Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

26 sept. 2010

El Cebollar de Torla: Entre valles, estrechos, tasca y hayedos.


Nos acercamos hasta Torla para dar una vuelta con las bicis, subiendo al repetidor/mirador del Cebollar, colgado en un hombro de Mondiniero a 1.910m de altitud, con quizá las más bonitas vistas de Ordesa y Mondarruego, más incluso que los famosos miradores de Las Cutas, pues se coge todo el valle de frente, desde su inicio como tal en Los Navarros, donde el Arazas se une al Ara, y se puede observar de manera conjunta con la continuidad del valle del Ara en Torla, formando una L gigantesca, con la impactante cresta inclinada de Diazas en su vértice, y las preciosas laderas boscosas de Turieto, Mondarruego, Torla y Mondiniero acotándolo.

Además, desde el Cebollar igualmente se aprecia la cresta que sube al pico Otal y el estrecho de Bujaruelo, excavado por el Ara.

La pista de subida es muy agradecida, el piso es firme y no hay grandes pendientes, sino que se sube a un desnivel mantenido agradable, e incluso con algún descansillo. Durante la subida nos encontramos con un par de bordas entre unos prados abancalados, que brillan recibiendo el sol de la mañana componiendo una postal viviente.

Desde arriba de todo, nos vamos a tirar hacia Bujaruelo, primero trazando una diagonal que cruza varias barranqueras entre bosque de pino negro para a continuación salir a unas enormes laderas de tasca (donde pastan las vacas mas bien que bien) que se cruzan medio ciclando medio andando, hasta descender entre zetas en la hierba un hombro que desemboca en el inicio de una hayedo de esos con los que sueña cualquiero caminante: una extensión inmensa de hayas jóvenes, salpicadas por otras más viejas y monumentales que imponen una majestuosidad tal al bosque que casi obliga a desfilar en silencio, sólo roto por el crepitar de las ruedas entre las hojas y ramas caídas.

Es un lugar increible, una opción buenísima para perderse andando un día, y bajar ya con el atardecer anaranjando el cielo habiendo realizado una cura de relajación que ni el mejor de los balenarios.

El sendero abandona el hayedo al cruzarse con el barranco del Cebollar, que terminará cayendo al Ara en el tremendo Salto del Carpín, y continúa por una costera pedregosa y escalonada que nos lleva a una faja colgada sobre el río, un magnífico mirador del desfiladero en el que ya, casi sin darnos cuenta, nos hemos adentrado.

Desde este punto el camino sigue el curso del Ara, ahora llaneando, ahora descendiendo en cortos pero pronunciados bajadores, que poco a poco nos van acercando al cauce. Son lugares propicios para trialear con la bici, pues sin tener gran dificultad permiten una conducción divertida y gozosa.

Amanecemos finalmente en la carretera a mitad camino entre Torla y el Puente de los Navarros, y en un verbo nos llegamos a los coches, con la sensación de la labor cumplida y las ganas de repetir otra ruta lo más pronto posible.

Como siempre, una imágenes valen más que mil palabras!!

22 sept. 2010

Los conquistadores de lo inútil

Así resumió el alpinismo Lionel Terray en su indispensable biografía.

“Los conquistadores de lo inútil” somos todos aquellos que vamos, orgullosamente, a la caza y captura de picos, montañas, rincones o rutas, sin recibir “nada” a cambio del riesgo, cansancio, miedo, dolor o sufrimiento. Nadie nos da premios, no hay más recuerdo que unas fotos y la memoria, no tiene fin en sí mismo, ni utilidad alguna. O eso se pensó mucho mucho tiempo. Y aún hay bastantes que lo piensan.

“Porqué subir al Everest?” Le preguntaron. “Porque está ahí” les respondió Mallory a los periodistas. Son ambas expresiones míticas, tremendamente repetidas y conocidas, pero no por ello dejan de tener el mismo significado que antes de ser frases famosas. Y a ellas quiero dedicar mi pequeño homenaje, en forma de la ascensión a un pico que “estaba ahí” desde hace mucho. Y ahora ya, por fin, está aquí (dentro del pecho).

Un día en medio de nada, una mañana con el cielo gris y tenso como el parche de un tambor, presto a retumbar en cualquier momento.

