martes 30 de septiembre de 2008

Crónicas Neozelandesas. Día 12 (20/11/07)

Toda la mañana perreando. La penúltima noche en tierras neozelandesas ha dado paso a una mañana de relax, desayuno frugal, unas compras por la ciudad, entre ellas un conjunto de ciclista de NZ para Luís. Yo he buscado un pantalón con culotte que le vi a un ciclista y era muy chulo, pero no había en mi talla. Los problemas de tener un grueso muslo (malpensaossss).
De vuelta al albergue aprovechamos para comer algo y no ir con el estómago vacío a la ruta. Elegimos el mismo sitio que el primer día en NZ, que está en una calle con las fachadas de colorines y las camareras son muy majas. Es curioso ver a un señor de unos 70 años que va con su nieto de unos 4, cómo se aprovecha del zagal para sentarse con unas japonesas jovencitas, que si foto por aquí, charrada por allá, intenta ligárselas creo yo. El crío está super cohibido, y el abuelo en vez de hacerle caso sigue charrando con las mozas. Al final, tras el baño de juventud, se va de la terraza mas contento que el copón.

Nos cambiamos en el hostel y de camino a donde hemos quedado con Hedley entramos en una juguetería, pues Luís ha visto unos coches en el escaparate: Es un loco de los trastos a escala, ya sean coches, cosechadoras, tractores, cubas…y como va sin un duro le tengo que comprar yo dos coches de bomberos del 1920. Más una quitanieves y una hormigonera que pilló en Queenstone, va a llevar la maleta a embute.

Llegamos donde Hedley y pruebo un poco su bici (la de hoy, que también tiene una Ventana X5), una Niner, rígida de ruedas 29er, con horquilla Maverick Duc y componentes de la hostia: XTR, X0, CB egg-beater… Me siento raro, pero me explica que es normal al principio, pero que para altos como él (es un bigardo de casi 2m) resulta cómoda y pasa muy bien los obstáculos. Aquí hay mucha bici 29er, no es una moda como nos parece a nosotros en España.

Salimos, y nos alejamos del centro de la ciudad por el carril-bici, hasta llegar a un parking de un bar, justo donde empiezan las colinas que forman el cráter de la bahía. Nos cuenta que vamos a rodar con unos amigos suyos, que están como cabras, y que son ya algo mayores (40-45 abriles) por lo que tienen ya familia y críos, pero como son autónomos y tienen sus empresas, ganan pasta pa fundírsela en la bici: pepinos de la hostia y 2 viajes por el mundo al año para pedalear. Les va el percal: senderos, trialeras, ciclomontañismo, selvas…

Empieza el desfile de todo terrenos bestiales y bicicletones (Ventanas, Spez. Enduro de carbono montadas a saco, tijas maverick, Konas con todo lo mejor…)

Empieza la marcha, y subimos unos 400-500mts de desnivel por una pista hasta lo alto de uno de los cerros. Luís y yo (mas yo que él) nos rezagamos un poco, pero siempre tenemos la excusa de las fotos, el paisaje…

Arriba de todo, vamos a empezar lo bueno. Singletracks estrechos y con piedra volcánica serpentean a un lado y otro del cerro, a media ladera, subiendo y bajando, pero con una progresiva ganancia de altitud que nos lleva a coronar el que parece punto más alto de los alrededores. Son tramos técnicos de subida donde demuestran que (aparte de conocérselos de docenas de veces) las bicis no son de pega. Suben picados entre ellos y Hedley ha de ir haciendo de puente con nosotros, que nos quedamos atrás, y algún tramo hemos de hacerlo a pata.

Llegados al punto alto, con una vista preciosa y un día perfecto, comienza una bajada llena de curvas. A gozar!!

Si, si, a gozar la primera curva, que en la segunda, a paso de burra y mirando vete a saber qué, se me clava la rueda delantera en una piedra y caigo de frente, apoyándome con las manos en el suelo. La conjunción de no llevar guantes (me los había quitado para hacer mejor las fotos), mas piedras volcánicas, así como el alineamiento de Júpiter con Urano y las lunas de Andrómeda tienen como resultado una brecha tremenda el mi palma derecha.
Sangro como en una matacía. Me quito el maillot y me lo pongo a modo de compresión en la herida, al tiempo que empiezo a ir hacia mis compañeros, que se han parado a tomar por culo de lejos.
Cuando me ven ir andando vienen hacia mí, y con ayuda de Hedley y mi botiquín-kit limpio la herida, que duele un huevo, le quito piedrecitas, le pongo una pomada que evita las infecciones, y que entra toda por la brecha (sin exagerar, cabe dentro la pala de una cucharilla de café). Me hago un vendaje mientras Hedely llama a un compañero suyo para que se acerque al pié del monte con su todo terreno. Los demás compañeros siguen marcha (luego llaman, han acabado en otro hospital porque uno se ha roto la nariz, vaya día!!) y Hedley, Luís y yo bajamos por sendero y pista hasta la carretera. La bajada es un sufrimiento, la pista tiene unas rampas bestiales y cada traqueteo me llega al alma, además no tengo fuerza para frenar mucho, se hace eterno. Por supuesto, como buen chicarrón del norte no digo ni mú.
Vamos a una clinica cercana, donde nos atienden con una amabilidad y unas sonrisas impropias de la SS española. En lo que coinciden es en el tiempo de espera. Un doctor joven, de mi edad o así me atiende, y junto con una enfermera mayor muy maja nos pegamos el rato riendo, se sorprenden de mi entereza y buen humor, porque sólo hago que bromear con ellos. Total, qué otra cosa voy a hacer si quejarme no sirve pa nada, y cosas peores hay que un corte. Me ponen la anestesia, que duele muuucho (sigo sin quejarme) y empiezan a limpiarme la herida, sacando trocitos de roca y polvo.
Me pregunta si puedo mover los dedos y si tengo fuerza en ellos, y casi le arranco la mano para probarlo. La anestesia hace que pueda cerrar los dedos sin dolor. Al poco tengo que acostarme en la camilla porque de tanto hacerme el gallito (la había declinado antes) se me va la cabeza. Ponen agua a presión y el médico me da las pinzas para que mire en la herida yo a ver si está lo bastante limpia (eso es involucrar al paciente!!) Tiene por lo menos 2cm de profundidad, la verdad es que acojona, pero como no duele (anestesiado, no te jode) espichigo un poco.
Me tienen esperando un buen rato antes de coserme, rato que aprovechamos con Hedley para contarnos media vida, mientras Luís no ha querido entrar y debe esperar afuera dormitando. Cuando me quieren poner los puntos la anestesia se ha ido casi del todo, con lo que me han de dormir otra vez, y ya sí me cosen, con 5 puntos azules la mar de pinchos. Llega el momento crítico de pagar los servicios, y yo me espero morterada, pero tan sólo son 30$, nada que ver con lo que ponía en la web del ministerio de exteriores (sanidad muy buena y muy cara, se recomienda seguro de viajes blablabla blablabla)
Ya es tarde para unas birras, así que Hedley nos deja en el hostel, apretón de manos y despedida, con la promesa de verlo a ellos por Sobrarbe a no tardar mucho.

