Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

22 ene 2011

Crónicas dolomíticas: Día 4: Pelmo, Cadore. De "cengias" y sufrimiento


La noche cerrada se rasga en el horizonte. Como una cuchillada que deja tras de si una línea carmesí en la piel, la distante raya anaranjada va lentamente abriéndose y comienza a descubrir siluetas. Como si fuera un decorado, árboles, lomas y picos van apareciendo allá por el este.
Sentados en el exterior del refugio Venezia atendemos a la función y entre medias, de vez en cuando, nos acordamos de respirar.

Deben ser las 7 de la mañana y ya hemos andado la hora y media que separa el coche de este refugio, silenciosos y refugiados del frío en nuestro interior hemos tratado de no tropezar en la helada oscuridad que nos ha transportado hasta aquí desde Zoppe di Cadore.
Mientras Santi ocupaba su mente con la música del Ipod yo me centraba en el dolor de piernas que por fin ha acabado de remitir. Ácido láctico cristalizado que recuerda el tute que ya llevamos encima.

La claridad ya es suficiente para atisbar la gigantesca mole que tenemos a nuestra espalda. La cara este del monte Pelmo se levanta vertical e inexpugnable como una fortaleza salida de las leyendas medievales. Pero, como todas ellas, tiene una entrada secreta.

El refugio Venezia marca claramente la línea en la que la nieve se hace profusa, y más arriba blanquea la empinada pendiente que muere donde nacen las murallas de piedra. Murallas grisáceas salpicadas de trazos blancos: pequeñas fajas (cengias las llaman aquí) colgadas en la pared. Unas más largas, otras exiguas y otras caprichosas.
Una de estas últimas guarda un secreto desvelado por cazadores hace muchos años.

Nos ponemos a subir ladera arriba y en 20 minutos llegamos cerca de la pared antes gris, ahora ya rosada por los primeros rayos del día. La sola calidez que desprenden hace que me reconforte por completo. Es una luz tan hermosa y cambiante que parece irreal, como llevar unas gafas de sol en las que intercambias el color de las lentes.

Llegados al pié de la pared sacamos los aperos de aseguramiento: arneses, cintas express, mosquetones, cuerda, y al ensamble nos ponemos a trepar unos resaltes nevados que en seguida nos sitúan en la famosa “Cengia di ball”.

La cengia resulta una estrecha e impresionante faja de 500m de longitud que da acceso al valle colgante que hay encima de la pared.
Un sitio de esos donde conviene no tener vértigo, y que ganan dificultad con la fama, pues hay que ser muy torpe para despeñarse… aunque la nieve y el hielo complican un poco el asunto en nuestro caso.
Eso si, si te resbalas te recogen en cachitos.
Algunos pasos requieren destreza pero con algo de experiencia y sangre fría es muy accesible. Y hay chapas de vez en cuando que permiten un mejor aseguramiento en los lugares que tienen mayor compromiso.
El mayor problema real es el hielo pero lo solventamos (los solvento yo, a Santi le da igual J ) sin más dilación para tras media hora de funambulismo llegar a un pequeño barranco que corta la pared y por el que nos encaramaremos a la parte superior del Pelmo.

Dejamos aquí el material para la vuelta y al abrigo del viento echamos un bocado; el sol ya calienta y se agradece hacer un rato de lagartija.
Reanudamos el camino, subiendo pegados al barranco (que no es más que un desagüe del valle colgante de la montaña), de piedra en piedra, de paso en paso. Este nos conduce finalmente a una dura pendiente a ratos nevada que termina allá arriba (muy arriba) en unos resaltes rocosos. Después sólo cielo azul transparente, limpio y resplandeciente.
Llevamos los crampones en la mochila pero no sirven para nada, toda la nieve está blanda y sopa, y nos clavamos en ella haciéndose la subida mucho más dura de lo que parecía. Pero es sólo el principio…
No hago más que preguntar que altura llevamos, cuánto queda, estoy muy cansado. Hoy por fin noto todo el esfuerzo continuado de estos días. Santi me anima y así poco a poco ganamos la cuesta.

