Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

3 nov. 2014

Marboré



Desmenuza el paisaje tallando cuñas de hielo

Abriendo caminos de ganga en viras de roca

Modelando la caliza con las manos del tiempo

Sinuosas provocaciones en el reino de la fracción y elángulo

Floreciendo desafíos a la piedra, el sol y el frío

Acunando cauces de agua… o vertiéndolos con saña

Ascender una montaña de geometría fractal

Tiñendo el mundo de calidez bajo rayos crepusculares


Como un suspiro en una noche de sueño, el tiempo teje distintos tapices con el mismo ovillo. Nudos apretados por la urdimbre de la inmediatez que no alcanzan a ubicarse sobre el manto eterno del mundo mineral, hilado con la suave perfección de la paciencia. Una ciega perseverancia que vuelve dúctil hasta la roca más inmutable a tal velocidad que el parpadeo de toda una existencia no basta siquiera para intuirla.
O si no, la flor que brota y mustia con inmediatez, pero sus semillas se atrincheran en su exigua parcela de tierra, con la calma de quien sabe que el tiempo, su tiempo, nuestro tiempo, corre de su parte pues la floración no es sino la punta del iceberg de su singladura.
Tiempo cuya cuenta atrás, con penosa tristeza, escuchamos latir con la fuerza de una campana de bronce. Tañido a tañido, lágrima a lágrima, gota a gota se desangra el glaciar del Perdido, a la búsqueda de honrar su nombre. Perdido. Maldita honra.

Luz, esa otra modeladora de paisajes etéreos y fugaces, que sin embargo contienen el poder de inspirar, de soñar, de rememorar e incluso de viajar en el tiempo. Caprichosa fuerza que tanto nos obliga a perseguirla como nos congela en instantes que se tragan el tiempo como un agujero negro. Sin fondo, sin fin, sin que importe lo más mínimo todo lo demás.

6 sept. 2014

Caminos

Rodando silenciosamente por estos caminos centenarios aún puede escucharse el rotundo silencio del repicar de los herrajes de las caballerías y el cansado azuzar de los muleros, moviendo aperos y personas de pueblo en pueblo, de valle en valle. Esta es la génesis de Zona Zero y espero que todos aquellos que ahora recorréis estas sendas, ahora llamadas singletracks sentáis al menos la centésima parte de la emoción que me llena cuando dejo correr mi bici por ellos.


Caminos por los que una recién casada transportaba su ajuar a la casa de la familia de su marido.
Caminos donde acechaban saltadores y bandoleros.
Caminos por los que nuestros ancestros acarreaban los bienes que cambiaban en otros pueblos vecinos.
Caminos pensados para recorrer la distancia con el menor gasto energético posible.
Caminos que jamás creyeron podrían caer en el olvido.
Caminos de cuyo buen estado dependían sociedades enteras.

Caminos entremurados con el fruto de espedregar el campo adosado.
Caminos por los que se reclamaron levas, desplazaron ejércitos y goteó la sangre en la tierra.
Caminos recorridos por pies descalzos de niño y las zarpas de perro, llevando al pastor el recado.
Caminos pavimentados de piedras que ya apenas recuerdan las suelas de albarcas que han raído.
Caminos en los que desaparecían sueños, mutados en ruina por una pedregada o un ramal ajado.
Caminos por los que marchó, pesádamente y con amargura, la última familia de muchos pueblos.


Azumbres de aceite derramados, talegas de harina vertidas, fanegas de esparceta volcadas...
Los toneles de vino que han visto quebrarse contra las piedras.
Las bestias de carga que han expirado junto a sus muros.
Inmensos árboles a su vera, cuya sombra ha cobijado amantes, secretos, traiciones y descansos.

Caminos que unían y separaban por igual.

Y mientras tanto la espinosa barza, el ocre líquen, la verde yedra o el pajizo lastón, silenciosos y pacientes, crecían entre las piedras, colonizaban muros y desgarraban la tierra antes, durante y después del paso de nuestros ancestros. Y son quienes ahora pueblan estos caminos, molestando el paso en ocasiones, embelleciendo las fotos en otras. 

Pasaremos senderistas, recolectores, ciclistas, cazadores o curiosos y ellos seguirán, recuerdo constante de la capacidad de la naturaleza para hacer etéreo y perecedero todo lo que el hombre construye.
Su aparente fragilidad no es sino una lección de la humildad perdida, del respeto olvidado, del ahogado sentido de pertenencia a la madre naturaleza. La que, queramos o no, nos cuida, escarmienta y vigila.

