Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

2 ago. 2010

La noche del Ibón

Como tantas otras, nació de la retorcida mente de Oriol.
Enseguida entramos los de casa.
Y detrás, los inmigrantes.
Sin ellos no hubiera sido igual.


Cifras:
Noche del 29 al 30 de julio de 2010
10 estalentaos (Oriol, Tonino, Nicasio, Martín, Ricardo, Chapu, Toni, Ana, Pepito, Jorge)
1 todo terreno
9 bicicletas
23:00 horas de salida
05:00 horas de llegada
6 horas
1.929 metros de altitud máxima
1.059 metros de desnivel acumulado
23 km de distancia
3 pollos asados
2 tortillas
2 empanadas de carne
Varios pozales de agua
2 cajas de cerveza
12 botellas de sidra
1 guitarra
1 chuflo
19,5ºC de temperatura máxima
5ºC de temperatura mínima
y…
1 Pirineo
1 ibón
1 refugio con fuego
1 luna llena
Infinitas estrellas

Todo consistía en una ruta de bici de montaña que casi todos habíamos hecho ya antes, una subida por pista pedregosa combinada con una bajada variada, trialera y divertida. Todo??

Alumbrados por las farolas de Saravillo, jaleados por los ladridos de los perros, comenzamos a pedalear una noche clara y fresca.
Luces apagadas salvo los frontales, la pista es sencilla de seguir aún casi sin iluminación, las piernas están frías y el ánimo alegre, tapando alguna duda interna (esto no es una bajada de 15min cerca de casa, son 1000m de bajada de todos los pelajes y dificultades)
Comenzamos con paso de marcha, parece que hay prisas, las rampas se suceden sin descanso, las curvas aparecen repentinamente entre la oscuridad frontal, el bosque que nos abriga parece un teatro de sombras danzando al leve silbido del viento.
Sólo se oye el monótono ruido de la gravilla desplazada por los tacos de las ruedas mezclado con nuestro respirar.
El vaho envuelve nuestros cuerpos, las gotas de sudor saltan al suelo, la noche va creando jirones de nubes que envuelven a las estrellas mientras estas derraman su luz sobre nosotros.

Paramos el mirador de Lavasar, desde donde sólo resaltan las luces de Sin y de Saravillo, hundidas en el negro abismo que parece el valle. La luna todavía no ha salido y las primeras horas de oscuridad son abisales.

Continuamos subiendo, el grupo se alarga paulatinamente y se recoge al llegar al abrevadero, donde espera Ana con el todo terreno para ver qué tal va.
Reparamos una rueda y seguimos adelante, ya llevamos media subida!!

El aire se hace más fresco al tiempo que los picos circundantes toman posiciones sobre nosotros, fantasmagóricas moles recortadas bajo el cielo, negro sobre negro. No queda nada del calor que teníamos al inicio, y eso ayuda a mitigar el cansancio. La pista se va rompiendo progresivamente, pero tenemos que economizar baterías, con lo que nos dedicamos a trazar el paso entre la penumbra y la intuición, sólo con el frontal.
En una curva, aparece repentinamente la luna, bañando las copas de los árboles de una luz clara y pálida que inunda el mundo de sombras en un chispazo. Me quedo sin respiración, y atesoro ese momento con la misma fuerza que haré con otros que están por llegar. Bajo piñones, me levanto en la bici y miro: miro hacia los lados, hacia arriba, atrás buscando mi estela, miro al suelo, donde cada piedra, cada trocito de grava ha recibido su sombra.
Pasan de las dos horas y cuarto cuando alcanzamos el hombro donde asienta el refugio de Lavasar, del que ya hace unas curvas el olor a fuego nos daba pistas de su presencia. Sin tiempo para dejar las bicis, completamente sudados y helados, recibimos una cerveza para celebrar la llegada.

Ya cambiados y abrigados nos metemos en el refugio a calentarnos junto al fuego, que Ana ha encendido, y a pizcar de todo el comercio que hasta aquí se ha subido.
A la cerveza le sigue el escancie de sidra, a esta la empanada de carne, el pollo, la tortilla… Y a todo esto las fotos, los cánticos y la guitarra de Martín que arranca los vítores y aplausos que suben al cielo confundidos con las estrellas…

Son las 3 de la mañana cuando nos calzamos las protecciones, nos ajustamos el casco y comenzamos a trialear la senda hacia el ibón. Subeybaja que con el buche lleno se hace duro duro. Pasamos rocas, raíces y troncos, hasta que avistamos la pradera.

Apagar las luces, y silenciosamente pedalear por estos prados, entre las vacas y los árboles, bañados por la luna y los luceros, se parece tanto al éxtasis que cualquiera podría confundirlos.
Llegamos a la orilla del ibón y todo está calmado como un cuadro. Al fondo relucen los neveros de las peñas, el collado del ibón asemeja la V de victoria, el agua está tibia, nos tumbamos en la hierba, nos dejamos invadir por una sensación de irrealidad que cuesta mucho explicar… Simplemente sentimos.

La vuelta al refugio es callada, rápida. Allí finalmente nos preparamos para la traca final, el complemento a la perfección de la paz y el embelesamiento místico del lugar y la hora: toca bajar.

Los colmillos crecen y se afilan, el cansancio desaparece bajo oleadas de adrenalina, las orejas se empuntan, las horquillas se alargan, los ojos se entrecierran, el sillín se baja, la sonrisa lobuna aparece, se comprueban suspensiones y presión de neumáticos, la boca se seca, se encienden las luces…

Nos tiramos como posesos por el sendero, esquivando rocas, derrapando sobre la tierra, buscando las sombras que crean nuestras leds, atravesando la oscuridad por el filo de la irrealidad, aullando bajo la luna. Hacemos paradas para reunir la manada, los 9 lobos. Tiramos los primeros pasos sin pensar apenas, y cuando el camino se hace más veloz y dejamos atrás los mares de piedras, enlazamos curvas, saltos, peraltes, pendientes en un estado de embriaguez lúcida que sólo la bici transmite. Nos evadimos del cuerpo y flotamos suspendidos, nuestro cuerpo reacciona instintivamente a los obstáculos, las pupilas se han dilatado por completo y el resto de sentidos se muestran igual de alerta: el manillar y los pedales parecen una extensión del cuerpo, el olor a pastillas de freno inunda las fosas, las ramas quebrándose y las piedras rodando se oyen nítidas. Incluso la saliva cobra un gusto metálico.

Nos caemos y nos levantamos, el dolor de un golpe o un corte no existe, el trance dura mientras queden metros de desnivel por sortear, mientras queden piedras o curvas que trialear, mientras queden resaltes que saltar.

Casi una hora después llegamos a Saravillo, son las 5 de la mañana y es imposible pensar en nada que no sea la felicidad absoluta.
Hemos sido ánimas de la Basa por una noche, aunque no sea la de San Juan.
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