Cenamos en un italiano de morro fino, riquísimo, con un servicio exquisito y unas camareras gemelas que quitan el hipo. Todo el mundo me mira la venda de la mano, es que no han visto ninguna??
Por la noche duermo fatal, se ha terminado la anestesia y la traperada que han hecho para limpiar y coser sale a flote. Duele y tengo pinchazos como si me acribillaran. Y el día siguente, madrugar, ir al aeropuerto, y coger el avión donde nos pasaremos las siguientes horas…de vuelta a casa.

Moraleja: la vida es una manzana reluciente, fresca, madura y crujiente que hay que comerse a grandes bocados!!

Crónicas Neozelandesas. Día 11 (19/11/07)

Pasan los minutos de la madrugada, pasan raudos ante mi vista, fija en el techo de la caravana. El tiempo corre veloz y en mi mente sólo una idea: ha sido la última noche aquí en esta cama.

Desearía volver a recorrer los mismos caminos, desandar lo recién descubierto, sin tantas prisas, con tiempo para asimilar las experiencias y conocimientos que me voy a llevar dentro, de vuelta al mundo real. No faltarán recuerdos, ni fotos, ni siquiera tertulias sobre estos días, pero la sensación de vacío que se produce hoy, aún cuando todavía falta otro día entero para marcharnos, es abrumadora. Hasta este momento no me había preocupado pensar cuántos días llevábamos, ni los que quedaban, pero de repente, sabiendo que tenemos que devolver la camper en unas horas, he visto claro que nuestro tiempo aquí (espero que este sea el primero de otros viajes a esta tierra) se agota.
Claro que aún queda una sorpresa…pero es algo que aún desconozco.

Preparo el desayuno, es raro que hoy yo sea el primero en levantarme, y acabamos de limpiar lo poco que falta, antes de ponerme al volante para recorrer los 100 últimos Km.
Enseguida llegaremos a Christchurch, y tras cruzar un montón de calles amanecemos en el local de Hedley para dejarle las bicis. Resulta que el día que lo conocimos nos dijo así como de pasada que si el día libre en Christchurch queríamos salir con el y sus colegas, y aún lo sigue diciendo, así que mañana por la tarde iremos con ellos a hincharnos de singletracks de esos.
De allí a dejar las maletas en el hostel y luego a devolver la camper, en la otra punta de la ciudad, hago gala de mi orientación y nos plantamos en las oficinas sin equivocarnos ni una sola vez, Luís lo flipa, jejeje. Son muchos años buscando vacas por el monte…

Parece que todo está correcto, no hay defectos y hemos dejado las cosas limpias, así que no nos van a cobrar ningún plus (por suerte no han visto el chinazo en el cristal).
Nos llaman a un taxi que nos lleva al hostal, y ¡sorpresa! Esta vez no nos lo pagan y hemos de acoquinar 34$, con lo pelados que vamos ya de dinero neozelandés…

Una ducha y a dar unas vueltas por la ciudad. Nos tomamos un café en un starbucks, que tienen de los mejores cafés de NZ (cómo serán los otros!!) y hacemos alguna compra. De allí cogemos un bus urbano que nos traslada hasta las colinas que rodean la ciudad por el Sur. Un antiguo cráter volcánico inmenso, que explotó y dejó un agujero inmenso en el medio, con una entrada para el mar, que se ha convertido en una bahía encantadora, rodeada de escarpadas colinas cubiertas de pastos para las ovejas y los conejos, que se ven por doquier.

Hay mucha piedra volcánica, oscura y llena de aristas cortantes. Por aquí nos llevará Hedley mañana, pobres cubiertas, seguro que rajamos alguna. Es, de lejos, el lugar de toda NZ donde más piedras he visto, y eso que tampoco hay tantas. A la parte elevada se sube con una góndola, que no es nada barata y nos deja en un collado desde el que se ven ambos lados, tanto la ciudad, extensa y alargada, como la bahía del cráter, un precioso cobijo para barcos y astilleros. Hay excavado un túnel que pasa a través del monte y comunica ambas zonas, y por el que no deja de circular tráfico.

Bajamos de nuevo, y tras esperar al bus más de media hora, por fin aparece uno que nos devuelve a la ciudad. En el centro bulle la gente, es la hora de salir de los colegios y está todo lleno de adolescentes. Hay una diferencia entre ellos y sus mayores tremenda. Es curioso que los adultos suelen vestir de manera muy informal casi todos, ropa de sport, se ven pocos trajes y muchas sudaderas. En cambio los adolescentes en su mayoría visten ropas punks o góticas, con peinados extraños y actitudes “perdonavidas”. Sin embargo, los jóvenes de nuestra edad que hemos visto se parecen mucho a los adultos. Será una nueva hornada que viene, o es que les entra “conocimiento social” a todos al pasar a la universidad?? Serán los videojuegos y la tele?? O las grandes multinacionales?? Será el café??

Nos preparamos una cena con lo que nos sobraba todavía de la comida de la camper en la cocina común del hostel y a la cama.

miércoles 10 de septiembre de 2008

Crónicas Neozelandesas. Día 10 (18/11/07)

¿Cómo os sentís cuando esperabais tanto de una cita y luego todo queda en fiasco? ¿Cuando habéis hecho muchos Km. para ir a esquiar y se pega todo el fin de semana con mal tiempo y no hay ocasión ni de calzarse las botas? ¿O cuando no puedes acudir a una ruta épica por un imprevisto la misma mañana de hacerla?
Todo eso y más significó Naseby para nosotros. Pero vayamos por partes…
Como nuevos nos despertamos en la camper tras dormir buenos ratos. Es tarde, la mañana ha salido despejada y antes de las 10 hemos de dejar el camping, así que una rápida limpieza en el baño, calzarse ya las ropas de faena y conducir hasta el centro del pueblo. Centro del pueblo…

4 calles cruzadas por otras tantas, y todo rodeado por pinos de repoblación. Un “Hotel del pueblo” una “cantina del pueblo” y un “colmado del pueblo” es lo que Naseby ofrece al visitante. Y claro, una brutal cantidad de senderos a cual mejor. Claro…En el hotel nos venden por 2$ un mapa de los senderos del bosque. Parece un garabato de un niño de 3 años, líneas inconexas cruzan supuestas pistas, siguiendo una retahíla de puntos numerados. ¿Os acordáis de los dibujos que consistían en ir uniendo puntos con el lápiz?

Hay bastantes coches con porta bicis aparcados por ahí, muchos aún conservan las bicicletas colocadas, casi todas rígidas. Dejamos con ellos nuestra camper y cogemos la carretera que va hacia el bosque. Pronto acaba en una pista de tierra seca que serpentea entre pinos idénticos. No hay más vegetación, ni matojos ni hierba, tan sólo pinos y tierra. En el primer “punto” nos desviamos a la derecha para coger un sendero que atraviesa rampas, cortados, terraplenes, siempre con un surco del tamaño de una rueda de tractor. No me gusta.