Antes, durante, después.

3 feb. 2014

Collados



Matteo orando al Dios de la Montaña en el Collado Basibé

Según la wikipedia, Collado de montaña, también denominado portillo, paso, o abra, es el punto más bajo de una línea de cumbres comprendido entre dos elevaciones. Por este motivo, son usados para atravesar los cordales montañosos.
Compartiendo ruta con una pareja de vascos que encontramos
Si, supongo que la definición es correcta, pero no es la que me interesa. Un collado es mucho más que eso. Es un cambio completo entre dos lugares que pueden ser totalmente diferentes. Es un acceso, una puerta de entrada o de salida. Y es una perfecta metáfora de la vida.
Un collado, cuando estás en el fondo del valle, queda lejos, a lo alto, y requiere un gran esfuerzo para ganarlo. A veces en la vida ocurre lo mismo, vamos en una dirección y todo parece cuesta arriba. Ocasiones en que cuesta ver la salida, tan lejana ella. Épocas complicadas donde todo se reduce a esforzarse, tratar de ahuyentar los malos pensamientos, agachar la cabeza y tirar para adelante, dientes apretados y un paso tras otro, uno tras otro… No reblar!!
Últimas lazadas antes del Collado de Pleta Vella en nieve chelada
Seguramente, al igual que ocurre en la montaña, los momentos más duros serán los iniciales, el ponerse en marcha, con dolor en las piernas o en nuestro espíritu. Y el final, ese “un poco más, aguanta, que todo lo andado no quede en nada!” Pero al fin llegamos a nuestro collado particular, piernas abiertas, cabeza alta y mirada limpia, la belleza del esfuerzo y el cansancio empapada la ropa, alegría desbordante y éxtasis espiritual.
Y las lazadas finales antes del último collado del día, cómo se resistía! No reblar!
De frente, todo un mundo de posibilidades se nos ha abierto. Un universo, tapado antes por nuestro propio collado, despejado ahora por el esfuerzo realizado. Una recompensa en forma de caminos expeditos, ya sea  hacia el pico cercano, el valle del fondo o el horizonte interminable de nuestro propio deseo.
Nieve perfecta, gozosa!!
Todo es tuyo, con esfuerzo, pero ahora ya sabes cómo hacerlo, has aprendido que tiene recompensa, que el camino es irregular, y que es, en esencia, la magia de la montaña. O de la vida. Porque sin collados, la vida es plana, y si no he sufrido y trabajado para superarlos, para llegar arriba, jamás podría disfrutar como se merece la recompensa de otear ese panorama ganado a pulso, jamás podría valorarlo hasta que la felicidad me expanda. Y es que da igual que el horizonte sea una puesta de sol, este nublado o azul intenso. Es el camino y lo abarca todo.
Remontando la parte final del barranco donde nace el Isábena. Inmensa inmensidad

Como escribió Cormac McCarthy con una prosa lírica rallando la perfección en el último párrafo de “todos los hermosos caballos”:  
Cabalgaba con el sol cubriéndole la cara de cobre y el viento rojo soplando del oeste sobre la tierra crepuscular y los pequeños pájaros del desierto volaban gorgojeando entre los helechos secos, y caballo, jinete y caballo pasaban de largo y sus largas sombras pasaban en tándem como la sombra de un sólo ser. Pasaban y palidecían en la tierra oscurecida, el mundo venidero.
Matteo y el único árbol del día, otro que tampoco rebla
Y todo esto viene a cuento de nuestra ruta de ayer, atravesando nada menos que 4 collados con nuestros esquís a modo de caballo, con desiertos de nieve inmaculada, con viento del nororeste sobre una tierra de amanecida. Con una eternidad contenida en un sólo dia. Una huída al fin del mundo con, esta vez, collado final que nos devolvía a la (in) civilización, al montón de esquiadores, el ruido y el feo metal de la estación de Cerler. Bendita estación por otro lado, ya que hace que todos se concentren en unos pocos kilómetros de montaña, dejando el inabarcable resto para nosotros sólos.Y es que todo tiene su lado bueno, sólo hay que buscarlo.
Flanqueando la montaña para ganar el collado de Castanesa
PD: La ruta, Ampriú, Collado Basibé, Collado de Pleta Vella, Collado de Tous o Castanesa, Collado del Gallinero y de vuelta a Ampriú, sacada del blog de lameteoqueviene, gracias!! (y la imagen del mapa también)


Que todos se vayan a las estaciones y nos dejen esto a nosotros....

