Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

24 jul. 2009

el beso


Ella condujo por las calles espejadas de la ciudad, habíamos salido de tomar unas cervezas en un bar con pinta de antigua sala de conciertos.
Íbamos hablando de trivialidades, creo que prometí conseguirle unas canciones que se oían en la radio y que ni siquiera he tratado de buscar. Tal vez no lo haya recordado hasta hace poco. Sí que llegamos a oír a Chris Isaak cantarnos Wicked game.
Pasaba la medianoche y me llevaba a dormir antes de irse a su casa. Estaba cansado, quería acostarme y sin embargo conservaba los sentidos a flor de piel.
Cuando llegamos ella aparcó frente a la puerta, tal vez ni apagó el motor. No tengo ni idea de lo que me pudo decir, no recuerdo qué le respondí.
El coche se había ido transformando en una nube oscura, el habitáculo estaba difuminado, sólo su rostro mantenía una nitidez luminosa.
Nunca sabré si cuando dejó de hablar fui yo quien la atrajo hacia mí o ella la que se me acercó. Los ojos se cerraron y enredé mis dedos entre sus rizos de manera casi instintiva.
No habíamos estado más cerca que un abrazo de amigos o un beso en la mejilla, jamás me había subido en su coche y sin embargo…era como tenía que ser.
El neón de la ciudad había dejado paso a la oscuridad de un abismo, ella era su olor, su sabor, su roce. No existió nada más que latidos, palabras entrecortadas, lágrimas y un beso abrazados inacabable. Temblor infinito bajo la piel, nacido en la espina dorsal y extendido hasta las yemas de los dedos. Emoción, amor y pasión bombeados directamente desde el corazón a todo mi cuerpo, que sólo existía para hacérselo llegar a ella.

Una silenciosa explosión de sentimientos con fuerza como para iluminar la ciudad entera.

Todos mis sentidos rendidos a ella, desaparecidos de la faz de la tierra, enredados juntos en cuerpo y mente.
Fue lo soñado, sólo que con un punto de intensidad al que la imaginación no sabe llegar.
La perfección cristalizada en unos minutos cortos como suspiros, que más tarde en mi mente duraron horas. Minutos que se repitieron toda la noche en mi cabeza y en mi sistema nervioso.

Nos dijimos palabras que trato de no recordar y nos despedimos con un abrazo si cabe más intenso.
El coche giró la calle, y lo que se había quedado de mí en la acera abrió la puerta y se dirigió a la cama para no dormir en toda la noche.
Publicar un comentario