Una carretera serpenteante seguida de una pista que asciende un valle vertical nos dan muestra de lo caprichosas que son las relaciones entre tiempo y distancia: Hora y cuarto para recorrer un trayecto que en línea recta no ocupa más de 25km. ¡Qué equivocados están los que miden las montañas en metros y kilómetros! Hoy lo volveremos a comprobar.

2 ibones y 2 picos nos esperan. Al primero de ellos llegamos conduciendo. Es Urdiceto (Ordizeto) el lugar donde aparcamos la furgoneta, 2350m sobre el nivel del mar. El ibón, artificialmente represado tiempo ha para su aprovechamiento hidrológico, se encuentra medio vacío, fruto de la época del año. Aún así, esmediado y con diques, no deja de impresionar su belleza, sustentado en una cavidad glaciar bajo las cresta de Fuesa y el Cau, e impedido de esparramarse hacia los valles de Ordizeto y Sallena por dichos represamientos. Comienza a lloviznear cuando arrancamos a andar por un marcado camino que nos ha de llevar al primero de los picos, el más alto del macizo, y uno de los más agradecidos y espectaculares por sus vistas de inmensos desniveles e inacabables lomas de hierba. Sólo 28 metros hacen que no sea un Tresmil y que por tanto se mantenga lejos de la masificación montañera que supondría sumar esta (estúpidamente) palabra fetiche a su fácil acceso. Se trata de Punta Suelza (2.972m).

Este ascenso tiene una doble intención. Por un lado, disfrutar de la jornada, del lugar, la tranquilidad y la magia de las montañas, y por otro contrastar la posibilidad de ascender por este camino hasta la cima con las bicis al hombro, para luego bajar por otra vertiente pedaleando (esto ya se comprobará otro día). La senda avanza a por una pedregosa ladera sin dificultades durante su tramo inicial, para posteriormente ascender en curvas por una amplia y pendiente pedrera. Es el tramo más duro de la ascensión, pero se salva sin dificultades, y cuando desembocamos en la cresta, además del cortante viento, otra impresión nos deja temblando:

El ibón del Cau, allá abajo, en un perfecto ejemplo de excavación glaciar, un remanso de tranquilidad perdido en el tiempo y el espacio, adornado por coladas de piedra de diferentes estratos rocosos que, a modo de guirnaldas de diversos colores, bajan desde las alturas del valle hasta la orilla del agua. Agua que cambia de tonalidades con la profundidad, alumbrando un cuadro tan perfecto que se graba en la memoria como un paisaje de Monet, luz que sobrepasa las formas.

El frío y los impacientes ladridos de Moskowa nos impelen a continuar, ahora por un amplio cerro y una ladera agradable donde se avanza ligero, y poco después remontando de frente la pendiente hasta ganar la cima, una amplia loma muy llana que permite unas impagables vistas de 360º. Son las 10:10 de la mañana, apenas hora y cuarto desde que salimos del coche, un paseo. Y, lo que es igual de importante, perfectamente viable para subir porteando la bici. Avistamos Urdiceto y los puertos del norte (Viejo, Forqueta, Salcorz, Trigoniero…) que lindan con Francia; Pineta y sus picos al completo (Treserols, Tres Marías, Comodoto, Astazus); la Madera, Culfredas, la Pez y Bachimala; Posets, Espadas y Eristes; el Macizo de Cotiella al completo; Barrosa y La Munia; Vignemale allá al fondo… Menuda clase de geografía!!!

Echamos un bocado y desandamos el camino hasta el pequeño collado donde nos encaramamos al cerro por primera vez. Aquí tenemos que decidir cómo entrarle a Punta Fuesa (2.868m), el otro pico que tenemos pensado para hoy, y al que llevo mucho tiempo esperando subir: Fuesa, desde Ainsa se avista como un afilado colmillo separado de otros picos que le hagan sombra. Su silueta engancha, y siempre lo he tenido en el debe. Hasta hoy.

La solución más sencilla y larga es desandar el camino hasta Urdiceto y una vez allí remontar la pedrera que lo separa de los contrafuertes de Fuesa, para buscar una vía de acceso. Larga y aburrida. La más directa e incierta consiste en tomar la arista en dirección noroeste para dentro de lo posible cabalgarla o flanquearla. Correríamos el riesgo de tener que dar marcha atrás si llegamos a un punto de no retorno, pero como me han comentado que hay pasos, y se vislumbran varios collados desde donde poder destrepar hacia Urdiceto, nos decidimos por esta. Y que coño, es más divertida!!