27 ene. 2014

De Dioses y Niños



Dioses, ángeles, demonios. No tengo la más remota idea de si existen o existieron, de si son leyendas creadas por hombres para atemorizar y manipular a otros hombres, o nacieron de la necesidad de ser algo más allá de la vida, de confrontar los miedos de lo finito.
Da lo mismo, el caso es que yo no creo en ellos, en los que todos podríais nombrar. Pero tengo los míos. Y no soy el único. Porque si hay dioses en esta tierra, qué mejor representación que una gran montaña, tan hermosa como peligrosa, tan amenazadora como inmutable. O que un árbol tan descomunal que lleve una vida numerar sus hojas o contar los pliegues de su corteza milenaria. O que el agua, ser sobrenatural donde los haya, omnipotencia que tan pronto modela sinuosas esculturas de roca o tararea bellas melodías como arrasa valles enteros, desgaja árboles o sepulta montañas.
Cada uno tendrá los suyos, y estos son los míos. No puedo dejar de pensar cómo nos verán, qué pensarán de nosotros, pequeñas hormiguitas que avanzan entre esas montañas sepultadas de blanco, junto a esos árboles que la nieve obliga a adoptar reverenciales poses. Seremos acaso una molestia o una distracción? Nos verán con el odio de quienes han sido atacados, ensuciados y pervertidos por nuestra especie o con la paciente sonrisa del que sabe que tiene la eternidad de su parte, que todos nuestros esfuerzos por domeñarlos no son sino un soplo frente al huracán del tiempo?
Algunos días, al acercarnos a su hogar, sentimos que podemos tener problemas para regresar, que dependemos completa y absolutamente de su antojo. No somos sino hojas lanzadas al viento, como dados, a la espera de si aparece un doble seis o una tempestad. Días donde todo lo que puedes hacer es, precisamente, hacer todo lo posible. Y eso no te garantiza nada.
Otros, por contra, pisar sus dominios nos deja la placentera sensación de un mar en calma, donde todo es regocijo, diversión ajena a preocupaciones, como de niños, cuando nos dejaban en una habitación llena de juguetes y paredes acolchadas en la que nada que no fuese disfrute podía suceder.
El otro día Fubillons, encima de Chistén, Bal de Chistau era esa sala de juegos, y nosotros niños con nuestros juguetes que se han olvidado de ser adultos con preocupaciones, con miradas limpias y sonrisas bobaliconas, como ante los regalos y la tarta de cumpleaños con cuatro velitas.
Retazos de lo que fuimos, lo que somos (aunque no sepamos o no queramos mostrarlo) y lo que seremos se fundían en la indescriptible belleza invernal como nuestros esquís bajo la nieve, como la nieve bajo nuestras sonrisas, como nuestras sonrisas bajo el cielo.
No hay más. Para qué??

16 ene. 2014

El Libro del Té, por Kakuzo Okakura





Japón siempre ha sido un lugar mágico para mí, desde crio, desde que me puse un kimono por primera vez a los 4 años de edad. Japon era, en aquellos primeros 80 de un pueblo tan pequeño como alejado de todo, una fantasía comparable a la Tierra Media de Tolkien o a Marte. Unas islas en la otra punta del mundo repletas de gente de tez diferente a la de nuestros espejos, ojos rasgados y extraños vestidos. Y por encima de todo, unas costumbres tan alejadas de las nuestras que creía que nos tomaban el pelo al contárnoslas: kimonos y tatamis? Un deporte donde se empieza y se acaba saludando? Sílabas que traducidas significaban una frase entera? Espadas samuráis?

Todavía recuerdo, no sé por qué año (88? 89?) cuando los maestros trajeron una mujer de ojos rasgados y mirada divertida a la escuela, y en la capilla del instituto nos hizo una demostración de la Ceremonia del Té. Por aquel entonces mi cabeza no era capaz ni de atisbar el sinsentido de aquello: para beber una taza de un líquido nauseabundo se requería un silencio, una concentración y una espiritualidad que se me asemejaba a una misa. Y casi la misma duración!!