Esta ladera se abre desde la pared inferior y asciende flaqueada en sus laterales por dos inmensas torres pétreas, miles de millones de kilogramos de dolomía. A su vez estas torres se alargan hacia atrás formando un circo interior que comienza justo al final de dicha ladera y se cierra al fondo por la elevación de la cima principal del Pelmo, a 3.186mts. Unos 1600m más debajo de donde hemos dejado el auto.

Llegar al inicio del valle glaciar es impresionante, y aún en mi tremendo cansancio no puedo dejar de admirarlo. Así de blanco y centelleante parece un erg del Kalahari. Salpicándolo, cientos de rocas que sobresalen como puntas de iceberg, y que junto al viento moldean un paisaje de otro planeta.

Aun así, darse la vuelta y mirar por donde hemos subido es todavía más brutal. La pendiente a nuestros pies, con los contrafuertes a los lados, asemeja un trampolín de salto con esquís, pues termina abruptamente en el vacío y de allí la nada se desparrama hacia un horizonte totalmente aserrado.

Paramos encima de una roca a comer algo y sin mucho pensarlo continuamos para adelante, cuanto antes llegue arriba antes habrá acabado el sufrimiento. La siguiente media hora, hundidos en la nieve por medio del circo se me hace durísima; en llano te hundes hasta las rodillas pero cuando toca remontar algún repecho la nieve, húmeda y pegajosa, llega hasta medio muslo.
Llegamos a un collado que ya da vistas al oeste, y el panorama sigue poniendo los pelos de punta, al igual que la arista que tenemos que remontar hasta la cima, 100m más arriba.

Cresta donde se mezcla la nieve y la roca, cornisas venteadas que acojonan de sólo mirarlas, terreno resbaladizo anexo a un abismo de 800mts a pico que esperan al mínimo resbalón. Esto sí es comprometido y no la Cengia di Ball. Sumado a mi cansancio, los pasos más cercanos al vacío se hacen muy exigentes física y mentalmente, pues un pié mal puesto, una capa de nieve más débil de lo esperado o un fallo de las fuerzas no tiene arreglo.
Pasado el peor tramo, la arista se suaviza y tan sólo quedan un par de trepadas con mucho (muchooo) patio pero donde la seguridad de la roca facilita mucho las cosas.
Y así, tras más de 6 horas de esfuerzo estamos en la cima del Pelmo, por fin sentados sobre las rocas más altas, abrigados en nuestros plumas y compartiendo el bocadillo con una juguetona chova que tiene más hambre que vergüenza.
Detrás nuestro podemos apreciar el camino que nos ha conducido hasta aquí, y delante la cara norte (de cuya escalada ayer vi fotos de Santi) se hunde muy abajo, casi un kilómetro de bloques y diedros que superar.

La bajada se hace tan dura como la subida, si no más, pues a las ganas de acabar se une la sed, que no remite hasta que, en la barranquera de más abajo consigo un hilillo donde pacientemente rellenar la botella.
Volver a pasar la cengia es muy rápido y la concentración hace que olvides el cansancio.
Curiosamente a partir de aquí todo se hace menos duro, las piernas de nuevo funcionan, las prisas se han olvidado, y disfruto mucho tanto de la travesía por la faja como del camino que desde el refugio nos lleva nuevamente a la furgo, tras 11 horas de actividad, y finalmente con ella al bar de Zoppe di Cadore donde unas heladas cervezas nos esperan impacientes.

6 ene 2011

Cómo ser Neil Gaiman


Desde que hace varias semanas terminé un maravilloso libro de relatos cortos llamado "Objetos Frágiles" Neil Gaiman (Ya escribí aquí sobre él al respecto de su novela American Gods) tenía presente sentarme y volver a escribir versos de nuevo, algo que, como los relatos largos, últimamente tengo bastante abandonado.
Pero no veía el momento de ponerme y cazar algo de inspiración. Por fin lo he hecho, si bien con una pequeña gran ayuda.

Uno de los relatos del libro es un poema que me impactó y enamoró por lo diferente, extraño y a la vez dulce y hermoso. Un poema donde lo más bonito está en lo que no se dice, y esos son los más difíciles de escribir.
Así que, sin rastro de verguenza me he permitido copiarlo y hacer mi versión, pues me gustó tanto que tenía que "apropiarme" de el, aunque fuese un instante, unos versos.


