Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

4 dic. 2008

Tokyo blues, por Haruki Murakami

Si, Tokyo blues, con el culo enfaldado de una adolescente de portada. Me habían hablado bien del autor y del libro, y por eso me hice con un ejemplar, pero es de esos libros que no les haría ni caso en una librería si los viese.

Y tras terminarlo casi creo que hubiera sido mejor no fijarme nunca en él. Casi…

La manera de escribir del autor, Murakami, no es llamativa, aunque sí detallista e íntima, dos cualidades estas de las que por suerte no abusa, con lo que no pierde fluidez la historia.
El libro es un flashbacks, un retroceso de dos décadas a una juventud casi olvidada en la que no debe ser fácil bucear. Una vez leído, me doy cuenta que las palabras más importantes de la novela están en el primer capítulo, y son las que suavizan la historia, que en mí tuvo la cualidad de no dejarme recordarlas hasta bien terminada.
Es la capacidad del protagonista para olvidar, el rayo de esperanza que proyecta sobre los problemas este olvido, por muy abrumadores que parezcan durante su transcurso.

Porque la historia en sí, que parece biográfica (no lo es), puede gustar más o menos, ser mejor o peor, pero lo que no admite discusión es la resolución del libro, poniendo el epílogo en las primeras páginas (aunque eso no se vea hasta el final, o al menos yo no me supe dar cuenta antes). Fabulosa.

Como digo, la historia depende de gustos, a mí me resulta predecible completamente, he anticipado lo que va a pasar mucho antes de que ocurra, casi cada capítulo. Pero esto tal vez no sea del todo un fallo, sino que “permite” alargar el sufrimiento que desencadenan las palabras de Murakami, porque veía llegar los desenlaces lenta e inexorablemente. Como cuando asistes a un anochecer en un día de otoño. Sabes que va a ocurrir, la luz abandona esta parte del mundo poco a poco, la oscuridad va apoderándose del horizonte, y pese a esperarlos, los juegos de colores en el cielo, en las nubes, en la tierra, nunca dejan de emocionarte.

Aparte de todo esto, subjetivamente el libro me ha removido mucho. La similitud de muchos de los hechos que ocurren y de los pensamientos del protagonista respecto a otros que me han pasado a mí es tremenda, desde el inicio hasta el final.
La muerte con 17 años de su mejor amigo me ocurrió a mí también; tener una amiga con la que compartir palabras, momentos, sentimientos tan “ambiguos” y pese a ello cada vez tener más amistad, comprensión y cariño también se repite en mí.
Me veo retratado en una gran parte del estilo de pensar de Watanabe, en su forma de concebir el sexo, en sus épocas de desgana y pasotismo, en su resignación para con el mundo, en su intento de ser siempre sincero…

Me produce una sensación de desasosiego la manera en la que tratan y aceptan la vida y la muerte en Japón, no la entiendo y por ello me asusta. Si, desasosiego fue la sensación más extendida por mi piel cuando leía los más deprimentes sucesos, las más tristes páginas, tratando de evitar el inexorable final.

Tristeza en cómo debían sentirse todos los protagonistas, desde el primero al último. Tristeza en abrir heridas que tengo mal cerradas. Tristeza en la imposibilidad de expresar tantas cosas a la vez…
Si le tuviese que asignar una canción al libro, no sería “Norwegian Wood”, sería “Bitter sweet symphony” de The Verve.

Por suerte, recapitulando el libro pude ver la perspectiva completa y sacarle un significado más positivo del que deja cuando volteas la última hoja, con los ojos en medio de un baile de lágrimas.

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