Aquello, pues, quedó grabado en mi subconsciente judoka, como tantas otras cosas del país de ese simétrico volcán, del tren bala o de los terremotos. Como el retrato de Jigoro Kano en la pared, los extraños símbolos de mi cinturón negro, las historias que nos contaba nuestro profe Antonio o las fotografías en blanco y negro de los libros que nos mostraba, abundantes en habitaciones de papel, madera y tatami, camas en el suelo y ausencia de muebles.
Por el camino, vídeos de japoneses achaparrados en kimono repartiendo ostias como panes a sus rivales, que aparentaban el doble. Y mostrando una humildad desconocida para lo que era corriente en el deporte europeo (todavía recuerdo, en contraste con los saltos y gritos de Miriam Blasco y Almudena Muñoz, una final de JJOO en Barcelona 92, donde Toshihiko Koga, tras ganar el oro apenas realiza un solo gesto de alegría hasta saludar a su rival y abandonar el tatami. Desde entonces siempre procuré hacer lo mismo en mis combates).
Y yo a lo mío, empapándome de lo japonés, hasta conseguí que mis padres me regalaran una katana, que sigue colgada en el salón desde el cual estoy escribiendo.

Pasó el tiempo, arrinconé mis kimonos pero el embrujo japonés no decayó, simplemente evolucionó conforme yo crecí. Durante un tiempo fueron dibujos animados (Kenshin, Dragon Ball, Ranma…), Manga y Anime (Akira, Ghost in the Shell) o películas recientes (Zatoichi, El último Samurai, Hidden Blade, Rurouni Kenshin OVA…). También el estilo de vida japonés, tanto presente como pasado, su comida (adoro el sushi desde los 16 años), sus escritores (Yoshikawa, Murakami, Hara, Tsunemoto, Musashi…) o su cine samurái de los 50-60 (Kurosawa, Kobayashi, Inagaki…).
Y de todo lo aprendido, lo escuchado, lo absorbido, la parte que más me subyugó fue la época que va del S.XVI al XIX, desde las luchas por unificar Japón hasta la restauración Meiji. Época que bien podría dividirse en un prólogo (hasta la unificación de Toyotomi), una amplia parte principal (Shogunato Tokugawa) y epílogo (restauración Meiji).
Lo que más me intriga de este tiempo es la absoluta dualidad de la vida japonesa: se combinan las luchas internas, la desconfianza y la traición con el honor samurái, con el arte, el Zen y una sensibilidad extrema. Sigue costándome entender por completo cómo pudo coexistir todo esto en un país tan pequeño, y a la vez tan dividido (enormemente montañoso y con una orografía muy complicada).

La perfección con la que muchos de los japoneses se dedicaban a cualquier tarea por banal que fuese, ora forjando una katana, pintando unos caracteres, cociendo cerámica, cuidando flores o lavando la ropa es algo no visto en occidente jamás, donde solamente se exige esfuerzo supremo en actividades muy concretas, y donde la concentración en el trabajo es una vana quimera.
Donde nosotros vemos trabajos indignos, ellos veían una oportunidad de perfeccionarse. Lo que para nosotros es una pérdida de tiempo, en ellos se transformaba en un presente vivido intensamente.

Lejos estoy de ver sólo las virtudes, pues eran un pueblo lleno de grandes defectos (el clasismo absoluto de su sistema feudal, el desprecio a quienes trabajaban la carne y la piel de animales, la belicosidad y ansia de poder de sus dirigentes, el fanatismo de su servilismo o su carácter sangriento), y es por ello que esas virtudes resaltan todavía más, al igual que lo hace la literatura del Siglo de Oro en un país como la piel de toro de los siglos XVI-XVII

Y hete aquí que cae en mis manos la maravilla que acabo de leer, un libro tan corto y minimalista que resulta utópico, dada la carga aleccionadora que contiene: “El Libro del Té” de Kakuzo Okakura. Este escrito, creado en los albores del S.XX es un bellísimo compendio de qué representa la ceremonia del Té en Japón, más aún, es una alegoría de muchos de los problemas que asolan al “primer mundo” actual. Es tan especial, que más que intentar resumirlo, me dedicaré a citar pasajes que me han atraído, mezclándolos con lo que yo he creído/querido entender.
Pocas pero tan acertadas palabras para dar forma y sentido a muchas de las ideas que se entremezclan en mi cabeza, para verme reflejado en la concepción de ciertos de sus planteamientos o para reflexionar en cómo ha cambiado el mundo en 100 años.
Y todo escrito con una fortaleza de carácter, con una vehemencia fuera de toda normalidad actual. Muchos pasajes parecen gritados al viento de una tormenta, o escupidos a un enemigo. Incluso susurrados a un capullo a punto de florecer en medio de una ladera idílica.
No deja de resultar irónico que este escritor, en su juventud fuese un amante de todo lo que sonase a occidente, y sólo un occidental le hiciese ver la importancia de aquello que tanto minusvaloraba de su propia tierra. Un siglo después, esto aún resulta demasiado actual, verdad? (incluso me hace sonreír cuando pienso en mí, con 18 años y ahora…)