Primero el mío, luego el original.



-Sin título-
por Jorge Ruiz de Eguilaz
Apareció en todos los noticiarios
Trajeado, serio, ojeroso
Con voz dura y desesperada
El Emperador de Japón
Anunció lo que ya todos los televidentes imaginaban
Abrazados en familia, llorando, temiendo
Que China les había declarado la guerra
Que una bomba atómica había caído cerca de Kioto
Pero yo ni me enteré

Y es que ese mismo día
A la misma hora aproximada
A muchos husos horarios de distancia
Un terremoto hacía temblar España
La fricción entre la placa africana y la euroasiática
Desató un temblor de 8,2 a lo largo de la falla mediterránea
Que se llevó consigo casi toda Andalucía
Eso contaban locutores de radio y páginas de Internet
Aunque yo nada sabía de esto

En el mismo momento
Que la tierra temblaba y las bombas estallaban
Una tormenta eléctrica en los Pirineos
Con rayos separando el cielo en fragmentos
Con truenos retumbando entre ecos
Con oscuridad y lluvia inconmovible
Se llevaba la luz, la radio, el teléfono
Dejaba incomunicados kilómetros cuadrados de terreno
De valles, montañas y ríos
De aldeas, pueblos y ciudades
Pero es que yo ni me di cuenta

El día del terremoto de 8,2
El mismo día de la tormenta que se llevó las comunicaciones
El mismo en que China lanzó las bombas sobre Japón
Ese mismo y extraño día
El agua se tiñó de rojo escarlata
Las plantas comenzaron a crecer desmesuradamente
Y todos los peces empezaron a salir de los ríos
Pero tampoco lo supe

Mientras las plantas crecían, las aguas cambiaban de color
Y los peces escapaban de ellas
Todo lo que imaginaban las personas se hacía realidad
Y aparecían castillos de la nada
Montones de dinero crecían en bolsas vacías
Gentes se convertían en ranas, cerdos o ratones
Dragones volaban por doquier
Mujeres se quedaban desnudas
O vestidas de princesas
Y hombres se peleaban por ellas
Pero de todo eso yo nada sabía

Pues el día que terremotos y guerras removieron el mundo
A la vez que una región quedó incomunicada
Y árboles crecían hasta llegar al cielo
Y los bosques entraban en las ciudades
Mientras peces caminaban por los prados y las calles
Dejando un reguero de gotas de agua escarlata
Al tiempo que la gente imaginaba
Que tenían palacios, riquezas y fama
Que convertían a sus vecinos en alimañas
Y todas las cosas imposibles que habitan las mentes
Se hacían realidad
Yo estaba en casa tumbado en mi cama, sin dormir, sin abrir lo ojos, sin pensar ni imaginar
Tan sólo te abrazaba mientras dormías



-El día de los platillos volantes-
por Nei Gaiman


Aquel día aterrizaron los platillos. Cientos de ellos, dorados,
Silenciosos, bajaron del cielo como inmensos copos de nieve,
Y los terrícolas salieron
A contemplar su descenso
Expectantes ansiosos por saber lo que nos esperaba
En su interior
Y sin saber si seguiríamos aquí mañana
Pero tú ni siquiera te diste cuenta


Aquel día, en el que llegaron los platillos volantes
Fue a coincidir
Con el día en que las tumbas liberaron a sus muertos
Y los zombis levantaron la mullida tierra
O salieron disparados tambaleándose y con los ojos
Mortecinos imparables
Se acercaron a nosotros los vivos que gritamos y salimos
Corriendo
Pero tu no diste cuenta porque
El día de los platillos, que fue el día de los zombis, fue también el Ragnarok
y en las pantallas de los televisores vimos
Un barco construido con uñas de hombres muertos,
Una serpiente, un lobo,
Tan grande que la mente humana no alcanza a concebirlos
Y el cámara no pudo
Alejarse lo suficiente y entonces aparecieron los dioses
Pero tu no los viste venir porque