El resto de los senderos son todos parecidos, en un terreno llano principalmente, pues apenas hay 100mts entre el punto más alto y más bajo, pero bastante roto, continuos cambios de rasante y zonas para pegar brincos.
Sumado a un plano indescifrable, unos caminos sin marcar, un terreno monótono y feo con avaricia, unas sendas erosionadas a más no poder y un montón de cortados de freeride y entenderéis nuestra desilusión. Y es que claro, al lado de casa tenemos lo mismo pero mucho más bonito y menos erosionado. No somos de pegar botes y cortados de 2 metros (ni de 1) y tras media mañana de vagar sin rumbo por allí nos fuimos asqueados y llenos de polvo a la camper. De tal desgana, no hicimos ni una sola foto de Naseby.
Me corto bastante a la hora de criticar el sitio, pues seguro que a mucha gente de gustos más free con bicis tochas les hubiera gustado. Es como un bikepark en llano, en zona árida y en medio de un bosque artificial.

Cogimos carretera y al poco llegamos a la costa este de la isla, donde paramos en Moerari a ver la famosa playa de los “Boulders”. Son unas piedras inmensas totalmente redondeadas, que están en medio de una playa. La erosión hace que alguna acabe partiéndose dejando a la vista su interior, en parte hueco. Algunas están medio enterradas en la arena, otras completamente fuera, otras dentro del mar, y otras aparecen poco a poco del cortado de tierra que se eleva al final de la playa. Llaman mucho la atención, y te hace pensar en qué coño serán. Parece que provienen de lava volcánica solidificada, burbujas de lava que enfriaron con tal rapidez que no perdieron su forma, y por ello están huecas.


Echamos un bocado en la playa y continuamos carretera hacia el norte, bordeando la costa. Paramos en un par de pequeñas ciudades. En la primera, Omaru, había una representación de la inauguración del ferrocarril, con una máquina de vapor (según Luis el humo era de gasoil, no de carbón) y mucha gente con trajes de época del S.XIX.
En la segunda, de cuyo nombre no quiero acordarme, fuimos a ver una ¿hermosa? bahía y lo único que vimos fue una playa sucia al lado de la cual habían montado una zona de ferias, y un parquecillo para “skaters y bikers” de esos. Un crío de unos 10-12 años hacía unas cosas con una bici de dirt que nos quedamos flipando.

Al poco seguimos marcha, y tras un par de horas de carretera más paramos en una zona al lado de la carretera a pasar la noche, nuestra última noche en la camper. Aprovechamos para limpiarla a conciencia por dentro y a disimular por fuera con un poco de barro un chinazo que tenía en la luna delantera (no fuera que nos cobraran el cristal entero!!)
Hice una bañera entera de macarrones a la carbonara para gastar la comida que sobraba, y con un empacho tremendo me las arreglé para meterme en la cama y quedarme sobado…

martes 9 de septiembre de 2008

Crónicas Neozelandesas. Día 9 (17/11/07)

Suena el despertador-móvil de Luis que, como casi siempre, le pilla ya en movimiento (es cojonudo, si no se lo pone duerme hasta que le tiras un cubo de agua por encima, pero si tiene que ponérselo una hora antes ya ronda por el cuarto)
Me llevo una bronca del quince por no haberme hecho la maleta anoche, pero es que soy un perrizo. Que si llegamos tarde, que si ya te lo dije…igual que mi madre!!!

Cogemos el bus, que tiene el techo acristalado, tras esperar un cuarto de hora (a que tanta prisa Luisé) y en marcha. Está casi todo lleno de japoneses, y la guía les habla por medio de un micro y auriculares, traduciendo todo lo que el conductor nos cuenta a los que “dominamos” el inglés. Vamos a pegarnos cerca de 5 horas de bus, sin contar las paradas…

El viaje se hace ameno, porque el paisaje merece ser disfrutado. Sólo hago que verme bajando por laderas, andando por entre las crestas o ciclando entre los bosques. Pasamos por sólo 4 lagos, pero tan grandes que más de la mitad del viaje se hace a su vera.
A mitad de camino paramos en un pueblo llamado Te Anau, puerta de entrada de Fiordland, el parque nacional donde está enclavado Milford Sound, nuestro destino.

Desde aquí, hasta Milford se puede ir andando, en una caminata que recibe el nombre de Milford Track, y que se comenta que es de lo más hermoso que se puede hacer en este planeta. De hecho, como la protección del medio está muy arraigada aquí, sólo pueden haber 70 personas al día dentro del parque, y esa caminata está restringida a grupos con guía. Dura 4 días y hay que reservarla con 1-2 años de antelación. Se me hace la boca agua escuchando…y a quién no…Bueno, a Luis no, el es de placeres más terrenales.

Una vez dejado Te Anau atrás la carretera se estrecha aún más, y nos metemos por un valle ancho, de paredes enormes, que me recuerda a Pineta (pero no tan bonito). Al fondo del valle nos colaremos por un paso angosto que da a otro valle perpendicular, este mucho más abrupto, que está colgado unos cientos de metros bajo el otro. El descenso se hace por una ladera densa, llena de esa selva que tanto me hechiza, y surcada de cascadas y saltos de agua. El valle asciende, dejando ver otros más pequeños que aparecen entre las montañas cubiertas de bosque y nieve. Cada pocos kilómetros hay zonas de avalancha, donde la vegetación se ha aplastado ante la caída repetida de nieve. Estos corredores de avalancha son muy frecuentados, y hay veces que la carretera queda bloqueada por espacio de semanas y meses. Hay muchos accidentes por culpa de los aludes, y un montón de gente ha muerto, tanto haciendo la carretera como transitándola. Ahora tienen unos de los equipos de prospección de montes y cálculo de probabilidades de aludes más avanzados del mundo, con lo que desde hace bastante nadie la ha palmado. Nos dirigimos hacia la pared que cierra el valle por su parte superior, donde hay un túnel excavado en roca viva que nos llevará al otro lado de las montañas que se nos aparecen de frente. Justo antes de entrar en él cruzan la carretera 2 kéas, un loro que vive en las montañas, que entre otras cosas mata a los corderos y ovejas. Les pica en el lomo para comerse la grasa subcutánea, y los pobres bichos mueren de infecciones. Antes hacía esto con el Moa (un pariente del avestruz, de casi 4 metros de altura y ya extinto) en un ejemplo de simbiosis animal. También se dedican a comerse los neumáticos de coches y bicis, jejeje.

El túnel en sí tardó en hacerse 16 años, tiene casi 2km de largo en los que se bajan casi 300mts de desnivel, así que haced cuentas. Más aún, es super estrecho, apenas caben 2 buses, y la altura es ínfima. No tiene casi iluminación y las paredes están en roca viva. Si intentáramos hacer pasar un coche por un túnel así en España iríamos de cabeza a la cárcel. Y luego nos quejamos del de Bielsa jejejjejee.

Afuera nos encontramos otro valle, que descendemos por una carretera sinuosa, entre rastros de más avalanchas, arroyos y bosque, muuucho bosque.
Paramos a ver una cascada que ponen como maravillosa, y que no está mal, pero estos tíos no han visto Gorgas Negras.

