Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

7 sept. 2010

Over the hills and far away







Si hay una canción que representa los impulsos que me llevan a perderme entre montañas andando o con la bici, es esta. Deseo de conocer lo que hay tras estos montes. Y tras esos, y tras aquellos…

Y si hay una canción que con su música toca la parte del cerebro que late desbocada mientras asciendo laderas, atravieso valles o desciendo pedreras, también es esta.
Las explosiones de la guitarra, la entrada de la base rítmica, los berridos de Plant, golpean allí donde se acumulan todos los recuerdos, llenos de sufrimiento y pasión, que me tatúa la montaña en el alma.

Hace ya días que no escribo una crónica como dios manda de una ruta “mundial” y no se me ocurre una mejor manera que relatar el cómo, el dónde y el cuánto. Y, sobre todo, el porqué.

Sé que hay mucha gente que no ha hecho “click” nunca con la montaña, y por ello le cuesta entender mis/nuestras motivaciones y recompensas, al igual que a mi me ocurre con otras aficiones. También sé que posiblemente es injusto mi punto de vista, más no puedo dejar de pensar que al contrario que otras aficiones, las relacionadas con la naturaleza y el esfuerzo personal te hacen mejor persona. Cuesta encontrar un “biker” que comparta nuestra filosofía y que no sea un tío de la leche.

Las fuerzas geológicas domeñan el mundo mineral de las alturas, tallan fulgurantes agujas, excavan profundos desfiladeros, levantan majestuosos mallos y repican inmensos collados. Estas mismas fuerzas también actúan en el espíritu de las personas que se acercan a las montañas con la mente y el corazón abierto, dispuestos a dejarse modelar de nuevo, aprendiendo la nimiedad bajo el cobijo de la inmensidad, la paciencia sobre el reloj de la aparente inmutabilidad, el deseo a través de páramos de sufrimiento, el gozo bajo toneladas de esfuerzo.
La perfección como una hoja entre un mar de hayedos, como el instante en que aire, fuego, tierra, agua y alma se funden en una sola y etérea partícula que llega y al punto desaparece. Y te encadena de por vida a seguir buscándola.

Porque, como durante la ruta me reconoció un amigo, no somos ciclistas, somos montañeros que además de botas, piolets, cuerdas y mochilas, también empleamos la bici.
Montañeros que no dudamos en cargar con nuestras bicis de 15kg al hombro o a la espalda durante horas, durante cientos y cientos de metros de desnivel, con el incierto propósito de cabalgar crestas y laderas sólo al alcance de los sarrios y las cabras, buscando la belleza continuamente, ya sea en forma de paisajes o de adrenalina. Siempre persiguiendo atisbar nuevamente esa etérea perfección.

Por ella nos internamos el pasado viernes en el dolomítico macizo de Cotiella desde Plan.

Comenzamos pedaleando por la pista que sube al collado de Sahún zigzagueando entre profusos bosques de pino y abeto. La pendiente no es excesiva y se gana altura con bastante comodidad, también porque vamos arropados por la sombra de las coníferas. Dejamos la pista principal y tomamos el ramal de la derecha que nos conduce al collado de La Cruz, circundado de pastizales donde los terneros juegan y las vacas disfrutan del completo relax. Se pensarían que veníamos a darles sal, pues aparecieron trotando de todos lados para acercarse a nosotros.

Aquí cogimos una pista poco transitada por la que en parte discurre el PR de Plan a Plana Angón y seguidamente la abandonamos al pié de un refugio para continuar escoltando las marcas blanco amarillas, ya fuese andando o mayormente a pedal.
El sendero es sugestivo, pues traza una línea perfecta por medio de una escarpada ladera, atravesando primero bosque de pino negro, más tarde terreros y barranqueras y finalmente una continua pedrera que acaba por desembocar en unos majestuosos prados, sujetados en la pendiente por los ciclópeos contrafuertes de 300 metros verticales de pared: estamos en la Plana Angón, un verdadero oasis para el ganado entre tanto mineral.

Encima de ellos, las descomunales peñas que cierran el paso hacia la Basa de la Mora: Peña las Diez (2565mt) y Picollosa (2732mt). En medio, como un hachazo entre ambas, el collado del Ibón, con sus 2345mt.

