Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

11 nov. 2011

3 libros, 3

Todos ellos leídos este otoño, desde octubre hasta noviembre. 2.000 páginas de amistad y odio, de aventuras e introspección, de naturaleza y vertederos, de magia y mendicidad, de armas de fuego y puñetazos, de ladrones y asesinos, de jardineros y científicos, de muchas clases de héroes, de 3 prosas completamente antagonistas. De 3 mundos tan alejados como una bellota de un iceberg, que sin embargo coexisten ya entrelazados en mi memoria. 3 escritores con algo en común, su excepcional capacidad narrativa y sobre todo descriptiva.

1 Suttree, de Cormac McCarthy

Desde hace un par de años, tengo a este hombre en el pedestal de “escritor de cabecera” pese a que lo lea con cuentagotas. Y es que nadie puede aspirar a tomar la obra entera de Cormac, leérsela de seguido y conservar la razón.
Sus libros son crudos, duros, alejados de toda diplomacia y “decencia social”. Cuando los empiezas, deseas acabarlos. Cuando los vas a terminar, deseas haberlos finalizado, y cuando por fin cierras la contraportada, te maldices por haberlos abierto. Sin embargo luego los rumias, los piensas, los asimilas y pasan a formar parte de tu aprendizaje como lector.
Con McCarthy he descubierto un nuevo Coronel Kurz (el tercero, tras El Corazón de Las Tinieblas y Apocalypse Now) en “Meridiano de Sangre”, o un Mad Max de padre e hijo en “La Carretera”.

Con Suttree inicias la lectura pensando en cómo la vida de un vagabundo da para tantas páginas y para que el libro sea considerado una de las mejores novelas del S.XX. Al acabarlo, dudas. Un més después ya tienes despejada la ecuación.
Cornelius Suttree no es un buen hombre, eso queda claro al poco de empezar el libro. Y pese a ello acabas cogiéndole cariño. Además cuenta con dos cualidades tan perfectas como desoladoras: cuanto mejor quiere hacer las cosas peor suerte tiene, y es capaz de alejar de el a cualquier persona que se le desee acercar.
Suttree es muchas cosas: pescador, vagabundo, borracho, pobre, leal, tranquilo, protector… Algunas de estas cosas las ha elegido el por propia voluntad, el resto da la impresión que le han ido apareciendo tras elegir las primeras.
Y sobre todo Suttree es alguien que detesta cualquier tipo de compromiso, atadura o responsabilidad. Eso es lo que le ha llevado al punto en el que el libro nos lo presenta, y continúa siendo parte esencial de su singladura.

Siendo Cornelius Suttree un personaje realmente formidable, a la altura de los mejores jamás creados por un novelista, un compendio perfectamente amasado de diversas facetas y comportamientos, de miedos y esperanzas, de ansias y deseos, todo ello ensamblado con tal perfección que no se le advierte resquicio alguno, lo mejor que hay en el libro es, como siempre que escribe Cormac, el “Como”.
Porque la capacidad narrativa del autor es sobrehumana, su prosa es una obra de arte capaz de describir un pozo de cieno tal y como un pozo de cieno es, y además hacerlo con una elegancia casi milimétrica. Y no sólo son lugares, también son sentimientos, actos, situaciones, pensamientos…
McCarthy cuenta con la más poderosa artillería en símiles y metáforas con la que nunca me haya encontrado.
Sin llegar a la exhuberancia alcanzada en Meridiano de Sangre, Suttree es un libro que disfruta de su propia galería de imágenes. Como esas fotografías de mediados de siglo pasado en blanco y negro de Henry Cartier-Brensson, la novela es a ojos y mente del lector, un fotograma en cada página, un retrato en movimiento preñado de detalles que evoca en nuestra mente el momento y el lugar en que ocurre todo. Y si Cormac quiere que alguna acción o algún capítulo deba ser algo más efímero y borroso, como una experiencia que Suttree quiera olvidar más adelante, consigue que a nosotros los lectores nos ocurra igual. Los hechos en los que se ancla la mente del protagonista siguen vívidos en la nuestra, mientras que aquellos que su cabeza borra, nosotros también los recordamos con menos viveza.