Libro absolutamente anticapitalista, al igual que antirreligioso, pese a hablar casi constantemente de religiones, y de manera positiva. Okakura a bien seguro que no sabía por aquel entonces qué iba a ser el capitalismo, pero ya intuía los problemas que traería consigo el mundo occidental, tanto para su país como para el propio occidente.
Libro también a través del que flota una sombra suspendida, el clasismo del autor y de muchas de las citas que apunta. Clasismo este que, por muy contextualizado que pueda mostrarse en casi todo momento, no deja de resultar amargo verlo enroscarse como una hiedra en la hermosa planta que sugiere la totalidad de la obra.

“… El teísmo es un culto basado en la adoración de la belleza, tan difícil de hallar entre las vulgaridades de la trivial existencia cotidiana. Lleva a sus fieles a la inspiración de la pureza y la armonía, el sentido del romanticismo latente en el orden social. Es esencialmente el culto de lo Imperfecto, puesto que todo su esfuerzo tiende a llevar a término feliz alguna posibilidad de esta empresa imposible que es la vida. Considerada en la acepción vulgar de la palabra, la filosofía del té no es una simple estética, puesto que nos ayuda a expresar, conjuntamente con la ética y la religión, la concepción integral del hombre y de la naturaleza. Es una higiene, porque impone la pulcritud; es una economía, porque enseña que el bienestar reside más en la simplicidad que en la complicación de los dispendios; es una geometría moral, porque define los límites de nuestra capacidad en relación con el Universo…”

En efecto, la idea subyacente en la ceremonia del té, por encima de cualquier otra no es sino la sencillez de lo importante. No es que se pueda ser feliz con poco, sino que ser feliz no requiere de mucho. Es la sociedad de consumo actual la que invierte miles de millones de euros en crearnos necesidades, fue la sociedad occidental la que implantó las necesidades más superfluas en una cultura milenaria como la japonesa, y actualmente podemos ver el resultado con echar un vistazo a Tokyo.
No podría comulgar más con este planteamiento. Esta verdad absoluta (para mí) tiene su génesis en la naturaleza, en la concepción de la persona como parte indisoluble de la tierra, el bosque, los ríos y las montañas. Creo firmemente que cuanto más cerca del medio natural nos hayamos, más fácilmente podemos darnos cuenta de que aquellas cosas que nos son más importantes, más necesarias, son las más sencillas, las más pequeñas. Ni el mejor televisor podrá darte una puesta de sol en lo alto de un monte, ni el mejor equipo de sonido te obsequiará con música mejor que la lluvia repiqueteando en un prado. Ninguna red social te facilitará una tarde similar a aquella que disfrutas pateando el monte con un par de buenos amigos.
La simplicidad es una experiencia, y como tal requiere aprender lo importante y lo que no, en base a caer y levantarse, errores pasados y futuros. Precisa además de entenderlos, pensarlos y estudiar sus lecciones. Una visión en perspectiva de nosotros y nuestro camino es del todo necesaria. Este libro me ha hecho recordar esto que escribí en este mismo blog hará ya unos años: http://reynodesobrarbe.blogspot.com.es/2009/02/un-instante-de-perfeccion-absoluta.html 
"...Porque la vida es una expresión y nuestras acciones inconscientes revelan siempre nuestro íntimo pensamiento. Confucio decía que el hombre no sabe ocultar nada. Acaso revelamos nuestros pequeños secretos porque tenemos tan pocos grandes que esconder. Los hechos insignificantes de la rutina cotidiana, forman tanta parte de los ideales de una raza, como los más altos vuelos de la filosofía y de la poesía..."

