Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

2 sept. 2008

Crónicas Neozelandesas. Día 5 (13/11/07)

Clac, clac, clac, clac… la lluvia golpea el techo de nuestra camper con un repetitivo y monótono ruido a hueco. Son las 5 de la mañana y estoy desvelado. Afuera llueve a mares, el viento azota los cristales, las ramas de los árboles danzan mudas mientras hago memoria de donde me encuentro. Punakaiki…Paparoa…Nueva Zelanda…costa oeste…al lado del mar. La duermevela me transporta a las 8 de la mañana, Luis acaba de salir a lavarse. Es la hora.
Leche caliente, un café, galletas, plas!! Activado!!

Me gusta la lluvia, siempre me ha gustado, cuanto mas en medio de la naturaleza y mas arrecia más paz me transmite. Es como una renovación, limpia la tierra, lava las plantas y recicla las aguas. Un paseo por la hierba mientras me empapo en ella por completo. Todo el día me quedaría aquí contemplando, pero no tengo todo el día, ni siquiera 1 hora, hay que moverse o no nos cundirá la mañana, y hay mucho por hacer hoy.

Conducimos hasta el centro de interpretación de Punakaiki, donde nos informan sobre las pancake rocks, unas formaciones rocosas con aspecto de pasteles americanos (pancakes) y acerca de los senderos que se internan en la selva. No es buen día porque ha llovido mucho y los arroyos están desbordados, es peligroso andar por ellos.

Vamos primero a las pancakes, formas curiosas que destacan entre una costa agreste y salvaje, el mar de Tasmania está encabritado y golpea con rabia las paredes, llenando de espuma el ambiente. Mola. Entre las rocas hay cuevas horadadas por las olas por donde se cuela el mar, absorbiendo primero para a continuación escupir el oleaje de vuelta a las rocas. Silencio y estruendo, silencio y estruendo…

En cuanto dejas de mirar al mar y vuelves la vista, un paisaje surrealista se forma a tu alrededor. Bosque lluvioso, tropical, selva impenetrable, cualquier adjetivo se me antoja escaso. La tierra se empina ligeramente en una ladera para subir en forma de paredes de 500 mts de vertical aspereza, sólo rotas por los estrechos cauces de los arroyos. Y todo ¡¡Todo!! está cubierto de las mas extraña vegetación. Ni un palmo de la pared, ni un trozo de campo en las laderas, ni un claro en las mesetas superiores. Árboles que semejan neuronas se apretan entre ellos formando auténticos muros de vida, la luz es inexistente allí dentro, las raices sobresalen medio metro por encima del suelo, creciendo por donde pueden. Líquenes y helechos, trepadoras y flores cubren troncos inmensos, miríadas de sotobosque tapizan los suelos bajo los arbustos y las plantas. Iris de tonalidades de verde forman un interminable óleo que la lluvia ha tenido a bien conceder a este paraíso de vida. Deben ser los bosques con los que soñaban Monet y Cézanne. Nunca a mis ojos un bosque ha dejado de lado el sentido plural de su nombre para crear un ente individual con tanto poder. La fuerza y obstinación de la naturaleza me hacen sentir tan pequeño, y a la vez tan orgulloso de formar parte de sus designios en ocasiones…

En todo el día no me quito el estado catatónico, todo está tan lejos salvo este paisaje, no presto atención a la comida, ni al frío, ni al hecho de que hoy tenemos 300km por hacer, a nada. Si hubiera viajado hasta aquí sólo para haber disfrutado de esta mañana, hubiera merecido la pena igualmente.

Paseamos por una playa donde la mar ha creado cuevas, cascadas y extrañas erosiones a la que llegamos tras andar un tramo de bosque “acondicionado” para los turistas. Luego visitamos una cueva, pequeña y corta pero desde la que se oye el mar con una nitidez sobrenatural. El frontal que me traje por si alguna ruta se nos hacía tarde nos hace bella honra.

Por último queremos hacer uno de esos senderos “peligrosos para hoy” que sigue el curso de un riachuelo y acaba en una cueva muy bonita. Empezamos a andarlo con lluvia fina y al poco hemos de dar marcha atrás porque llueve un montón, y a Luis no le apetece estar 4 horas en remojo. ¡Una lástima!

Echamos un bocado y cogemos carretera hacia el siguiente destino: Franz Josef Glaciar, situado en el centro de la costa oeste, al lado del pueblo del mismo nombre, y del que nos separan 300km.

La carretera es muy bonita, pasamos por zonas de playas largas y arenosas, campos con árboles preciosos, bosques, acantilados, lagos cristalinos, pequeños pueblecitos estilo “far west”. La carretera curza repetidas veces una desvencijada vía de tren, en pasos a nivel sin barrera donde apenas una señal de “Ceda el Paso” nos separa del tren. Es complicado que en tan poco espacio asfalto y traviesas confluyan en tantas ocasiones. Siguen sucediéndose puentes unidireccionales, y el colmo llega en 2 puentes seguidos, de unos 400-500mts que son de uso común para los dos carriles y el tren. Claro que de un solo carril, con lo que a los coches nos toca esperar encima de los raíles. Subrrealista, aún me arrepiento de no haberles tirado fotos. Luego nos enteramos que pasan muy pocos trenes y apenas hay accidentes o problemas, y viajan muy despacio.

Llegamos a Franz Josef, miramos Internet en un autobús reconvertido en café y seguimos un poco adelante, hasta Fox, el pueblo del glaciar gemelo a Franz Josef, el Fox Glaciar. Allí al lado hay un pequeño lago, Matheson lake, que es conocido por los reflejos en la superficie de las montañas nevadas: Cook y Tasman, los dos montes más altos de Australasia. Este será nuesto lugar para pasar la noche hoy. Damos un paseo por el lago, aunque el cielo está nublado es un bonito recorrido, buena parte del cual se hace por unas pasarelas de madera que cruzan una zona algo pantanosa en el sur del lago. Como se lo curran estos kiwis!!

La vuelta entera al lago dura hora y media y hemos salido sin chubasquero, así que ya sabéis lo que ocurrió, jejeje.

Cenamos cordero a la plancha y espinacas con bechamel y a dormir que al día siguente tenemos una excursión en el glaciar Franz Josef, y hay que madrugar.
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