Sorprende el primer trozo, pues tras unos metros que pintan fatal aparecemos en una ladera herbosa pendiente por la que andamos como Pedro por su casa. Moskowa se dedica a perseguir sarrios mientras tiramos fotos como descosidos. Nuestra ladera va estrechándose hasta finalizar, ya sí, en una arista rota pero perfectamente franqueable, que desciende pronunciadamente hasta un pequeño paso que conecta los ibones del cau y Urdiceto. Continuamos un rato más hasta otro pequeño paso, lugar donde los gendarmes de la arista nos invitan a abandonarla.

Descendemos al lado norte para flanquear justo por la línea que forma el final de las graveras con la roca madre, con una canal final húmeda y empinada por donde se despeña mi GPS (40m de caída entre piedras rebotando, y aún funciona) que se hace delicada, pero despacito y buena letra llegamos abajo. Estamos a 2.530m de altitud, así que tendremos mínimo todavía 350m de desnivel que volver a ganar. Atravesamos este inclinado mar de piedra triturada como podemos siempre buscando ir remontando metros, sin alejarnos del nacimiento de la cresta. De repente nos encontramos con una senda que asciende muy marcada hacia un visible collado un poco más adelante, así que la seguimos para llegar al paso habitual de cruce entre Urdiceto y el Cau. Hay un gran tajo en la arista que permite un paso llano y cómodo, una osqueta puesta que ni pintada.

Pensar en crestear desde allí parece improbable, así que me adelanto trepando unos pasos a ver como pinta, pero aunque sería posible subir, es delicado, y sin cuerdas, en caso de precisar un descuelgue, nos sería inviable dar marcha atrás. Es sin contar que Moskowa también ha de subir, y todo lo que pase de II grado no puede hacerlo por sí sola (eso sí, hasta esa dificultad trepa con una suficiencia envidiable). Por tanto decidimos continuar flanqueando en busca del collado final, ya más adelante del cénit de la cima, para atacarla desde detrás. Pero al poco, mientras la pedrera se hace más vertical y descompuesta, veo una canal con buena pinta y decido que probemos suerte allí. Es más larga de lo que parecía, tal vez 80m de desnivel a 55-60º, tremendamente descompuesta y sin compactar, con lo que cada paso adelante son 3 atrás.

Cuesta cerca de 15min ascenderla entera, contando los pasos de trepada (IIº) que faltan hasta ganar la arista. Una vez aquí todo se ve mucho mejor. El cresterío, tan vertical por el norte, cae en una pendiente herbosa hacia el sur. Igualmente muy empinada (45-50º), pero perfectamente atravesable.

Es por aquí donde, con unas vistas inolvidables de toda la arista separando los dos ibones, remontamos los metros finales hasta la cima, pequeño espacio inexpugnable donde la unión de un cielo cada vez más gris y hundido con los abismos que se abren a nuestro alrededor, nos sentimos diminutos, igual que deben sentirse los astronautas en sus paseos espaciales.

Aquí arriba comienza a llover con ganas, y tras un frugal bocado, echar un ojo a nuestro alrededor en busca de otra vía de bajada (sólo se ve una canal que tiene una cinta reciente cogida a un viejo clavo como peligroso anclaje para un rappel) que no vemos y las fotos de rigor, desandamos el camino de subida, primero despacito por la hierba mojada hasta la canal, y una vez allí surfeando la pedrera en escasos segundos (con lo que ha costado subirla!!!) hasta llegar a la tasca, desde donde, cada vez más acompañados por la lluvia, concluimos el paseo rodeando el ibón de vuelta al coche.

Son las 15,15 cuando llegamos a Bielsa y tomamos un merecido café en casa Pañart, y las 16h cuando por fin, desde las 7h, volvemos a Ainsa. Suelza es un pico muy sencillo y al alcance de todos, pero Fuesa ya exige un compromiso mayor, falta de vértigo y afinidad con trepadas (sencillas), conocimiento de la montaña y experiencia para leer el terreno.

