Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

28 ene. 2012

Cueste lo que cueste

El día vence, el frío exhala, la luz se agota, las sombras rondan los rincones iluminados por los faroles. Anochece y huye la claridad, huye el viento, huyen los ruidos.
En el pueblo el olor a humo y a leña es penetrante. Las luces de los bares crepitan silenciosamente a través de las cristaleras, las voces no escapan. Hace tiempo los gatos se retiraron a sus rincones.

Nadie queda afuera para escuchar el silencio, sólo atenuado por el murmullo del río discurriendo incansable.

Un rato después, en diferentes calles, se abrirán varias puertas al unísono, arrojando gente, ruidos metálicos y un efímero haz de luz.
Todos ellos partirán al encuentro de los demás, arrastrando extraños crujidos y vaho en su camino.

Pocas palabras antes de cargar varios vehículos escarchados, motores al ralentí, luz sobre luz. Subirán todos y tomarán la misma dirección, fugaces destellos arrancados a los reflectantes de las señales, ruido de motor sordo sobre la desierta carretera, rápidas miradas a las cunetas.

Llegados al lugar elegido, recortada linde del bosque, silencioso y oscuro como la muerte, desembarcarán lo cargado entre quejidos, aprisionarán las herramientas y prenderán la espesura con sus lámparas.

Habrán matado el embrujo nocturno de la floresta, tejido de tronco a tronco, de hoja en hoja. Un silencio penetrante que cala en los cuerpos y amedrenta espíritus endebles.
Sólo momentáneamente pues según avanzan entre crujidos de maleza y rechinar de dientes, creando y destruyendo sombras, el hechizo del bosque se va retejiendo tras ellos, cercándolos cual jauría de ánimas nocturnas.

No hay descanso para ellos, ni cuando el gélido hálito se corta en resuellos, tampoco al perlar de sudor la frente conforme ganan altura y distancia. La voz es inútil allí, todos saben porqué han ido, ninguno volverá atrás, el recelo se desvaneció casi por obligación. Van a la búsqueda de lo que sólo allí nace.

Restallan las ramas al partirse, tintinean las piezas de metal, crepitan las ropas, sin embargo ya apenas se hacen notar, son uno con el bosque. El embrujo los ha atrapado en su red, espectros fugaces que surcan las antiguas veredas del monte, nacidas a la par de hombres y bestias. Los haces de luz restallan como latigazos en los troncos y rocas, tremolan como esgrimidos por una mano temerosa.

Ya no hay hombres en la espesura, solamente seres de fábula, apariciones brumosas y entes de pesadilla. Se han perdido entre árboles y riachuelos, cárcavas y abrigos de roca. Sólo el batir de ramas delata presencia viva, a lo lejos.
Persecución incesante ladera abajo, presteza en el filo del desastre, inhumanidad fantasmagórica. Seres extraños que conforme escapan de la profundidad del bosque retoman facciones humanas.
Llegados al lindero de la arboleda vuelven a ser reconocibles, o casi. Sus ojos aún pertenecen al mundo de los espíritus ancestrales de la floresta, vívidos y relucientes. En su fructífera búsqueda han coqueteado con el desastre, pago mísero para tal recompensa.

Cuando eses brillo inhumano se apague, volverán a por más. Cueste lo que cueste.

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