Al fondo veo un monte con forma de pirámide perfecta. Poco a poco crece de tamaño, su cumbre brilla al resplandor de las trazas de nieve que aún conserva. De repente, mientras estoy pensando una vía hasta la cumbre, el valle se nos abre del todo….Joder!!! Si sale del mar!!!
El monte que estoy viendo nace del fondo de las aguas del Mar de Tasmania y asciende hasta los 1640metros formando una parte del fiordo de Milford!!! Brutal, salvaje, apoteósico, la visión merecer todos los elogios que a vosotros, amantes de las montañas, se os ocurran. Como inundar el Karakórum hasta los 7000metros, y dejar lo últimos 1600 de la pirámide del K2 emergiendo del agua, lo mismo. La semejanza entre los dos picos es instantánea. Cuando consigo apartar la vista de allí puedo apreciar toda la inmensidad del fiordo. Ancho, anchísimo, pero empequeñecido ante las paredes que lo encajonan. Ascienden verticalmente cientos y cientos de metros, algunas de ellas rozan los 2000 metros. Cascadas de más de 150 metros derraman las aguas de valles enteros en este brazo de mar que entra en el corazón de la isla. No hay nada que contar, nada que explicar que os pueda hacer entender el poder sobrecogedor de la naturaleza aquí. Te sientes tan pequeño, diminuto, perdido y a la vez extasiado, las ganas de recorrerlo todo se mezclan con el miedo ante tal laberinto. Días, semanas enteras podrías estar vagando por este territorio sin saber salir de él. Precipicios se combinan con laderas, bosques y aristas a cada lado del fiordo. Playas donde juegan los pingüinos y rocas donde toman el sol las focas. Islotes y calas, se suceden en nuestro crucero a bordo de un barco rodeando todo el fiordo. Si, hace ya ratos que estamos navegando, casi ni me he dado cuenta de que nos han bajado del bus para meternos en este navío que ya está próximo a amarrar de nuevo. No hay nada como las fotos para entender este pedazo de paraíso en la tierra.


Nos vamos, pero todavía queda la traca final. No volvemos en bus, aconsejados por Cecilia nos volvemos en helicóptero. Cuesta 250€, pero qué coño, ya ahorraré en cubatas, esto es irrepetible. Vive, vive vive!!!

Ascenderemos sobre el fiordo, sobrevolaremos miles de picos (si, MILES) en un viaje de 1hora que nos transportará pegados a laderas, por encima de lagos y ríos, rozando cimas, aterrizando en medio de un glaciar a 2200mts de altitud u oteando la más inmensa línea de horizonte que mis ojos han visto. También me remito a las fotos.



Aterrizamos, un taxi nos deja en Quennstown y cogemos la caravana para continuar camino, hacia la zona de Ontago, lugar árido, famoso por sus vinos y frutales. Tenemos que elegir entre 2 rutas para mañana: una es Cromwell, aquí cerquita, y supone subir 1000mts por un monte árido y totalmente pelado para bajar por pista y sendero, o ir más lejos hasta Naseby, cuna del MTB en Nueva Zelanda, y el lugar más famosos para montar de todo el hemisferio sur (no es coña). Nos decidimos por Naseby, si es tan famoso algo tendrá.
Por tanto finalmente continuamos por un paisaje casi lunar, un cambio tremendo respecto a la mañana. Pasamos por decenas de “pueblos” que no son sino 3 o 4 casas juntas a la vera de un riachuelo, junto a los únicos árboles que se ven el horizonte. Asemeja el oeste de nuevo, esas casas de madera, los abrevaderos en las puertas, los carros apoyados frente a la carretera, las vacas, ovejas y ciervos (muchos ciervos) pastando en los vallados…
Cuando entramos en Naseby ya ha anochecido. Nos perdemos un rato hasta encontrar el camping, y finalmente podemos plantar la tienda, ducharnos, cenar y dormir, en espera del “famoso Naseby” de mañana.

lunes 8 de septiembre de 2008

La Carretera, Cormac McCarthy

Por recomendación de un grupo de amigos he leído “La carretera” de Cormac McCarthy.
Libro corto, de los que se leen en 2 sesiones. Libro encuadernado escuetamente, sin dibujos, tapa rugosa dura en negro difuminado donde resalta el título en rojo sangre, con un tacto viscoso en las letras.

No es mi idea la de resumir el libro, pese a que en este caso la historia sea absolutamente lo de menos. Un país literalmente abrasado, devastado, asolado. No se sabe qué ha pasado, tal vez un holocausto nuclear, aunque tampoco es importante.
Han pasado algunos años ya y la mayoría de la comida enlatada ha sido consumida. No hay vida animal o vegetal. Sólo yerma ceniza residuo de todos los bosques, ciudades, llanuras y montañas quemadas. No se puede cultivar, impiden el paso del sol, están en el aire, contaminan el agua…
Tampoco hay electricidad, apenas algo de ropa, abrigo, gasolina...que igual que la poca comida, es oro puro.
Hay humanos que para sobrevivir siembran la tiranía, secuestran a otros humanos y los guardan como ganado, comida… mientras la mayor parte de los demás muere desnutrido, congelado
Gente escasa, recursos aún mas escasos, territorio inmenso, frío, ceniza, hambre, oscuridad.
Sólo sabemos que la gran mayoría considera este mundo una pesadilla, que es mejor estar muertos, y muchos han actuado en consecuencia.

Nada de esto se cuenta en el libro, todo se va suponiendo mientras el autor narra la lucha de un padre y su hijo pequeño por sobrevivir en su periplo hacia la costa, huyendo del frío invierno en pos del mar y de la ¿esperanza?

Son párrafos cortos, como navajazos. Diálogos monosilábicos. Sucesos desgarradores relatados con frialdad. Amor a raudales descrito en forma de manual de instrucciones de una lavadora.
Y entre medio, frases, acciones, pinceladas que hielan la sangre y hacen pensar, pensar mucho. Y pensar en direcciones que no son siempre agradables.

Cormac nos inyecta en la historia y nos muestra los límites del ser humano. Para lo bueno y para lo malo.

Crónicas Neozelandesas. Día 8 (16/11/07)

Bufff me levanto a las 8, y mientras Luís ronca a pierna suelta salgo a la terraza del albergue, a mirar el cielo plomizo con poca esperanza. No llueve, sin embargo las nubes están oscuras y muy apretadas, un tiempo ruinoso para que el helicóptero pueda volar hacia las montañas. Hemos quedado que llamaría a Grez, el guía, a eso de las 8,30. A las 8,20 no puedo contenerme más y le llamo, con pocas esperanzas. Sin embargo me cuenta (o eso me parece entender porque el inglés por teléfono es como que te hablen a través de un ventilador) que dan mejoría para un poco más adelante, y que me pasa a buscar a las 10 en vez de a las 9.

Luís me mira con mala cara, mis gritos de victoria han logrado que se despierte. Pobrete, para un día que dormía tanto, y le jodo la marrana yo :). Mejor será que lo invite a un buen desayuno, que el estómago es donde tiene los sentimientos a estas alturas de viaje.
¿Os imagináis una cafetería en la que una persona cocina, otra hace los cafés y una tercera cobra a los clientes, y si no tienen nada que hacer no ayudan a sus compañeros/as? Pues ya sabéis donde nos dedicamos a contemplar como mitad bar desayunaba y el resto nos jodíamos de hambre y mirábamos a la que cobraba con ganas de hacerle comer la cafetera, mientras bostezaba toda tranquila. Una vez desayunados, me fui a comprar un pantalón-culotte que religiosamente estrené al momento, y me cambié mientras Luís preparaba su “mejor día en NZ” (palabras textuales jejeje): Pasear por el lago, tomar chocolate caliente, ver cómo trabajaban las excavadoras y dormitar en los bancos.

