Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

6 sept. 2014

Caminos

Rodando silenciosamente por estos caminos centenarios aún puede escucharse el rotundo silencio del repicar de los herrajes de las caballerías y el cansado azuzar de los muleros, moviendo aperos y personas de pueblo en pueblo, de valle en valle. Esta es la génesis de Zona Zero y espero que todos aquellos que ahora recorréis estas sendas, ahora llamadas singletracks sentáis al menos la centésima parte de la emoción que me llena cuando dejo correr mi bici por ellos.


Caminos por los que una recién casada transportaba su ajuar a la casa de la familia de su marido.
Caminos donde acechaban saltadores y bandoleros.
Caminos por los que nuestros ancestros acarreaban los bienes que cambiaban en otros pueblos vecinos.
Caminos pensados para recorrer la distancia con el menor gasto energético posible.
Caminos que jamás creyeron podrían caer en el olvido.
Caminos de cuyo buen estado dependían sociedades enteras.

Caminos entremurados con el fruto de espedregar el campo adosado.
Caminos por los que se reclamaron levas, desplazaron ejércitos y goteó la sangre en la tierra.
Caminos recorridos por pies descalzos de niño y las zarpas de perro, llevando al pastor el recado.
Caminos pavimentados de piedras que ya apenas recuerdan las suelas de albarcas que han raído.
Caminos en los que desaparecían sueños, mutados en ruina por una pedregada o un ramal ajado.
Caminos por los que marchó, pesádamente y con amargura, la última familia de muchos pueblos.


Azumbres de aceite derramados, talegas de harina vertidas, fanegas de esparceta volcadas...
Los toneles de vino que han visto quebrarse contra las piedras.
Las bestias de carga que han expirado junto a sus muros.
Inmensos árboles a su vera, cuya sombra ha cobijado amantes, secretos, traiciones y descansos.

Caminos que unían y separaban por igual.

Y mientras tanto la espinosa barza, el ocre líquen, la verde yedra o el pajizo lastón, silenciosos y pacientes, crecían entre las piedras, colonizaban muros y desgarraban la tierra antes, durante y después del paso de nuestros ancestros. Y son quienes ahora pueblan estos caminos, molestando el paso en ocasiones, embelleciendo las fotos en otras. 

Pasaremos senderistas, recolectores, ciclistas, cazadores o curiosos y ellos seguirán, recuerdo constante de la capacidad de la naturaleza para hacer etéreo y perecedero todo lo que el hombre construye.
Su aparente fragilidad no es sino una lección de la humildad perdida, del respeto olvidado, del ahogado sentido de pertenencia a la madre naturaleza. La que, queramos o no, nos cuida, escarmienta y vigila.

Antes, durante, después.
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