Eso se parece más a la magia que a la escritura, y es por ello que este libro es lo que es.


2 El inventor de palabras, de Gerard Donovan


Opuestamente a Suttree, este libro es corto y ello hace que, sin ser nada fácil, sí sea más digerible.

Se trata del típico caso en que buscando sin saber qué por Internet, acabo encontrando un magro resumen de un libro con una portada (un árbol a medio cortar junto a un lago, en medio de unos inmensos bosques) y un título que me resultan tan sugerentes que me obligan a indagar más. Y ello deviene en su compra. Y al contrario que en la mayoría de ocasiones, en acierto. Eso sí, este libro puede no gustar nada a mucha gente. Si no se intuye la verdadera motivación del mismo, resultará frío, innecesario e inexplicable (lo digo a la luz de alguna crítica que he leído por la red que se queda en la superficie)

Julius Winsome es un tipo extraño, eso no lo sabemos pero lo intuimos. Antes de abrir las páginas, lo único que hay claro es que vive solo, en medio del bosque, rodeado de miles de libros y con su perro Hobbes como fiel compañero. Un Hobbes que muere por el disparo intencionado de un cazador en el primer capítulo del libro. Cualquiera que tenga un perro sabe cómo puede hacernos sentir algo así. Y Julius no es excepción.

Esto desencadena dos cosas: la primera la búsqueda del asesino de perros, la segunda, la germinación de otra novela. Y es que no tiene nada, pero nada que ver el libro que empezamos con el que acabamos.
Los recodos oscuros de la mente aparecen para jugar las cartas decisivas de la novela, para erigirse en la brújula que sigue Julius. Porque la soledad y la distancia de la gente, de casi toda la gente, y los 3282 libros que llenan las paredes de la cabaña han contribuido a que Julius cuente con una visión diferente y propia de la justicia y las reglas sociales. Y claro, hubo una mujer de por medio.

Es por ello que esta novela se hace tan profunda, pues escarba en terreno complicado, resbaladizo y tabú. Afloran sentimientos y comportamientos que a casi todo el mundo le han venido alguna vez a la mente, y que no son fáciles de reconocer a uno mismo. La búsqueda interior que realiza Donovan en esta novela es encomiable, pues nos va diseccionando y mostrando una parte de la condición humana que es muy difícil de tratar: recuerdos, costumbres, ideas demasiado rumiadas, obsesiones, desempatización…hilos tejidos por separado que acaban por dar forma a una psique única y casi medieval.

Y todo ello, como en el caso de Suttree, va enmarcado en una prosa poética excepcional y unas descripciones igualmente detallistas y tan sedosas o afiladas como sea menester. En esta ocasión la escritura no es el summun del libro en sí, sino que ayuda a contextualizar el lugar y suavizar ciertos acontecimientos, haciéndolos más digeribles. Y nos permite ver a Julius desde fuera, en tercera persona, y no meternos dentro del personaje, lo que sería del todo erróneo para la novela.
Pese a ser un libro corto, es largo para la cantidad de cosas que ocurren, y ello se debe a la cantidad de recuerdos expresados, flashbacks del protagonista, y al minucioso trabajo de Donovan en componernos la postal.

Si Suttree es un libro fotográfico de autor, El Inventor de Palabras es una serie de postales dedicadas.


3 El Temor de un Hombre Sabio, de Patrick Rothfuss. Segunda parte de la trilogía Crónica del Asesino de Reyes

El segundo libro de Kvothe, la segunda entrega de las crónicas de su vida, desde que nace y crece con sus padres en una troupe itinerante de músicos Edena Ruh, hasta el momento actual, sentado en una mesa de su posada en una aldea perdida, alejado de todo lo que fue, convertido en Kote un anodino posadero.

Un mundo de fantasía, completamente inventado, pero como no puede ser de otro modo, con reminiscencias de tantos otros, reales o ficticios.
Como digo es el segundo libro de 3, pero es todo uno, al menos por ahora, y pueden perfectamente ser interpretados en su conjunto.
Estamos hablando de fantasía, pero una fantasía que no se aleja demasiado de lo que sería un mundo medieval, casi renacentista en ocasiones. Con magia, eso sí. Y dragones, y hadas, y monstruos. Y desde luego con reyes, princesas, bardos, bandidos, mercenarios… pero también con universidad, medicina, matemáticas, química...

