las luces, y silenciosamente pedalear por estos prados, entre las vacas y los árboles, bañados por la luna y los luceros, se parece tanto al éxtasis que cualquiera podría confundirlos.
Llegamos a la orilla del ibón y todo está calmado como un cuadro. Al fondo relucen los neveros de las peñas, el collado del ibón asemeja la V de victoria, el agua está tibia, nos tumbamos en la hierba, nos dejamos invadir por una sensación de irrealidad que cuesta mucho explicar… Simplemente sentimos.

La vuelta al refugio es callada, rápida. Allí finalmente nos preparamos para la traca final, el complemento a la perfección de la paz y el embelesamiento místico del lugar y la hora: toca bajar.

Los colmillos crecen y se afilan, el cansancio desaparece bajo oleadas de adrenalina, las orejas se empuntan, las horquillas se alargan, los ojos se entrecierran, el sillín se baja, la sonrisa lobuna aparece, se comprueban suspensiones y presión de neumáticos, la boca se seca, se encienden las luces…

Nos tiramos como posesos por el sendero, esquivando rocas, derrapando sobre la tierra, buscando las sombras que crean nuestras leds, atravesando la oscuridad por el filo de la irrealidad, aullando bajo la luna. Hacemos paradas para reunir la manada, los 9 lobos. Tiramos los primeros pasos sin pensar apenas, y cuando el camino se hace más veloz y dejamos atrás los mares de piedras, enlazamos curvas, saltos, peraltes, pendientes en un estado de embriaguez lúcida que sólo la bici transmite. Nos evadimos del cuerpo y flotamos suspendidos, nuestro cuerpo reacciona instintivamente a los obstáculos, las pupilas se han dilatado por completo y el resto de sentidos se muestran igual de alerta: el manillar y los pedales parecen una extensión del cuerpo, el olor a pastillas de freno inunda las fosas, las ramas quebrándose y las piedras rodando se oyen nítidas. Incluso la saliva cobra un gusto metálico.

Nos caemos y nos levantamos, el dolor de un golpe o un corte no existe, el trance dura mientras queden metros de desnivel por sortear, mientras queden piedras o curvas que trialear, mientras queden resaltes que saltar.

Casi una hora después llegamos a Saravillo, son las 5 de la mañana y es imposible pensar en nada que no sea la felicidad absoluta.
Hemos sido ánimas de la Basa por una noche, aunque no sea la de San Juan.