El día de los platillo-zombis dioses de la guerra las compuertas se rompieron
Y fuimos arrollados por genios y duendes
Que nos tentaban con deseos y prodigios y eternidades
Y encanto y sabiduría y corazones
Fieles y valerosos y calderos de oro
Mientras gigantes arrasaban la tierra
A su paso, junto con las abejas asesinas,
Pero tu no te enteraste de nada porque
Aquel día, el día de los platillos, el día de los zombis
El día de ragnarok y las hadas, el
DIA en que se desataron los fuertes vientos
Y las nevadas y las ciudades se volvieron de cristal, el día
En que murieron todas las plantas, se disolvieron
Los plásticos, el día
En que los ordenadores se encendieron con un mensaje
En sus pantallas que nos exhortaba a obedecer, el día
En que los Ángeles, borrachos y confusos salieron de los bares
Con paso vacilante
Y tocaron todas las campanas de Londres, el día
En que los animales comenzaron a hablar en asirio
El día del Yeti,
El día de las capas al viento y de la llegada de la Maquina del Tiempo,
Tu no te enteraste de nada porque
Estabas en tu habitación, sin hacer nada Ni leer siquiera, tan solo Mirabas el teléfono Preguntándote si yo volvería a llamarte.

24 dic 2010

2011

Porque siempre, aun en el peor de los casos, hay un camino que tomar!



Porque el 2010 se va y se lleva consigo uno de los mejores escritores de siempre, y el que más se preocupó por los pueblos, montes e historias de la España rural. Buen viaje Maestro.

Y porque las montañas nos sigan cincelando el espíritu

20 nov 2010

Crónicas dolomíticas: Día 3: Cimoliana, Montanaia. De campanas y cuerdas

O cuando las palabras resuenan vacías ante lo visto y sentido.

¿Palabras que intenten explicar las sensaciones vividas en un lugar sacado de los sueños de un escultor lunático y megalómano?
Ni el más perturbado de los mortales podría imaginar un lugar de semejante belleza.

¿Frases que traten de describir lo experimentado en una jornada donde el miedo, la adrenalina y la excitación se unen para definir el significado de la palabra FE?
Ni vuestro más admirado poeta se acercaría siquiera a produciros una sensación que fuese un pétalo del campo de amapolas en que me encontré.

Un día que se unió todo para crear una de esas jornadas que se cincelan en la parte interior del párpado y reaparecen a cada pestañeo.
Vamos a ver si consigo transmitir algo de lo que fue, fuera de mí, pero sobre todo dentro.
Madrugamos, para qué variar, no?
Yo había visto en fotos un pequeño adelanto de lo que nos esperaba. Supongo que Santi no se pudo resistir a ponerme un caramelo en la boca, sabiendo que lo que iba a venir era tan grande que igualmente me cortaría la respiración.

Cargamos el material en la furgo y tomamos carretera hacia Longarone, y aquí nos desviamos por una estrecha carretera que sube haciendo preciosas herraduras hasta unos túneles que dan acceso a la presa de Vajont (de la que hablé el primer día por su catástrofe). Hoy puedo apreciar completamente todo el desastre: la presa completamente rellena de tierra y ladera, y un corte limpio y transversal en la pendiente muchos metros más arriba que nos acompaña en el trayecto durante varios kilómetros.
Pasamos por unos pueblos preciosos, chiquitines y tranquilos: Erto y Cimolais.
En este último nos desviamos por una estrecha carretera que se va a internar por la Val Cimoliana...

Y aquí empieza el pitoste…

Por un extrañamente familiar paisaje mediterráneo nos introducimos en el valle. Es sólo un espejismo porque enseguida se estrecha en un desfiladero que da paso a un cambio de mundo: Cascadas cayendo tímidamente entre las rocas, afiladas paredes, bosques de leyenda envolviendo la carretera, un río de enorme cauce fluye manso en sentido contrario a nuestra marcha. La furgo anda despacio y me da tiempo a saborear el paisaje, a dejar la mirada perdida en las inmensas moles blancas que cierran el cielo, en los valles adyacentes que se bifurcan del nuestro como las raíces de un árbol, en las copiosas graveras del río, mudo recordatorio de la fuerza del agua.
Pasamos por un universo sin sombras, es de día pero el sol aún no se ha alzado sobre las cimas del valle, el color del mundo es tenue, apagado y frío. Ello le confiere un aura extrañamente nostálgica y arisca.