7 sept. 2010

Over the hills and far away







Si hay una canción que representa los impulsos que me llevan a perderme entre montañas andando o con la bici, es esta. Deseo de conocer lo que hay tras estos montes. Y tras esos, y tras aquellos…

Y si hay una canción que con su música toca la parte del cerebro que late desbocada mientras asciendo laderas, atravieso valles o desciendo pedreras, también es esta.
Las explosiones de la guitarra, la entrada de la base rítmica, los berridos de Plant, golpean allí donde se acumulan todos los recuerdos, llenos de sufrimiento y pasión, que me tatúa la montaña en el alma.

Hace ya días que no escribo una crónica como dios manda de una ruta “mundial” y no se me ocurre una mejor manera que relatar el cómo, el dónde y el cuánto. Y, sobre todo, el porqué.

Sé que hay mucha gente que no ha hecho “click” nunca con la montaña, y por ello le cuesta entender mis/nuestras motivaciones y recompensas, al igual que a mi me ocurre con otras aficiones. También sé que posiblemente es injusto mi punto de vista, más no puedo dejar de pensar que al contrario que otras aficiones, las relacionadas con la naturaleza y el esfuerzo personal te hacen mejor persona. Cuesta encontrar un “biker” que comparta nuestra filosofía y que no sea un tío de la leche.

Las fuerzas geológicas domeñan el mundo mineral de las alturas, tallan fulgurantes agujas, excavan profundos desfiladeros, levantan majestuosos mallos y repican inmensos collados. Estas mismas fuerzas también actúan en el espíritu de las personas que se acercan a las montañas con la mente y el corazón abierto, dispuestos a dejarse modelar de nuevo, aprendiendo la nimiedad bajo el cobijo de la inmensidad, la paciencia sobre el reloj de la aparente inmutabilidad, el deseo a través de páramos de sufrimiento, el gozo bajo toneladas de esfuerzo.
La perfección como una hoja entre un mar de hayedos, como el instante en que aire, fuego, tierra, agua y alma se funden en una sola y etérea partícula que llega y al punto desaparece. Y te encadena de por vida a seguir buscándola.

Porque, como durante la ruta me reconoció un amigo, no somos ciclistas, somos montañeros que además de botas, piolets, cuerdas y mochilas, también empleamos la bici.
Montañeros que no dudamos en cargar con nuestras bicis de 15kg al hombro o a la espalda durante horas, durante cientos y cientos de metros de desnivel, con el incierto propósito de cabalgar crestas y laderas sólo al alcance de los sarrios y las cabras, buscando la belleza continuamente, ya sea en forma de paisajes o de adrenalina. Siempre persiguiendo atisbar nuevamente esa etérea perfección.

Por ella nos internamos el pasado viernes en el dolomítico macizo de Cotiella desde Plan.

Comenzamos pedaleando por la pista que sube al collado de Sahún zigzagueando entre profusos bosques de pino y abeto. La pendiente no es excesiva y se gana altura con bastante comodidad, también porque vamos arropados por la sombra de las coníferas. Dejamos la pista principal y tomamos el ramal de la derecha que nos conduce al collado de La Cruz, circundado de pastizales donde los terneros juegan y las vacas disfrutan del completo relax. Se pensarían que veníamos a darles sal, pues aparecieron trotando de todos lados para acercarse a nosotros.

Aquí cogimos una pista poco transitada por la que en parte discurre el PR de Plan a Plana Angón y seguidamente la abandonamos al pié de un refugio para continuar escoltando las marcas blanco amarillas, ya fuese andando o mayormente a pedal.
El sendero es sugestivo, pues traza una línea perfecta por medio de una escarpada ladera, atravesando primero bosque de pino negro, más tarde terreros y barranqueras y finalmente una continua pedrera que acaba por desembocar en unos majestuosos prados, sujetados en la pendiente por los ciclópeos contrafuertes de 300 metros verticales de pared: estamos en la Plana Angón, un verdadero oasis para el ganado entre tanto mineral.

Encima de ellos, las descomunales peñas que cierran el paso hacia la Basa de la Mora: Peña las Diez (2565mt) y Picollosa (2732mt). En medio, como un hachazo entre ambas, el collado del Ibón, con sus 2345mt.

