Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

1 oct. 2008

Ritual

Subir una montaña a mucha gente puede parecerle una pérdida de tiempo.

Hace unos días, entre tragos, hablaba con un compañero de instituto, de Bielsa, que cría cabras, y por ende se pasa medio año por cumbres, fajas, lomas y crestas en Pineta.
No comparte mis razones pero las entiende, no le cabe en la cabeza que haya tanto accidente, tanta gente inexperta a la que el monte les cae tan grande como a mi Nueva York. El se juega la vida muchas veces buscando cabras por lugares donde un paso en falso es la muerte, y que haya personas que parece que la buscan le asombra.

Después están los que prefieren ver las montañas en vacaciones, a pie de coche, y desde la terraza de un bar, bien agarrados a una cerveza para que no les entre el vértigo.

O ese grupo de gente, muy numeroso, que disfruta entonando el “qué ganas tengo de subir un tresmil (marca registrada del esnobismo), pero…”, pero no mueve un pié por miedo a tener que poner el otro delante.

También podría incluir aquí al que efectivamente realiza una o dos excursiones en las vacaciones, a sabiendas que no disfruta con ello, pero conseguirá un par de fotos que enseñar en el trabajo a la vuelta.

Para mi la montaña es una necesidad, recorrerla andando o en bicicleta. No miento si digo que es parte de mi trabajo pues no puedo rendir en el sin el descanso mental que la desconexión de la naturaleza me genera.
Subir un pico no es comparable a las sensaciones que me regala la bici, el orgásmico éxtasis de un descenso, el generoso sufrimiento de una subida técnica o la serpenteante sensación de llanear por un bosque.
Por el contrario, poner un pié tras otro continuadamente, acto repetido como un mantra durante horas genera en mi cuerpo una sensación de bienestar impagable. Combinadlo con las majestuosas formaciones que toma la naturaleza, paisajes que humedecen los ojos de semejante belleza, y añadidle la droga que es el tacto y el olor de la roca cuando trepas.
Ascender un pico es un ritual, que engloba desde la preparación de la ruta, sobre mapa, foto aérea o libro, hasta la cerveza una vez regresado del abrazo eterno de las montañas. La preparación del macuto, madrugar, vestirse, aproximarse al destino y una vez en marcha embelesarse con cada paso, con cada brizna de hierba, con cada roca.
Ver, y no mirar las paredes de piedra, sentir que es un ser vivo que ha ido cambiando, que de un lecho marino ha mutado en crestas y farallones a medio camino entre el cielo y el infierno.
Con cada visión, ser consciente de cómo ha llegado a estar cada retazo de la imagen en su lugar actual, que es la diferencia entre un pintoresco paisaje y una obra maestra de fuerza y tiempo que merece una vida para ser contemplada.

Estas dos últimas semanas he tenido la suerte de realizar cuatro veces el ritual:
Castillo Mayor(2020m)

Monte Perdido (3355m)

Cotiella (2912m)

Gran Astazu (3071m)
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