Dureza de un mundo mineral creado a imagen y semejanza de la vida: sorprendente, severo, cambiante, complicado. Y que sólo necesita una pizca de luz para refulgir como una estrella fugaz.
El valle continúa durante mucho rato ganando altura lentamente. Crearía la sensación de que es plano si no fuera por el río que corre a nuestra vera y que cruzamos en alguna ocasión, siempre circulando por el fondo de la vaguada. Nosotros ya pronto aparcaremos a un lado, pero el valle sigue… y sigue… Nunca he visto uno tan largo, Pineta será más ancho y más alto, pero se queda muy muy corto. Bujaruelo es muy largo (pero no tanto), y no tiene la grandeza ni las enormes vallonadas afluentes de esta val Cimoliana. Sólo se me ocurre un adjetivo que le haga honra: Dolomítico!!

Nos cargaremos todo el material a cuestas, con las cuerdas de 60m coronando las mochilas, y comenzaremos a patear como medio de transporte y, porqué no decirlo, para combatir el frío aire de la mañana. Son las 8 y tras el largo viaje ya no hay ni rastro de sueño.
Noto duros los músculos, cansados, ardientes. Son los dos días anteriores que empiezan ya a hacer mella en el cuerpo, pero pasados 20 minutos y acomodado al ritmo de marcha el cansancio desaparece y, no obstante del elevado peso de los macutos, el ascenso se me hace muy agradable.

Ascenso? Si, hemos comenzado a ganar una ladera que consiste en una inmensa torrentera de grava y rocas surcada por los hilos que ha creado la erosión del agua en el deshielo o en las tormentas. Ciñendo esta lengua rocosa hay exiguos matorrales y sin solución de continuidad, como enraizadas en el propio sustrato de la maleza, las vertiginosas murallas de una gran fortaleza.

No vemos a donde nos dirigimos, sólo subimos por un terreno cada vez más escarpado y abrupto, ahora ya una barranquera bifurcada a la izquierda orográfica. Al fondo el cielo azul y los destellos del sol en las aristas cimeras de los picos, centelleando como estrellas en una noche serena.

Al rato, como si tal cosa Santi me llama “mira arriba” y boquiabierto descubro una cima que incipientemente crece tras la pendiente.
Una aguja gigantesca!
No, una colosal torre!
Nada de eso, es un perfecto campanario que se levanta contra toda lógica al final de la cuesta que subimos, justo abriendo el paso a Val Montanaia, el valle colgante al que nuestros pies y nuestros deseos nos han llevado. Campaniles los llaman aquí a estas demenciales formaciones que pretenden romper las bases geológicas. Un mallo sería en mi tierra, un morrón.

250 metros de altura y 60 de diámetro tienen la culpa de que mi respiración se haya detenido. El Campanile de Val Montanaia se erige como un gigantesco menhir, una ofrenda a los dioses de la montaña, un homenaje a la roca, el sol, el hielo y el viento, forjadores todos de esta maravilla con la que nos deleita la naturaleza. De manera totalmente lógica la llaman, valga la redundancia, La montaña Ilógica.

Tengo la suerte de conocer ya bastantes lugares impresionantes, pero tal vez este sea, junto con la Brecha de Rolando y Milford Sound, el que más me ha emocionado por su simbolismo. Porque no es sólo el, sino que su situación, en la entrada de un pequeño valle cerrado por unos picos en forma de sierra, resulta espectacular. Hay que verlo, no existe descripción posible.
Es tan famoso que hasta tiene facebook :)
Esta es una descripción de su ascenso y características: http://www.madteam.net/rutas/escaladaenroca/escaladas-als-dolomitas-i--campanile-di-val-montan.pere-tutusaus

Llegamos a la base tras algo más de dos horas de marcha, y escasamente protegidos del gélido viento nos equipamos para la escalada. Llevamos los pies de gato pero según Santi no harán falta más que en un largo y tal vez ni eso. Nos encordamos en doble, rápido recordatorio de señales y nudos y para arriba que nos enfriamos!!!