Algo tan cierto como que reside en nuestro instinto, nuestra genética. Se puede aprender tanto de alguien observando detalles a priori minúsculos… gestos de educación, cómo trata a los animales, tira la basura en el monte, pequeñas mentiras…

"...El té fue para nosotros más que la idealización de una forma de beber; fue una religión del arte de la vida. Este brebaje se convirtió en un pretexto del culto de la pureza del refinamiento; una función sagrada en la que el huésped y su invitado se unían para alcanzar juntos la beatitud de la vida mundana. El cuarto del té fue un oasis en el desierto de la vida, en el que los viajeros, cansados, podían encontrarse para beber en el manantial común del amor y del arte. La ceremonia fue un drama improvisado cuyo argumento fue tramado alrededor de la mesa del té, de las flores y de las sedas pintadas. Ningún color alteraba la tranquilidad del recinto, ningún ruido turbaba el ritmo de las cosas, ningún gesto rompía la armonía, ninguna palabra destruía la unidad de los alrededores, todos los movimientos se ejecutaban simple y naturalmente, éstos eran los designios de la ceremonia del té..."

Un pueblo que vivía, como el japonés, destinando tanta obcecación a la guerra, el honor y la apariencia, debía estar sometido a una tremenda presión, sin esperanzas de vivir muchos años, sin posible tiempo para disfrutar de los hijos o de un cierto ocio. Por ello, creo yo, debieron aprender a detener el tiempo a través de la ceremonia del té. Confrontar los problemas futuros era algo por llegar, mientras que los pasados formaban parte de una nebulosa exhalación. Un tiempo, el presente dentro de la casa del té, que les permitía no sólo disfrutar de una relajación temporal, sino que les aleccionaba acerca de qué valorar y cómo hacerlo. Vivir el presente y disfrutar de esas pequeñas cosas (un sabor, una fragancia, un sonido…) era la más inteligente manera de afrontar el futuro, probablemente corto, que tenían por delante. Añadir vida a los años, muy al contrario de nuestra sociedad, en la que tan importante como tener mucho dinero o poder, es el llegar a muchos años de edad, sean estos como sean.

"...Hemos dicho que en el taoísmo, lo Absoluto era lo relativo. En ética, los taoístas negaban las leyes y los códigos morales de la sociedad, porque para ellos el bien y el mal eran cosas relativas. Una definición encierra siempre una idea de limitación. Las ideas de fijeza e inmutabilidad no son sino un alto en el desarrollo. Nuestras ideas de moralidad son hijas de las necesidades de tiempos pasados, ¿pero acaso la sociedad permanece la misma? El respeto de las tradiciones comunales comporta el sacrificio constante del individuo hacia el Estado.
La educación, para mantener una tan fuerte ilusión, encorazona la ignorancia; no se enseña al pueblo a ser virtuoso, sino a comportarse dignamente; somos malos porque somos terriblemente conscientes. No perdonamos a los demás porque nos sabemos culpables, imponemos silencio a nuestra conciencia porque tenemos miedo de descubrir la verdad a los demás; nos refugiamos en el orgullo porque no osamos decirnos esta verdad a nosotros mismos. ¿Cómo puede darse importancia al mundo siendo éste tan ridículo? Puede incluso comprarse una religión que no sea sino un ritual de moralidad santificado con flores y música. Dejad los accesorios; ¿qué queda de ella? ¡Una plegaria contra un bono para el cielo! ¡Un diploma de honorabilidad!..."

"... Jamás lamentaremos bastante que la mayor parte del entusiasmo aparente que hoy se profesa hacia el arte, no repose sobre un sentimiento real profundo. En una época democrática como la que vivimos, los hombres aplauden lo que se considera mejor por las masas, sin respeto por sus propios sentimientos. Se ama lo caro y no lo refinado; lo que está de moda y no lo que es bello. Para las masas populares, la contemplación de las revistas ilustradas, que es verdaderamente el digno producto de su industrialismo, produce un elemento de goce artístico más fácil de digerir que los primitivos italianos o los maestros del Ashikaga que pretenden admirar. El nombre del artista, es para ellos más importante que la calidad de la obra. Un crítico de arte chino decía hace muchos siglos que "el pueblo hace la crítica de una pintura con el oído". A esta falta de gusto personal y de opinión propia debemos los horrores seudoclásicos que se ciernen sobre nosotros por todas partes..."