Estos prados caen con ligera inclinación formando una vaguada en el medio por donde fluye un torrente de agua cristalina, perfecto lugar para recargar agua.
Estamos a 2050metros de altitud y por esta misma vaguada es por donde vamos a ganar los próximos 300 metros de desnivel, todos ellos con la bici al hombro (a la sobrarbense que se llama).
Nos espera una hora larga de andar con unos 22 kilos a la espalda (bici+mochila) por una pendiente donde las piedras compiten en cantidad con las gotas de agua del mar.
Da igual, estamos en un paraje tan impresionante que la vista actúa de calmante del esfuerzo. Pasito a pasito vamos subiendo casi sin darnos cuenta, mientras asistimos embobados al paisaje. Cómo se abre a nuestra siniestra el lunar circo de Armeña y su refugio, punto de entrada de este inframundo lapiaz de simas y grietas, muchas de ellas aún por catalogar.
De frente, Picollosa impresiona cada vez más con sus paredes extraplomadas surcadas de profundas fisuras, como la cara de un anciano coloso.
De camino aún nos cruzamos con los veraneantes propios de esta zona: rebaños de cabras y una oveja rezagada con dos corderitos recién paridos.
Mirando hacia atrás, toda la sierra de Chía y el Turbón tapan el horizonte, donde las nubes de evolución ya van proliferando.

Llego el primero al collado del Ibón, nexo de unión entre dos universos tan parecidos como diferentes, pues al fondo del valle se divisan nuevamente bosques de pino negro, que parecen acunados entre los picos (Peña la Una, Litasé) que cierran el embudo de la Basa de la Mora, el ibón más hermoso del Pirineo. Mientras llega el resto, aprovecho para abrigarme (pues la niebla ha descendido y torna espectrales los picos y el ambiente circundante) y fotografiar la esforzada ascensión de mis amigos.

Comemos de cara al oeste, tratando de descifrar por donde atraviesa el canchal nuestro sendero, asimilando dónde nos encontramos, saboreando el embutido, las sardinas y los chipirones (en el monte, pescado).

Por fin terminamos, recogemos todo para que no haya huellas de nuestro paso, nos ajustamos cascos y protecciones y enfilamos un piélago rocoso que se hace exigente pero muy divertido, siempre las ruedas surfeando piedras que son arrastradas a nuestro paso y ruedan veloces pendiente abajo como prófugos que escapan del mismísimo infierno.
Súbitamente aparecemos entre los prados que preceden al pinar, donde el descenso se hace más sinuoso y sencillo, lo que nos da margen para disfrutar del paisaje, y de las primeras vistas del Ibón, al que llegaremos en breve esquivando pinos y rocas.

Los senderistas que hay por allí nos miran extrañados, ¿de dónde aparecen estos con bicis por ahí arriba?, como si estuviéramos idos, hipótesis que se confirma al desnudarnos y tirarnos de cabeza a las gélidas aguas del ibón. Está tan fría que duele respirar dentro, pero nuestras piernas agradecen el relax que les supone.

Vamos a continuar, queda la traca final, así que tras un rato maravilloso de risas y carcajadas nos volvemos a enfundar en la ropa de faena, ajustamos suspensiones y nos lanzamos al descenso final: PR de la Basa de la Mora o Ibón de Plan al pueblo de Plan. 900mt de desnivel que serán superados en apenas 3,5km de sendero implacable.

Rampas salpicadas de raíces y rocas descarnadas, tramos con escalones y curvas imposibles, zonas de piedras como lavadoras, trechos húmedos donde las rocas resbalan como hielo puro, cuando te parece que la dificultad no puede crecer más, ves cómo se multiplica. El estado de tensión y concentración se cortaría con la navaja, casi ni hablamos, sudamos copiosamente y las piernas y brazos queman como una hoguera de mantener la bici en el camino.
La trialera sigue el discurrir de un barranco precioso, vertical y lleno de cascadas que en invierno son presa de los escaladores de hielo, es por eso que desciende tan veloz. El mundo cambia a nuestro alrededor, los pinos negros mutan en abetos, estos en hayas, bojes, abedules… estamos abajo, hemos superado quizá la bajada más complicada de cuántas adornan ya nuestra memoria, un reto que corona una ruta mundial, mágica, éxtasis!!!

Rememorando ya en frío al día siguiente, te das cuenta que durante toda la bajada final no tenías los ojos fijos en el camino. Simplemente perseguías la etérea perfección que revoloteaba delante de ti.

En poco tiempo mi vida va a realizar un fuerte cambio, muchas cosas desaparecerán y otras nuevas llegarán, pero habrá algo siempre inmutable: ESTO.