Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

25 dic. 2012

Bonatti, Herzog y el camino del samurái


Se nos han ido dos nombres clave en la historia del alpinismo en poco más de un año, ambos ejemplos opuestos, ambos reflejo de la dicotomía en que está sumida nuestra sociedad. Walter Bonatti y Maurice Herzog.

- Walter Bonatti es posiblemente el mejor alpinista de la historia, así de claro. Y si embargo su legado (que no voy a nombrar aquí porque no va de eso este texto) no es tan fastuoso ni tan nombrado como el de muchos otros que contaron con una mayor notoriedad. Alcanzó hitos impensables en su época, anteponiendo siempre el respeto a la montaña,  la ética y la humildad a las escaladas. Estos elementos eran irrenunciables para él, y poder mantenerlos le resultó más complicado que las propias ascensiones en sí mismas, tanto que acabó por escalar en solitario (y casi a escondidas) harto de sinsabores con otras personas, y posteriormente se retiró del alpinismo extremo para llevar su vida por otros derroteros, siempre lejos de aspavientos, siempre fuera de foco.
Bonatti bajo el Cervino
Bonatti quedó marcado por la primera ascensión al K2, en la que participó y acaparó todas las críticas y la mala prensa del momento. Y eso que se logró la cima, pero daba la impresión de que se coronó A PESAR DE Bonatti. Un carácter indomable a la injusticia le hizo luchar toda su vida para sacar a la luz lo que realmente ocurrió, algo que logró al cabo de mucho tiempo.
Escalando en base a sus principios, Bonatti hacía alpinismo para escapar del mundo de los hombres, para conocerse a sí mismo, para explorar su interior y conseguir la paz espiritual de ser uno con la montaña. Sólo le interesaba escalar, la comunión con la naturaleza y su búsqueda interior, y le traía sin cuidado todo lo que se pudiera desprender de ello (fama, reconocimiento, gloria). Contrario a ultranza de dejar las vías cosidas de seguros, de avances que consideraba indignos, fue un idealista empedernido, y es la combinación de su mente y sus logros lo que hacen que sea absolutamente imprescindible en la historia del alpinismo y de la construcción de un ser humano mejor.
Quien quiera saber más de él y de sus logros puede leer aquí, o aún mejor, sus libros “Montañas de una vida” y “K2: historia de un caso”
Walter Bonatti ya de mayor

- Maurice Herzog fue el primer “rock star” del alpinismo. Héroe de guerra en la II.G.M. y con influencias políticas (aparte de un muy buen alpinistas, por supuesto), logró que se le concediese el mando de la expedición francesa a Nepal para ascender un ochomil, el Dhaulagiri, aunque posteriormente dada la imposibilidad de atacar dicha montaña cambiaron de objetivo, fijándose en el cercano Annapurna, a la postre primer ochomil conquistado.
Herzog mandaba un grupo de alpinistas franceses extraordinarios, sin duda la mejor generación que ha dado el país galo: Lachenal, Terray, Rebuffat, Couzy…  gente con una experiencia y técnica muy superior a su jefe. La expedición llegó a cima, lo hizo la cordada Herzog-Lachenal, en un acto casi suicida del propio Herzog, que hubiese muerto de no ser por el propio Lachenal y de la cordada de apoyo (Terray-Rebuffat). A costa de semejante odisea, Herzog perdió los 20 dedos y Lachenal los 10 de los pies.
Herzog con la celebérrima foto de cima del Annapurna
A su llegada a Francia Herzog fue ascendido a Héroe nacional, un patriota que primero defendió a su país de los nazis para luego dejarse mutilar por la gloria francesa y el orgullo de conquista. Su relato de la expedición (Annapurna, primer ochomil) se convirtió en el dogma de lo que había ocurrido, y sus compañeros de expedición quedaron en un segundo o tercer plano.
Herzog, por supuesto, hubo de dejar la escalada y comenzó una exitosa carrera política que ha durado hasta su reciente muerte (Secretario de Estado de Juventud y Deporte, Diputado, Alcalde de Chamonix, miembro del COI, consejero de diversas empresas públicas…) amén de dejar un legado de conquistas entre las damas más relevantes de la Francia de mitad del siglo pasado.
Ha habido mucha controversia sobre Herzog: que se apropió de todo el reconocimiento de la conquista del Annapurna, que su libro está lleno de mentiras, que tenía un carácter déspota, que abusó de su hija adolescente, que era una persona frívola y narcisista a la que sólo le importaba él mismo… y que no llegó a la cima del Annapurna.

Herzog, en efecto fué muchas cosas, pero dudo que fuese un mentiroso, más que nada porque estoy seguro que Lachenal jamás hubiese secundado su mentira (hay unas memorias suyas en las que disiente mucho de Herzog, pero no rechaza la conquista de la cima). Entre otras cosas porque debajo, esperándole, estaba su amigo y compañero de cordada en alguna de las mejores ascensiones alpinas de la historia, Lionel Terray. Jamás hubiese mentido a ese amigo, y menos por un hombre tan megalómano como Herzog. Y si Terray o Rebúffat hubiesen sido puestos al tanto de su engaño, tarde o temprano lo hubiesen escrito en sus futuros libros (sobre todo Rebuffat, que escribe algo al respecto pero no sobre la cima sino sobre la interpretación de Herzog) pues ninguno era tan patriota como Herzog.
Lachenal era un vividor (Terray cuenta que se jugaba más la vida conduciendo su coche que escalando las paredes más complicadas del momento), y murió demasiado joven esquiando, pero era un tipo íntegro cuando de la montaña se trataba.

