Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

30 may. 2009

I Kedada VT Zona Zero (Sobrarbe)


Esta es una historia sencilla, pero no fácil de contar
12 horas, 720 minutos, 43.200 segundos. Recogidos en una gota de sudor, en un fugaz flashbacks de imágenes, en un escalofrío en la piel.
Porqué el tiempo discurre tan deprisa cuando se es feliz, cuando una conjunción astral proyecta una luz en la que se recorta la silueta de una montaña y nada más importa. Cuando los latidos del corazón son los golpes de pedal que me permiten avanzar entre piedras y ramas, entre vegetación y tierra.

Caballos de metal con los que galopamos desbocados huyendo de muchas cosas, dejando momentáneamente atrás fantasmas, persiguiendo una tierra prometida que no llega pero que nunca acaba de irse… Camino a Ítaca lo llamó Homero.

Un deseo nos impele a echarnos al monte como alma que lleva el diablo. Forzando los límites en pos de una salida más, buscando excusas que justifiquen nuestra necesidad. Es la tormenta de agosto que sabes que va a llegar, la desnudez de los hayedos, la niebla invernal de amanecida, la puesta de sol en un largo día de verano, el deshielo de los valles pirenaicos.
Es lo inevitable.

No se puede luchar contra esta necesidad, no se debe hacerlo. Casi a cualquier coste necesitamos sentirnos extenuados de cansancio. Nos vemos obligados a combatir los calambres, a resistir los dolores de una herida abierta, a levantarnos tras una caída. Deseamos volver a sentir el punto álgido del sufrimiento como puerta de entrada al clímax de la recuperación. Dar esa última pedalada que falta antes de llegar a la cima y dejarse caer exhausto.
No es ningún ritual sádico, sencillamente te hace sentirse vivo. Y la capacidad de sufrimiento es un pulso al espíritu.

Y al otro lado de la cima nos aguarda el reverso oscuro, la cara oculta de sonrisa demente.
Colmillos afilados, irreflexividad, instinto depredador.
Una manada de lobos en pos de un ciervo montaña abajo, sorteando obstáculos, recortando curvas, adelantándose por instinto, defendiendo la posición, frenadas y acelerones, derrapadas a dos ruedas, saltos... Al fin y al cabo perseguimos nuestro alimento.

Yonkis necesitados de adrenalina y libertad para calmar el mono. Del olor a tomillo y tierra mojada, de la naturaleza virgen, del miedo, de la sonrisa cómplice del viento…
Trialeras de piedras como estacas a velocidad absurda frente a un mar de reflejos turquesas.
La bajada perfecta del Sarrataño…
Un descenso salvaje de anochecida por un bosque cerrado.

Paisaje, reto, sendero, imposible, descenso, embarcada, trialera, infinito… sólo nombrarlas y el pulso se desboca.

Pero claro, como si al sexo le añades el amor, si envuelves todo esto en la fraternalidad de un grupo acojonante, si lo riegas de birras y risas, de caracoles y vino, de lifaras y amistad… pasa lo que pasa.

El día que aquí se acaben los caminos…
...no llegará nunca.
Palabra de biker.
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