Estos prados caen con ligera inclinación formando una vaguada en el medio por donde fluye un torrente de agua cristalina, perfecto lugar para recargar agua.
Estamos a 2050metros de altitud y por esta misma vaguada es por donde vamos a ganar los próximos 300 metros de desnivel, todos ellos con la bici al hombro (a la sobrarbense que se llama).
Nos espera una hora larga de andar con unos 22 kilos a la espalda (bici+mochila) por una pendiente donde las piedras compiten en cantidad con las gotas de agua del mar.
Da igual, estamos en un paraje tan impresionante que la vista actúa de calmante del esfuerzo. Pasito a pasito vamos subiendo casi sin darnos cuenta, mientras asistimos embobados al paisaje. Cómo se abre a nuestra siniestra el lunar circo de Armeña y su refugio, punto de entrada de este inframundo lapiaz de simas y grietas, muchas de ellas aún por catalogar.
De frente, Picollosa impresiona cada vez más con sus paredes extraplomadas surcadas de profundas fisuras, como la cara de un anciano coloso.
De camino aún nos cruzamos con los veraneantes propios de esta zona: rebaños de cabras y una oveja rezagada con dos corderitos recién paridos.
Mirando hacia atrás, toda la sierra de Chía y el Turbón tapan el horizonte, donde las nubes de evolución ya van proliferando.

Llego el primero al collado del Ibón, nexo de unión entre dos universos tan parecidos como diferentes, pues al fondo del valle se divisan nuevamente bosques de pino negro, que parecen acunados entre los picos (Peña la Una, Litasé) que cierran el embudo de la Basa de la Mora, el ibón más hermoso del Pirineo. Mientras llega el resto, aprovecho para abrigarme (pues la niebla ha descendido y torna espectrales los picos y el ambiente circundante) y fotografiar la esforzada ascensión de mis amigos.

Comemos de cara al oeste, tratando de descifrar por donde atraviesa el canchal nuestro sendero, asimilando dónde nos encontramos, saboreando el embutido, las sardinas y los chipirones (en el monte, pescado).

Por fin terminamos, recogemos todo para que no haya huellas de nuestro paso, nos ajustamos cascos y protecciones y enfilamos un piélago rocoso que se hace exigente pero muy divertido, siempre las ruedas surfeando piedras que son arrastradas a nuestro paso y ruedan veloces pendiente abajo como prófugos que escapan del mismísimo infierno.
Súbitamente aparecemos entre los prados que preceden al pinar, donde el descenso se hace más sinuoso y sencillo, lo que nos da margen para disfrutar del paisaje, y de las primeras vistas del Ibón, al que llegaremos en breve esquivando pinos y rocas.

Los senderistas que hay por allí nos miran extrañados, ¿de dónde aparecen estos con bicis por ahí arriba?, como si estuviéramos idos, hipótesis que se confirma al desnudarnos y tirarnos de cabeza a las gélidas aguas del ibón. Está tan fría que duele respirar dentro, pero nuestras piernas agradecen el relax que les supone.

Vamos a continuar, queda la traca final, así que tras un rato maravilloso de risas y carcajadas nos volvemos a enfundar en la ropa de faena, ajustamos suspensiones y nos lanzamos al descenso final: PR de la Basa de la Mora o Ibón de Plan al pueblo de Plan. 900mt de desnivel que serán superados en apenas 3,5km de sendero implacable.

Rampas salpicadas de raíces y rocas descarnadas, tramos con escalones y curvas imposibles, zonas de piedras como lavadoras, trechos húmedos donde las rocas resbalan como hielo puro, cuando te parece que la dificultad no puede crecer más, ves cómo se multiplica. El estado de tensión y concentración se cortaría con la navaja, casi ni hablamos, sudamos copiosamente y las piernas y brazos queman como una hoguera de mantener la bici en el camino.
La trialera sigue el discurrir de un barranco precioso, vertical y lleno de cascadas que en invierno son presa de los escaladores de hielo, es por eso que desciende tan veloz. El mundo cambia a nuestro alrededor, los pinos negros mutan en abetos, estos en hayas, bojes, abedules… estamos abajo, hemos superado quizá la bajada más complicada de cuántas adornan ya nuestra memoria, un reto que corona una ruta mundial, mágica, éxtasis!!!

Rememorando ya en frío al día siguiente, te das cuenta que durante toda la bajada final no tenías los ojos fijos en el camino. Simplemente perseguías la etérea perfección que revoloteaba delante de ti.

En poco tiempo mi vida va a realizar un fuerte cambio, muchas cosas desaparecerán y otras nuevas llegarán, pero habrá algo siempre inmutable: ESTO.
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