Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

9 dic. 2009

Otoño

Ahora que ha acabado no viene mal recordarlo, añorarlo.

Qué tendrán estas tres semanas, que las esperamos un año entero y desaparecen como una gota en el mar sin apenas momento para disfrutarlas?

El ciclo de la vida y la muerte en la naturaleza se presenta en todo su esplendor, preñado de belleza; la resurrección de los árboles caducos comienza con el teñido y desprendimiento de sus hojas, cambiando el bosque por completo.

Caminos pedregosos mutan en mullidas alfombras de hojas.
Laderas verdosas aparecen coloreadas con brillantes tonos ocres, rojizos, amarillentos…
Desapercibidos arbolitos que pasan a ser actores principales del monte por unos días.
Rincones sencillos que reaparecen místicos de un día para otro

Cuesta separar la mirada del monte en esta época mucho más de lo normal. Embruja hasta el arrebato. Cuántas veces he tenido que parar el coche con prisas para disfrutar de una pequeña mancha de hayas en mitad del bosque, para admirar ese solitario arce de hojas completamente rosadas, para contemplar embelesado cómo rayos de sol apartan las nubes e iluminan un viejo y nudoso roble, dándole el aura de un antiguo y solemne rey de leyenda.
Seguro que a muchos os ha pasado.

Otoño tuvo que ser una de las razones por las que nuestros antiguos creyeron que si había un dios, este tenía que ser el mismo mundo, la misma naturaleza. ¿Cómo explicar si no semejantes maravillas?

Supongo que no iban tan desencaminados, pues seguro que todos los que amamos la naturaleza, fuera de nuestras posibles creencias, la seguimos venerando como a la diosa que es.

Las fotos corresponden al camino del Canal del Cinca, primera semana de noviembre.
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