Greg me recoge, le saludo a él y a un larguirucho australiano que hace DH y que parece muy majo y vamos a recoger a un par de irlandeses que no les va mucho la bici, pero quieren hacer Heli-bike. Por supuesto, como buenos irlandeses, llegan con una resaca del quince. Vamos al helipuerto, y de allí a tomar otro café porque tarda en despejar.

Finalmente volvemos a donde los helicópteros, y mientras bajamos las bicis (unas Jamis Dakar XLT de 130mm con ruedas de 2.4, que van de maravilla) observamos los problemas que tienen para fijar los acoples para las bicis al pajarraco. Por fin parece que lo consiguen y mientras nos explican cómo comportarnos enganchan las burras.

Cómo mola ver las bicis allí enganchadas, me estoy volviendo un dominguero!!!!

Una vez en el aire, mi primer vuelo en estos trastos, pasamos pegados a las montañas y nos internamos entre las todavía espesas nubes hacia unos picos pelados que aparecen enfrente. Sobrevolamos parte de la carretera por donde llegamos a Queenstown y acabamos arriba del todo de unas lomas de tasca interminables. El piloto se pega un descenso en picado que nos asusta a todos, mientras Grez y él se nos escojonan en la cara.

Una vez abajo, me coloco la cámara en el casco y comienza el descenso, y con ello mis fundados temores. Salvando el primer trozo, por la tasca, todo va a consistir en una pista en mal estado, pero por la que se ven marcas de 4x4. Es una bajada muy rápida porque la pista pierde altura a toda prisa, y salvo la sensación de velocidad entre medio de las amplias lomas de tasca se me hace aburrida. Lo mismo le pasa al australiano, Allan, que acostumbrado a sus competiciones de Descenso se le hace monótono. Los dos irlandeses sí que disfrutan, pese a que el más hablador se pega un diálogo con el suelo bastante largo.
Durante el trozo final nos dedicamos a ir tras las ovejas, que tienen la manía de huir de nosotros pista adelante en vez de monte a través.

Una vez en la carretera nos espera la novia de Grez con su camioneta, donde cargamos las bicis y nos vamos al far-west a comer. Se trata de un hotel al más puro estilo Morricone donde nos ponemos hasta el eje de comer. Yo me pido unos jarretes de cordero que son lo mejor del viaje (culinariamente hablando) con diferencia.

Total, que el Heli bike está de maravilla salvo por la bajada, que es aburrida y fácil. Claro que se supone que eso debe ser lo bueno, verdad?? Por otra parte Grez es un tío majísimo, que ha viajado mucho y es un chiflado del BTT. Me asegura que la ruta que hicimos es Wharfedale es de lo mejor que se puede hacer por NZ, y que casi nadie la conoce porque es muy difícil de encontrar. Se ha sorprendido bastante de que la cicláramos. También se sorprende de que venga de un pueblo tan pequeño, dice que los turistas que conoce son todos de ciudades, y que tenga vacas, jejeje.

De vuelta a Queenstown mi idea es hacer una ruta corta, pero Luis está con pocas ganas, y me dejo convencer fácilmente. Se nota ya el cansancio acumulado, la soba de ayer fue gorda por culpa de la pérdida.

Así que dedicamos el resto del día a subir con la góndola hasta un mirador sobre el pueblo y el lago con unas vistas tremendas, a hacer compras y a cenar en un italiano. Es viernes y tengo ganas de conocer la vida nocturna de aquí, pero en acabar la cena los ojos se me cierran y decido seguir a mi compi, que sólo piensa en acostarse después de su “dura” jornada. Además mañana hay que madrugar, a las 6,30 hemos de levantarnos que vamos de excursión al “lugar más espectacular de Nueva Zelanda” según rezan los anuncios.

jueves 4 de septiembre de 2008

Crónicas Neozelandesas. Día 7 (15/11/07)

Qué bien se duerme en una cama-cama!!
Pero cómo echo en falta la camper!!!
Luís aquí al lado ronca con nocturnidad y alevosía, estoy por ahogarlo con la almohada.

Así que no resisto más y me levanto. Hoy hemos dormido hasta tarde, son las 9!!! Venga que hay poco tiempo y muchas cosas que hacer, arriba!!!!!!!


Ducha rápida y como nuevos salimos a la calle, vamos a ver a Cecilia que nos da el pase para el Jet boating. Lo vamos a hacer en el Shotover, el más famoso, el mismo que grabaron Ángel y sus compañeros de Al filo en el 97. Un bus nos conduce hasta la orilla del río, donde tienen montadas oficinas, las casetas del material y demás. Por cierto, que esta compañía, que engloba a otras de bungy jumping, rafting y algun que otro –ing más, tiene una central de reservas en medio de Queenstown que es un ejemplo para todas las empresas de aventura. La atención al cliente, las zonas de espera, reservas, información, vídeos y música por doquier, hasta la tienda de recuerdos…mu pofesional.

Las lanchas tienen capacidad para 15 personas, y una vez con el poncho y el chaleco salvavidas nos las agenciamos para coger los 2 únicos sitios de delante, junto al piloto. Para que os hagáis una idea, el bicho este circula río a favor a casi 90km/h, y en contra a 80. Funciona con turbinas en vez de hélices, y puede navegar en 3cm de agua. El casco es metálico y valen 130.000€ la unidad. Se necesitan 120horas de curso para poder ser piloto.
Dura apenas 30min el “vuelo” pero cunde, pasamos a toda hostia por el embarcadero y nos metemos en un estrecho cañón que recorremos apurando contra las paredes y la piedras, el tío sabe lo que se hace, los trompos de 360º (avisados, porque si no alguno sale despedido fijo) impresionan al más pintado y el aire en la cara te hace darte cuenta de que no vas de paseo.
Cómo no, nos hacen fotos y nos graban en una cámara lápiz como la que llevo en el casco. Luego en la tienda compra las fotos todo cristo, nosotros incluidos.
Tras esto, nos vamos a hacer una ruta, y deprisa que son ya las 2!!!Saliendo de la cuidad vamos a subir a un lago, Moke lake y de allí rodearemos una montaña por un singletrack de nombre bucólico: Moonlight track.