No creo que esto requiera mucho comentario, tan sólo el deseo de que mucha más gente creyese así en la actualidad
"... Los que, de entre nosotros, ignoran el secreto de adaptar convenientemente nuestra propia existencia sobre este mar tumultuoso de emociones insensatas que llamamos vida, viven en un estado de continuo sufrimiento, tratando en vano parecer felices y satisfechos.
Nos debilitamos con nuestros esfuerzos para conservar nuestro equilibrio moral y vemos un precursor de la tormenta en cada nubecilla que flota en el horizonte. Y hay, no obstante, una alegría y una belleza en las tempestades de las olas que barren la eternidad.
¿Por qué no penetrar en su espíritu, o, como Liehtsé, cabalgar sobre el huracán mismo? Sólo quién ha vivido en la belleza morirá en la belleza..."


Acaso existe mejor consejo?? Los jirones de vida que dejamos agarrados a las espinas del camino son la mayor muestra de nuestra existencia, el sello que ha recibido nuestro espíritu por avanzar de etapa en etapa. Nuestra es la elección de tomar en consideración las lecciones, de curar las heridas, o por el contrario continuar avanzando mientras nos desangramos, ajenos al aprendizaje que el camino nos muestra. De veras vale lo mismo coronar una montaña de cualquier manera? Por favor! La importancia del camino en oposición al final se ha desvanecido en nuestra sociedad enferma. Una sociedad en la que ser llamado diferente es actualmente el mayor de los halagos por recibir.

No puedo concluir este interminable peñazo sin aportar dos nuevos párrafos del libro, tan hermosos como ciertos, parábolas o símiles centenarios que poder experimentar en carne propia. De forma que si has llegado leyendo hasta aquí, no rebles!! El final está presto.


"...Los taoístas cuentan que en el principio de la No Existencia, el Espíritu y la Materia se entregaron a un combate mortal. Finalmente, el Emperador Amarillo, el Sol del Cielo, triunfó de Shuhyung, el demonio de las Tinieblas y de la Tierra. El Titán, en su agonía, rompió con su cabeza la bóveda solar de jade azul y la hizo estallar en pedazos. Las estrellas perdieron sus nidos y la luna erró sin rumbo por los abismos desiertos de la noche. Desesperado el Emperador Amarillo buscó quién pudiese reparar los cielos y buscó en vano. Del mar oriental salió una reina, la divina Niuka, coronada de cuernos y con cola de dragón, esplendorosa en su armadura de fuego. En su mágica caldera soldó los cinco colores del arco iris y reconstruyó el cielo de China. Pero afirman también, que Niuka olvidó obstruir dos rendijas del firmamento azul y empezó el dualismo del amor; dos almas que ruedan por el espacio y no pueden reposar hasta que logren juntarse para completar el universo. Cada cual debe construir de nuevo su cielo de esperanza y de paz..."



"... Este cuento muestra cuán difícil es el secreto del arte y cuán misterioso es su sentido. Una obra maestra es una sinfonía ejecutada con nuestros sentimientos más refinados. Al mágico contacto de la belleza, las cuerdas secretas de la belleza se despiertan y en contestación a su llamada vibramos y nos sobresaltamos. El espíritu habla al espíritu; oímos lo que nos ha sido dicho, contemplamos lo invisible; el maestro arranca notas sin que sepamos de dónde. Recuerdos de largo tiempo olvidados vuelven a nosotros llenos de un nuevo significado. Esperanzas ahogadas por el temor, impulsos de ternura que no nos atrevemos a reconocer, se nos ofrecen rodeados de un nuevo esplendor. Nuestro espíritu es la tela sobre la que el artista pone los colores, los matices son nuestras emociones y el claroscuro está formado por la luz de nuestras alegrías y lo sombrío en nosotros y nosotros estamos en la obra maestra..."


Este último podría asimilarlo no sólo al arte, sino a todo aquello que pulse una tecla de mi interior, algo que me ocurre siempre en la montaña, en plena naturaleza. Una simple oteada a lo que se haya al otro lado de un collado, una puesta de sol tras un boscoso monte o el afilado recorte de unos picos frente al insondable azul celeste tienen la capacidad de revolver mi interior de una dicha tan expansiva que apenas mi cuerpo sabe atraparla y parte de ella escapa en forma de pequeñas lágrimas incontenibles, de temblores infantiles o de sonrisas indomables. Es la perfección de la vida, y yo soy dichoso por saberla apreciar, aprisionarla en mi interior y compartirla con los míos.