Un mundo atrayente, tan diferente a otros como pueden ser los demás entre sí y con este.
Y una historia que va trepando por la espina dorsal para implantarse en el cerebro y no querer salir. Muy bien contada, muy bien narrada, y, al igual que los libros antes tratados, excepcionalmente bien descrita. No he leído ningún libro de este estilo con unas descripciones tan bonitas, unos símiles tan precisos y hermosos.
Una prosa que te engancha a la historia de Kvothe y que te hace imposible soltar el libro hasta que lo acabas, leyendo capítulo tras capítulo con ansiedad, con necesidad, y que te deja con el mono de saber que falta un año para el tercer volumen de la saga.

Para mí, la historia es una sucesión de cuentos con los mismos protagonistas. Un continuo de peripecias, muchas de ellas que si las sacas de la historia principal apenas le afectan. No tiene nada que ver con los mundos inmensos de El Señor de los Anillos o Canción de Hielo y Fuego, complejos, perfectamente estructurados, con una historia y un folclore detrás que se remonta a cientos y miles de años, y que está ahí aunque no tenga nada que ver con las historias. No, para nada. Estos libros podrían ser perfectamente un Guerra y Paz de Tolstoi, un Las Guerras del Peloponeso de Tucídides…

La Crónica del Asesino de Reyes es otra cosa, es una sucesión de fábulas, de cuentos para niños, pero para adultos.
Ojo, no me malinterpretéis, cuando hablo de “cuentos” lo hago con el máximo respeto porque eso es precisamente lo que quiere ser. Aspira a ser un cuento para mayores, y eso es lo que es. Y no es nada fácil. Actualmente para mí sólo Neil Gaiman escribe mejores cuentos, y estamos hablando de un auténtico genio. Alatriste es un cuento, y pese a las enormes críticas que recibe (a mi juicio pocas fundadas) no aspira a ser una novela histórica, y sí una serie de cuentos. Y en general son buenos, algunos mucho (el último es el peor, con diferencia).
Peor me parecen los libros como “Los Pilares de la Tierra” que nacen con ínfulas de ser más de lo que son.

Así que dejando claro lo que vas a encontrar en estos libros, para que no busques lo que no hay, si te acercas a ellos, disfrutarás como un niño, pues hay humor, mucho humor. Aventuras, amor, magia, erotismo y sensualidad, tristeza, dolor… y también zonas oscuras, de esas que no esperarías encontrar aquí. Las hay.
Muy pocos personajes están desarrollados, apenas Kvothe y Denna. El resto cumplen su papel, aparecen cuando les toca, realizan su cometido dignamente, pero no tienen un trasfondo poderoso y bien tejido. Pero claro, salen tantos que sería demasiado largo hacerlo.

Y los cuentos en sí, son todos preciosos, ya sea por divertidos, emocionantes, picantes o dolorosos. Es cierto que en esta segunda entrega hay un par que se me hacen demasiado lentos y en exceso alargados, pero ninguna queja.

Un libro tan fácil de leer como dibujar una sonrisa, bien escrito, lejos de los clichés y estereotipos que inundan la fantasía “regulera”, que a veces te sorprende cuando esperas un desenlace “típico” y que sobre todo cuenta con un maravilloso lenguaje figurativo.
Y que ha llevado a mucha gente a entrar por primera vez en este estilo.

El problema es que te engancha, dejarías todo por leerlo (y mis ojeras lo denotarán) y cuando se acaba, falta tanto para el tercer y último volumen…
Aunque, tal y como va la historia, me extrañaría que acabara en el tercero. Esto ya es elucubración personal, pero yo creo que tras el tercer libro, todavía vendrán varios más con este mismo personaje.
Y si no es así, de verdad que creeré que el final de la historia ha sido pésima, porque no se puede acabar todo lo que parece que falta de crónicas, al ritmo que van, en un solo volumen.
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