Herzog, por su parte no ha sido una persona ejemplar, basta con leer "Los conquistadores de lo inútil" de Terray, o su propio "Annapurna, primer ochomil", para darse cuenta de su ego y sus ínfulas, pero creo que en su caso, el hecho que consigue, amparado sobre todo en su tenacidad, cabezonería y sentido nacional (estaba dispuesto a morir por la cima), es suficientemente relevante e importante como para dejar a un lado todo lo demás. Tampoco Jimmy Hendrix, Voltaire, Amadeo de Saboya, Einstein, Messner, Mozart, Colón, etc eran santos varones, y lo que perdura es que, con todos sus errores y defectos, consiguieron llevar a la humanidad más arriba en su escala de superación.
En estos casos, a mi entender, toca diferenciar entre la persona y el ser humano: regulares personas, seres humanos ejemplares (para lo bueno y lo malo)
Herzog en un reconocimiento. Obsérvense sus manos
Dejo aquí enlaces a dos muy buenas entrevistas de la web Desnivel a Bonatti y Herzog donde se puede apreciar meridianamente la personalidad y motivaciones de cada uno:
Walter Bonatti
Maurice Herzog

- Si se quiere buscar personas íntegras, de buen corazón y que hayan dejado una imborrable huella en la montaña, hay que irse a otros escaladores. Quizá sus hazañas no sean las que han perdurado más, las que han trascendido al amplio espectro de la población, las que se hablan aún todos los días, ni las que han impulsado la superación y crecimiento del ser humano en términos absolutos. En cambio, fueron gestas unidas a ideales sencillos y puros, que marcaron el pensamiento y el conocimiento interior de las personas, en este caso de los futuros alpinistas, que siguieron sus pasos (Simone Moro, Iñaki Ochoa de Olza, Erhard Loretan, Dennis Urubko, Gerlinde Kaltebrunner...)en busca de algo más pequeño que el desarrollo del ser humano, pero sin duda mucho más elogiable: el conocimiento interior a través de la superación personal basada en unos ideales irrenunciables de ética y compromiso con uno mismo.

Estos escaladores fueron Lionel Terray, Gastón Rebuffat y claro, Walter Bonatti
Terray cargando con su amigo Lachenal

- Aunque pueda sonar raro o sinsentido, me gustaría  añadir algo que siempre he pensado, pero que se me hace más claro conforme conozco más de la historia japonesa: Los alpinistas son los herederos de los samuráis japoneses. Pero no del común de los samuráis, sino de aquellos que seguían la "vía de la espada" dedicando su existencia a perfeccionarse (matando y luchando, siempre con la muerte presente cada vez que luchaban), a costa de familia, de riqueza, de todo. Aquellos que seguían el verdadero camino del guerrero (Bu-shi-do) que consistía en unos ideales puros e íntegros, en ser uno con su espada, en conocerse a sí mismos. A través de la espada se forjaba gente con capacidad de pensar, de decidir bajo presión, de discernir entre caminos y de conocer a la gente. Igual que entonces, los alpinistas que dedican su vida a esto, lo hacen de manera completa, la montaña es su vida, lo más importante que hay en ella, por encima de familia, de amigos, de riqueza o trabajo. Y aunque no quieren morir, saben que cada salida al monte contiene esa posibilidad. Y su vida dedicada a la montaña los hace más capaces en muchas otras actividades de la vida que a priori poco tienen que ver con escalar. Igual que ser un gran orador o consejero poco tenía a priori que ver con ser un gran espadachín.
Como en todo, muchos samuráis (en este caso ronin, que eran los samuráis sin señor, la mayoría de quienes seguían este camino) fueron por ese camino, de los cuales la gran mayoría tenía debilidades de espíritu, y no era capaz de pasar de grandes espadachines, con sus virtudes y defectos, la gran parte derivados de aceptar como tal una cultura racista, machista y déspota donde el fuerte mataba al débil. Grandes escaladores que han sido reflejo de la sociedad, en lo bueno y en lo malo.

Sin embargo, unos pocos llegaron a ser de verdad uno con su espada, consiguieron un arte y una perfección tal que nacía del completo conocimiento interior, de haber escrutado su mente y su cuerpo durante años y años hasta ganar una introspección tan poderosa que se reflejaba en todo lo que hacían. A base de años de meditación, trabajo, dedicación, preguntas, búsqueda interior y seguimiento de unos ideales puros, sencillos y justos consigo mismo, lograban entender la simplicidad de la existencia. Se hacían tan poderosos mentalmente que no precisaban ni usar su espada, ni combatir. Sólo con verlos se sabía que eran imbatibles, pero es que ellos habían sobrepasado la necesidad de demostrarlo, habían encontrado la paz consigo mismo, conocían "el sentido de la vida". Se habían transformado en mejores personas a base de una dedicación completa y un coqueteo constante con la muerte que les daba una claridad meridiana. Estos maestros de la espada, casi más monjes o eremitas que guerreros, eran un ejemplo y estaban más allá de la sociedad del momento, la habían dejado atrás. A varios de ellos se los conoce en Japón como "kensais" o sabios de la espada. Unos pocos escaladores podrían tener esa condición (los nombrados anteriormente) porque son verdaderos ejemplos de esa búsqueda interior que da sentido a las pequeñas cosas, al cómo frente al qué, a la coherencia con unos ideales justos consigo mismo.
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