Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

1 dic. 2009

Un tesoro sin nombre

Al pie de la carretera que lleva a Francia un insulso puente de hierro cruza el pedregoso río Barrosa, casi un arroyo.

Nace así el sendero mágico, el estrecho y a primera vista anodino camino que se interna en la espesura del bosque que puebla una agreste ladera.

Senda con apoteósico final, pero que no se entiende sin su propio recorrido. Senda cambiante y cautivadora que como una enciclopedia nos alecciona sobre la gran mayoría de ecosistemas pirenaicos que podemos encontrar en Sobrarbe.

Bosque frondoso y húmedo al principio, cambiante, que con el subir y el girar del camino se comporta como un jardín botánico y nos permite contemplar pinares, manchas preciosas de abedules y caixigo albar, mixtos de hayas con abetos y serbales, algún castaño, frondosos avellanos, enormes buixeras, algún arce, un pequeño tejo y finalmente grandes extensiones de abetos y pino negro.
Buen país para la seta en otoño, al menos para quien disfrute reconociendo docenas de especies diferentes.

Nuestro sendero, tras un zigzagueo para encaramarse al monte, sube recto como una flecha a la par de un maravilloso barranco, al fondo de un arquetípico valle fluvial; “V” pronunciada, estrecha y vertical como pocas en esta tierra.
El agua baja siempre con prisas, y forma multitud de gradas y pequeños saltos, que se combinan con elegantes cascadas por las que espumea un agua clara y gélida. Cada poco rato barranqueras que literalmente se desploman por las paredes afluyen al nervio principal de la cuenca, que finalmente vencerá sus aguas al Barrosa. El sonido del agua, a veces cantar, otras estruendo, nos acompañará siempre a modo de banda sonora. Esta excursión posee una acústica inolvidable.

El camino va mezclando largas tiradas rectas de escaso desnivel con tramos de zig-zag y mucha pendiente, lugares estos últimos que además de camino son escurrideras por las que baja el agua en época de lluvias, así que conviene llevar calzado que nos aísle del agua. Además gran parte del camino apenas recibe rayos del sol fuera de los meses de verano, por lo que suele ser fresco.

En hora y poco arribamos a zonas más herbosas, menos pendientes, como si el valle quisiese abrirse ensanchando el fondo. Cruzamos un puentecillo verde dejando a nuestra izquierda un hermoso salto de agua partido en 4 cascadas escalonadas. De frente una ladera que más bien parece una pared de su inclinación nos hace de final del valle o eso creemos. Seguimos andando una última pendiente y ganamos un sencillo resalte rocoso para quedarnos quietos, callados, embobados.

Aquel que disfrute del monte y vaya sin saber lo que va a encontrarse, sentirá una emoción que se lo lleva, un cosquilleo de placer por lo que se ha topado en los morros. Plana el Cabo la llaman los del lugar, aunque tiene otro nombre más conocido.

Se trata de un pastizal, una llanura a 2000 metros rodeada de picos y paredes como las defensas de un castillo, un minúsculo valle casi sin acceso salvo por donde hemos venido, una joya, un tesoro tan desconocido como preservado.
Y hay algo más… me paro y en silencio dejo que lleguen a mi los sonidos… hilos de agua que serpentean por medio del pastizal, un arroyo con perfectos meandros, barranqueras cayendo desde los picos circundantes, corrientes que se cuelan en acuíferos… todos susurrando relajantes melodías, como una orquesta de cuerda, todos iguales y todos distintos creando un adagio que me sumerge en un éxtasis total, una paz completa. Las horas duran minutos sentado escuchando el concierto de la naturaleza.

Toca moverse, romper este idilio, pues aún queda faena por hacer.
Encima de una de las paredes, por la que discurren los regatos, me espera un ibonet, y más cosas.

Vieja nieve aguanta por la empinada ladera, escondiendo los hitos que marcan el camino por entre las fajas de lastón. Ya que no veo el camino, me limito a pensar cuál es el itinerario más lógico, siempre evitando la nieve en todo lo posible pues no llevo ni piolet no crampones.
Buscando siempre que puedo las zonas de rocosas y fuera del resbaladizo y húmedo lastón, subo pasando de una faja a la siguiente, sin perder la vertical del collado que muestra la meta. A mitad camino me encuentro con los hitos, así que ya no tengo que pensar tanto y tras salvar un pequeño pero helado nevero con ayuda de un hacha de piedra llego al final de la subida.

Esto a 2.500 metros de altitud al lado de un ibón completamente chelado, creado en el medio de un pequeñito circo flanqueado por dos montañas que rondan los 2.900 metros. Encima del circo hay un pequeño paso a Francia, el puerto de la Plana, y detrás de mi la nada, un vacío que termina en la pradera desde la que he subido, y el valle por el que he venido, formando una “L” muchos cientos de metros debajo.
Tantos como los 1.200 que me separan del coche.

Al fondo me saluda toda la cadena montañosa de Pineta: Tres Marías, Zuca, Treserols, Astazu. Y también La Munia, Sierra Morena, Robiñera, Liena… Infinito mar de picos nevados que se pierden en el horizonte.
Aunque todos sean más altos que donde me encuentro, la impresión es que los tengo a mis pies, que soy el Ptoloméico centro del universo.

Toca bajar, el Sol ya está frente a mí, poco camino le queda hasta esconderse tras los montes que ahora contemplo en esta corta jornada de otoño.
Poco pero suficiente para bajar sin prisas, con tiento, hacer honor a la pitanza que llevo en el macuto una vez de vuelta a la pradera (he dejado aquí mi mochila, al cuidado de una gran roca) y compartirla con la perra, que aunque lo ha intentado no ha sido capaz (por suerte) de echarle el colmillo al montón de sarrios que nos hemos cruzado ahí arriba.

Ya sólo queda un trecho hasta el coche, que hago medio al trote contento de ver que me quedan fuerzas de sobra. Varias paradas fotográficas y son las 16horas que ya estoy poniéndome ropa seca, dándole al contacto y conduciendo hacia Ainsa con la sonrisa tonta y las melodías de Linkin Park "enjoy the silence" y Live "selling the drama" como anestesia.
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