El primer tramo es por carretera, hasta un desvío, el cual nos saltamos, lo que inicia una cadena de errores bastante larga. Primero nos damos cuenta que nos hemos pasado, porque el tramo de carretera se nos hace muy largo. Y es casualidad que me haya dejado el gps en la camper!!! Damos vuelta, y donde vemos un letrero que pone: Moke lake, walking path 4h nos metemos, que resulta ser un sendero que sube a lo burro, imposible que sea por aquí. Pero entonces por donde?? Y por la izquierda que sale una pista?? No que va a una casa. Pues esta otra muere en un campo. Y esta que está perdida de vegetación? Parece que tampoco…Por fin creemos tener la correcta, pero llega a un chalet de la hostia. La seguimos hacia abajo y llegamos a un urbanización de la leche, seguro que no es por aquí. Y si volvemos a la carretera?? Venga, vale. Pista hacia abajo nos encontramos una verja, la que cierra el paso a la zona privada donde estamos. La saltamos como podemos, y justo en el otro lado vemos que se abre, porque sale un coche. Le pregunto a la conductora, una mujer de unos 50 años, que no tiene ni puta idea de donde es la pista que tenemos que coger. Así que coge su móvil y llama a su oficina, habla con 2 o 3 empleados por espacio de 10 minutos o más hasta localizar el sitio donde queremos ir. Luego nos lo explica, siempre con una amabilidad tremenda, no está enfadada porque nos hayamos colado en su zona ni nada (obviamente nos ha visto saltar la valla) y sólo le falta darnos 200$ e invitarnos a su casa. Y no creo que fuera una casa de sólo 2 habitaciones…Esto pasaría en España??
Gracias a ella encontramos el camino, aunque nos hemos pegado 2 horas para encontrarlo. Como tengamos un percance, con lo que queda, se nos hace de noche en la montaña. Seguimos?? Claro, a eso hemos venido, no?? Venga, dale que hay hambre y hasta el lago no comeremos.
Subimos unos 400mts hasta el lago, pequeñito y recogido entre laderas llenas de ovejas y prados. En su orilla nos echamos un bocado, saltamos una valla (esto parece hoy una de obstáculos) para seguir por la pista, que es el inicio del Moonlight track propiamente dicho.
Nos decepciona que sea pista (estrechita y tal pero pista) y no sendero, con lo bien que pintaba otros 20km de sendero… Pero bueno, en parte lo compensan las vistas, pues vamos ascendiendo despacito por un valle precioso, laderas verdes y empinadas que acaban en aristas cimeras y espolones de piedra en lo alto. A lo lejos las montañas se aparecen sin solución de continuidad, parecen corros de setas aquí y allá, separadas por profundos valles y zonas de pastos.
Nuestro camino sube y baja constantemente, haciéndose duro, más de lo que decía el mapa, y algunas cuestas echamos zarpa al suelo. Las ovejas son nuestras compañeras, desde luego si tenemos que pasar la noche aquí carne no nos faltará.
Por fin la pista se transforma en sendero al cruzar barranco que parte la pendiente, y de nuevo se nos queda la miel en los labios. Tantas ovejas han erosionado mucho el sendero, excavándolo tanto que los pedales golpean en los cantos, y haciendo frustrante el ciclarlo. Así que medio a pata medio montados continuamos.
Ya hace una rato que vemos claro que nos dará tiempo a llegar antes de que anochezca, así que paramos más a menudo a ver el paisaje, pues sin darnos cuenta el valle se ha tornado en un cañón, que bordeamos desde lo alto. Es el río Shotover, el mismo que esta mañana hemos navegado, y esta parte es el Skipper Canyon, zona de raftings, aunque ya es tarde para ver barcas. Por fin el sendero mejora, se deja ciclar, y el último tramo de bajada disfrutamos de verdad, eso sí, sin mirar mucho a nuestra izquierda. Desde un recodo vemos el inicio del “famoso” túnel excavado por los mineros de oro en el Shotover, y que Ángel y el resto de locos de Al filo atravesaron en piragua.
El sendero acaba en una pista que nos conduce a la carretera, y por ella llegamos a la camper ya de anochecida.
Ducha, cena en un japonés (siempre igual, como sashimi y estoy dos días con mal de tripas, nunca cambiaré…) y a la cama, que mañana si hace bueno tengo Heli-bike!!!!!!

miércoles 3 de septiembre de 2008

Crónicas Neozelandesas. Día 6 (14/11/07)

Nos despertamos a las 6,45, hace un día perfecto, sin nubes, aire claro…perfecto para las fotos del lago!!!

Mierda, me he dormido, no me va a dar tiempo!!!

Corro hacia el lago, lo que ayer nos costó 40min lo hago en escasos 20, y jadeando llego a la otra orilla, desde donde puedo ver el famoso efecto del Mirror-lake. De verdad que el reflejo es perfecto, y con las nubes justo asomando por los picos, la niebla mañanera del lago y la luz emergente me salen unas fotos preciosas. Hago varias pruebas, y rápido vuelvo a la camper, que hay que ir al glaciar.

Una vez en Franz Josef, al que llegamos sin 1 minuto de sobras, entramos en la compañía de guías que hacen el glaciar. Son todos unos animales salvajes, vaya malas bestias. Me recuerdan mucho a esos guías cuadrados chuleras que abundan por nuestros Pirineos y que los sacas de lo que hacen y no saben por ande les pega el aire.
Nos dan ropa impermeable, botas, crampones, gorro, guantes, todo muy bien organizado, mu pofesional!!

El bus nos lleva los 5km hasta el inicio del valle y allí comienza la marcha a pata hasta la morrena frontal del glaciar. Impresiona, es inmenso, la lengua tiene el grosor de un edificio de 50 pisos, y encajonado entre unas paredes verticales que dan paso al bosque tropical de las laderas su aspecto es majestuoso.

Una vez llegados allí nos explican como calzarse los crampones (más viejos que la pana) y dividen el grupo en subgrupos. De 35 que somos harán 3 grupos, cada uno con un guía. Nos ponemos en el grupo de los más “expertos” (eufemismo, las mitades no habían visto un glaciar ni en la TV) en montaña. Nos comentan que hay que andar con mucho cuidado, guardar las distancias entre nosotros, no tocar el suelo con las manos, todo de manera muy solemne. Está claro que un glaciar es muy peligroso, pero hay glaciares y glaciares, y este era precioso pero la lengua, que es lo que nosotros andamos, era más segura que una calle de Madrid. Se destapa el misterio de los guías: Está como toros porque cargan con unos picos de obra con los que van conservando las escaleras talladas en el hielo. Así que entre picar y palear esto parece una obra y no una excursión. Está muy bien que conserven el camino, pero que lo hagan cuando no llevan grupos. Subimos despacio, lentos, me aburro enormemente, y al rato, cuando ya empiezo a interesarme dicen que ya hemos llegado al punto más alto. Si apenas hemos subido 300mts!!!!! Comemos algo cerca de unos bonitos seracs que forman una escultura modernista y después el guía nos hace pasar por una grieta de hielo azul, un corredor horizontal de poco más de 10mts de largo, que es lo más “excitante” de la visita. Desandamos el camino, y volvemos abajo.

Ahora nos toca carretera, casi 7 horas hasta Queenstown que se hacen amenas por la maravilla del paisaje. En especial el valle de Haast. Haast es un pueblo a orillas del mar, en la desembocadura del río del mismo nombre, que se remonta para cruzar los Alpes por el fondo del valle hasta un collado donde cambian las pendientes.

Apenas nos hemos alejado 20km del mar que ya estamos rodeados de montañas inmensas, completamente nevadas en su parte final. Muchas de ellas sobrepasan con creces los 2000mts. El valle continúa ancho un buen trecho para angostarse paulatinamente, creando un río bravo, juguetón. Si Angel y sus colegas los bajaron en piragua debieron disfrutar de lo lindo, porque parece divertido. De las paredes del valle caen constantemente cascadas, el paisaje obliga a ir despacio mirando a todas partes.
También pinta buen río para las truchas.