Se trata de una escalada de IV grado con un paso comprometido de V+. Para nada difícil técnicamente (con botas de montaña se sube bien) sí que tiene el compromiso de ser alta montaña, viento, frío, altura...

El frío, la tensión, los guantes y el ¿miedo? me hacen pasar un primer largo más comprometido de lo que debería y me cuesta mucho encontrar los pasos buenos para superar la fisura.

En el segundo largo ya empieza a darnos el sol, por fin!! Y hasta puedo quitarme los guantes. Voy cogiendo más confianza y pese a ser de mayor grado se me hace mucho más sencillo, escalo con facilidad y aunque tengo el estómago encogido como un gato dormido me encuentro cómodo.

El tercer largo se va mucho a la derecha tras una zona muy continua y disfrutona, y el cuarto apenas hay que trepar, pues es una travesía que nos devuelve a la izquierda.
Llegamos al paso más duro, un largo de apenas 10 metros con un inicio extraplomado de V+ donde conviene ponerse los gatos. Prefiero intentarlo sin ellos, y gracias a una cinta que Santi ha dejado colgada consigo superarlo a la tercera intentona.
Desde aquí queda el tomate de la vía. (el vídeo no es nuestro).

El sexto largo es una travesía de 20m hacia el oeste, fácil pero muy estrecha y con un patio de auténtico vértigo, realmente impresionante, una caída aquí te haría pendular pero bien!! La travesía de la risa que dice Santi, que cachondo el tío jejeje -nótese mi ironía ;) -.

Séptimo largo, con salida extraplomada y donde sufro los mayores apuros, pues en este paso inicial se me engancha la bota en una fisura y no va ni para atrás ni para adelante, y yo quedándome sin fuerzas para agarrarme!! Tras mucho ceprenar y penar, y haciendo gala de mi escaso talento escalador consigo sacar la bota, aún a costa de romper los cordones de la misma.
Tomo aire y con un ligero tembleque en las manos termino el largo, desembocando en una bonita faja que, 60m por debajo de la cima sirve para rodear el Campanile por completo.

Octavo y último largo, 60m ya en el lado noroeste de la pared, completamente invernal. El blanco de la nieve se aprecia azulado por la oscuridad y el gris marrón de la piedra es negro como una noche sin luna.
Tengo que trepar en libre los primeros metros hasta que Santi llega alcanza la reunión porque la cuerda no llega. Este largo suele dividirse en dos pero visto el frío mejor hacerlo de un tirón. Me calzo los guantes y así, como un gato atontado voy subiendo.
Las manos están heladas pero disfruto muchísimo de estos últimos metros de la vía, pese a ser uno de los tramos más comprometidos, pues hay mucho verglás (capa de hielo transparente y dura apenas visible) con el que hay que andarse con tiento para no resbalar.
Tras unos gritos de Santi para indicarme las mejores presas arribo a la cima, chocamos las manos, y me siento casi el amo del mundo: Las vistas son inenarrables, 360º de puro éxtasis, un orgasmo de placer y sensaciones.

Una pequeña campana anclada en la cima (costumbre en los campaniles) espera ser tañida, y me doy ese pequeño y dominguero placer al tiempo que nos sacamos mil fotos.

Descendemos en rápeles, no puede ser de otra manera, y aunque en el primero me encuentro algo acojonado por el patio y la situación, rápidamente me vuelve la confianza y gozo de los siguientes, unos espectaculares rápeles volados que nos dejan en la base norte del Campanile.
Recogemos el material y nos acercamos al vivac que se haya en medio del valle, donde obtenemos la recompensa de una vista completamente nueva y distinta del “monolito”.
Cada cara parece un lugar diferente, otra torre, otro tiempo…

Comemos algo y después desandaremos el camino de subida, volviendo al coche parcos en palabras. Santi ha estado aquí ya varias veces y para el es un paseo, pero yo rumio por dentro la experiencia, algo inolvidable, mágico. Combinar la belleza de la escalada, el olor y tacto de la roca, la sensación de incertidumbre y el riesgo con este lugar resulta un sueño hecho realidad.

Cuando llegué a la cima me dije que nunca más haría una vía tan comprometida y larga, pero ahora, ya más frío y tranquilo, estoy deseando la próxima!!!