Una vez pasado el collado el terreno cambia, se hace más llano, parece una meseta que vamos descendiendo progresivamente, siempre entre árboles y con montañas a lo lejos. Llegamos a los dos lagos “gemelos” de Wanaka. La carretera pasa entre medio de ambos, si bien apenas nunca los disivsamos los dos al mismo tiempo. Siempre hay una delgada línea de colinas entre ambos, y la carretera se turna entre uno y otro. A nuestra derecha se alza el monte Aspiring, otro 3000, y quizás el más hermoso de todos los montes que hay en la isla.

Desde Wanaka la carretera hasta Queenstown pasa por un valle elevado, muy estrecho y curiosamente casi sin vegetación, salvo pastos. Coronamos otro collado, cerca de la estación de esquí de Cardrona (pronto volveré pero todavía no lo sé) y bajamos hasta Queenstown, a orillas de un lago enorme, rodeado por una cadena de montañas preciosas, las Remakables.

Estaremos 3 noches, y esta vez dormiremos en cama, pues hemos cogido sitio en un young hostel.Nos vemos con Cecilia, una argentina que es agente de viajes, dueña de http://www.destinonz.com/ que nos va a reservar las actividades, y hablamos con ella largo y tendido tomándonos un chocolate caliente argentino a orillas del lago.

Una vez todo arreglado nos vamos a cenar a un garito bien chulo, con chimenea y todo, La Vaca, donde hacen unas pizzas inmensas y buenísimas, que nos ha recomendado. Luego quisimos volver otras noches pero siempre estaba lleno.

martes 2 de septiembre de 2008

Crónicas Neozelandesas. Día 5 (13/11/07)

Clac, clac, clac, clac… la lluvia golpea el techo de nuestra camper con un repetitivo y monótono ruido a hueco. Son las 5 de la mañana y estoy desvelado. Afuera llueve a mares, el viento azota los cristales, las ramas de los árboles danzan mudas mientras hago memoria de donde me encuentro. Punakaiki…Paparoa…Nueva Zelanda…costa oeste…al lado del mar. La duermevela me transporta a las 8 de la mañana, Luis acaba de salir a lavarse. Es la hora.
Leche caliente, un café, galletas, plas!! Activado!!

Me gusta la lluvia, siempre me ha gustado, cuanto mas en medio de la naturaleza y mas arrecia más paz me transmite. Es como una renovación, limpia la tierra, lava las plantas y recicla las aguas. Un paseo por la hierba mientras me empapo en ella por completo. Todo el día me quedaría aquí contemplando, pero no tengo todo el día, ni siquiera 1 hora, hay que moverse o no nos cundirá la mañana, y hay mucho por hacer hoy.

Conducimos hasta el centro de interpretación de Punakaiki, donde nos informan sobre las pancake rocks, unas formaciones rocosas con aspecto de pasteles americanos (pancakes) y acerca de los senderos que se internan en la selva. No es buen día porque ha llovido mucho y los arroyos están desbordados, es peligroso andar por ellos.

Vamos primero a las pancakes, formas curiosas que destacan entre una costa agreste y salvaje, el mar de Tasmania está encabritado y golpea con rabia las paredes, llenando de espuma el ambiente. Mola. Entre las rocas hay cuevas horadadas por las olas por donde se cuela el mar, absorbiendo primero para a continuación escupir el oleaje de vuelta a las rocas. Silencio y estruendo, silencio y estruendo…

En cuanto dejas de mirar al mar y vuelves la vista, un paisaje surrealista se forma a tu alrededor. Bosque lluvioso, tropical, selva impenetrable, cualquier adjetivo se me antoja escaso. La tierra se empina ligeramente en una ladera para subir en forma de paredes de 500 mts de vertical aspereza, sólo rotas por los estrechos cauces de los arroyos. Y todo ¡¡Todo!! está cubierto de las mas extraña vegetación. Ni un palmo de la pared, ni un trozo de campo en las laderas, ni un claro en las mesetas superiores. Árboles que semejan neuronas se apretan entre ellos formando auténticos muros de vida, la luz es inexistente allí dentro, las raices sobresalen medio metro por encima del suelo, creciendo por donde pueden. Líquenes y helechos, trepadoras y flores cubren troncos inmensos, miríadas de sotobosque tapizan los suelos bajo los arbustos y las plantas. Iris de tonalidades de verde forman un interminable óleo que la lluvia ha tenido a bien conceder a este paraíso de vida. Deben ser los bosques con los que soñaban Monet y Cézanne. Nunca a mis ojos un bosque ha dejado de lado el sentido plural de su nombre para crear un ente individual con tanto poder. La fuerza y obstinación de la naturaleza me hacen sentir tan pequeño, y a la vez tan orgulloso de formar parte de sus designios en ocasiones…

En todo el día no me quito el estado catatónico, todo está tan lejos salvo este paisaje, no presto atención a la comida, ni al frío, ni al hecho de que hoy tenemos 300km por hacer, a nada. Si hubiera viajado hasta aquí sólo para haber disfrutado de esta mañana, hubiera merecido la pena igualmente.

Paseamos por una playa donde la mar ha creado cuevas, cascadas y extrañas erosiones a la que llegamos tras andar un tramo de bosque “acondicionado” para los turistas. Luego visitamos una cueva, pequeña y corta pero desde la que se oye el mar con una nitidez sobrenatural. El frontal que me traje por si alguna ruta se nos hacía tarde nos hace bella honra.

Por último queremos hacer uno de esos senderos “peligrosos para hoy” que sigue el curso de un riachuelo y acaba en una cueva muy bonita. Empezamos a andarlo con lluvia fina y al poco hemos de dar marcha atrás porque llueve un montón, y a Luis no le apetece estar 4 horas en remojo. ¡Una lástima!

Echamos un bocado y cogemos carretera hacia el siguiente destino: Franz Josef Glaciar, situado en el centro de la costa oeste, al lado del pueblo del mismo nombre, y del que nos separan 300km.

La carretera es muy bonita, pasamos por zonas de playas largas y arenosas, campos con árboles preciosos, bosques, acantilados, lagos cristalinos, pequeños pueblecitos estilo “far west”. La carretera curza repetidas veces una desvencijada vía de tren, en pasos a nivel sin barrera donde apenas una señal de “Ceda el Paso” nos separa del tren. Es complicado que en tan poco espacio asfalto y traviesas confluyan en tantas ocasiones. Siguen sucediéndose puentes unidireccionales, y el colmo llega en 2 puentes seguidos, de unos 400-500mts que son de uso común para los dos carriles y el tren. Claro que de un solo carril, con lo que a los coches nos toca esperar encima de los raíles. Subrrealista, aún me arrepiento de no haberles tirado fotos. Luego nos enteramos que pasan muy pocos trenes y apenas hay accidentes o problemas, y viajan muy despacio.

Llegamos a Franz Josef, miramos Internet en un autobús reconvertido en café y seguimos un poco adelante, hasta Fox, el pueblo del glaciar gemelo a Franz Josef, el Fox Glaciar. Allí al lado hay un pequeño lago, Matheson lake, que es conocido por los reflejos en la superficie de las montañas nevadas: Cook y Tasman, los dos montes más altos de Australasia. Este será nuesto lugar para pasar la noche hoy. Damos un paseo por el lago, aunque el cielo está nublado es un bonito recorrido, buena parte del cual se hace por unas pasarelas de madera que cruzan una zona algo pantanosa en el sur del lago. Como se lo curran estos kiwis!!

La vuelta entera al lago dura hora y media y hemos salido sin chubasquero, así que ya sabéis lo que ocurrió, jejeje.

Cenamos cordero a la plancha y espinacas con bechamel y a dormir que al día siguente tenemos una excursión en el glaciar Franz Josef, y hay que madrugar.

lunes 1 de septiembre de 2008

Crónicas Neozelandesas. Día 4 (12/11/07)

Amanece despejado en Hanmer Springs, buen síntoma para lo que nos espera: 2 rutas y unas horas de aguas termales.

Sacamos la camper del camping y tras unas vueltas por el pueblo aparcamos al lado de las aguas, al lado de 2 secuoyas (o similares) de un tamaño bestial, que a su lado la camper parece de playmobil.
La primera ruta consiste en 30 km todos de pista, subir a una meseta donde empieza un parque nacional y volver a bajar por otro lado.
Desde la subida, que tiene unas rampas elegantes, se divisa un paisaje precioso. Hanmer Springs (300mts) está enclavado justo al pié de una bonita montaña de 1300mts, cuyas laderas centrales están repletas de árboles y zonas de tala. En dicho bosque es donde haremos unos senderos que mantiene el club ciclista de aquí, pero eso será en la segunda ruta. Al otro lado del pueblo está el río más grande que veremos en toda la isla. Un mangazo de agua tremendo, que corre en medio de un cauce brutal, una ribera de casi 1km de anchura que forma el fondo del valle (Luis, como buen albañil, piensa en las cubas de hormigón que podría llenar con semejante cantidad de grava), y a cuyos lados, salvando la zona donde se haya enclavado el pueblo, suben con fuerza las montañas. El río se interna en los Alpes Neozelandeses, y habremos de seguirlo casi todo su discurrir para cruzar a la costa oeste por el Paso de Lewis.
Se notan en las piernas los 2 días seguidos de bici, y también el viento que sopla con alma de cara y hace más dura la escalada. Como la pista está muy cuidada parece que subamos por carretera (Nueva Zelanda tiene muy poco asfalto. Una vez que sales de las carreteras principales y de los pueblos de tamaño medio, la gran mayoría de carreteras están sin asfaltar, incluidas casi todas las que van a estaciones de esquí, parques naturales, lagos, zonas de montaña y muchos pueblecitos pequeños. Son de tierra y grava, pero cuidadas con mucho mucho mimo).
Una vez coronada la subida, en un collado a 900mts, nos ponemos los cortavientos y bajamos un poquito hacia la meseta por la que fluye un río famoso por sus truchas, y que es pescable pese a su condición de espacio protegido.

Aquí el viento sopla menos, y ciclamos siguendo el curso del agua lentamente, haciendo fotos al paisaje, que es totalmente árido. Un cambio enorme con las anteriores jornadas, repletas de verde. Apenas unos matorrales entre toda la piedra y la tierra, en un espacio que me recuerda a Guara, pero sin la belleza salvaje de nuestra tierra. Se nota que aquí el aire pega de contínuo, pues ha sido cruzar el collado y desaparecer los árboles.

Abrizones y sargueras o similares pueblan las laderas. Es una ruta muy famosa esta que hacemos, pero me desencanta un poquito, por la aridez y monotonía del terreno y porque todo es pista, especialmente el trozo que tenemos que bajar hasta el pueblo, 600mts de desnivel en apenas 4km, vaya descenso mal aprovechado!!! Llegamos abajo con los discos de freno al rojo vivo, pobres pastillas las mías aguantar mi peso por estas pendientes con unos discos de 160 y 140mm.

De vuelta al pueblo comemos un poco el un parque y nos embarcamos en la segunda ruta, un sendero llamado Dog stream track que se interna en el bosque. Es muy estrecho, y pasa entre infinidad de arbustos de un amarillo intenso que saturan los ojos al tiempo que asciende el curso del arroyo que le da el nombre al sendero (arroyo del perro). En cuanto abandonamos el agua el singletrack se hace muy exigente, rampas brutales con mucha raíz y una estrechez que apenas cabe el manillar. Casi todo el km final de subida lo hacemos a pata, y es que ganamos 200mts de desnivel en dicho tramo.

Una vez arriba me pongo la cámara para grabar y comienza lo bueno del día: Sendero fácil y estrecho, todo de tierra al principio, muy cuidado y limpio por el que bajamos encantados. Primero Luis tira delante, pero luego me cede el puesto en una parte que volvemos a ganar un poco de altura. Llaneamos y de nuevo, desde lo alto de un cerro nos tiramos, ahora una zona abierta y más empinada, muy rápida y con algún escalón. Al comienzo de las zonas “malas” ponen un cartel con XXX. Al llegar al segundo cartel el sendero se mete dentro del bosque, y todo se vuelve oscuro, imposible grabarlo, aunque ya me he quedado sin cinta por hoy. Se suceden las curvas, que bien han aprovechado el espacio, dan mil vueltas entre los troncos, peraltando muchas curvas y cortas rampas de subida tras las curvas más rápidas. Sólo son 2km de sendero, pero han cundido bastante más. Me he divertido un huevo y parte del otro, buena compensación a la ruta anterior!!!

De vuelta a la camper, nos cambiamos y de cabeza a las aguas termales. Es muy baratos, 6$ por todo el día, aunque tan sólo nos quedamos 3 horas. Primero media hora de baño turco, y luego a las piscinas exteriores, a distintas temperaturas, desde las de 41ª hasta los 28º de la piscina grande. Mi favorita, una con cascadas a 37º si bien no puedo estar más de 15min en ninguna porque la inactividad me mata. Luis está como un hipopótamo, observando las neozelandesas (igual que yo) y chapoteando a su gusto.

Anécdota, hay en las piscinas un grupo de crios españoles, de la ESO que están de viaje de estudios, a que colegio deben ir los cabritos!!! Aún los volveremos a ver en Queenstone.

Nos vamos y carretera adelante hacia nuestro siguiente destino: la costa Oeste. Conduce Luis, y no le ha pillado mucho el tranquillo a las anchuras, pues en los puentes, donde se estrechan los carriles (muchos son de una sola dirección) se sube al bordillo en 2 ocasiones, la primera de ellas a considerable velocidad. La camper se inclina de lo lindo del golpe, y se me ponen los huevos de corbata. A la derecha, un barranco que baja a pico hacia el río en forma de cataratas…Milagrosamente ni volcamos, ni reventamos rueda y llanta, ni nada de nada. Ni un rascazo. Aún no me lo explico…


El camino es precioso, y en vez de pararnos en Reefton, un pueblo minero del 1800, primer lugar del mundo en tener electricidad en las calles seguimos para adelante. En teoría mañana tocaba ruta aquí, 50km de pista por una zona minera abandonada, pero Luis está cansado y a mi no me motiva mucho hacer tanta pista, así que cogemos dirección a la Costa, a un pueblecito minúsculo llamado Punakaiki, en el parque nacional de Paparoa, famoso por unas rocas con formas extrañas en la costa. Yo aún no lo sé, pero sin ser lo más espectacular del viaje, va a ser lo que más me guste y me impresione, ya veréis, ya…