Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

27 may. 2008

Un paseo por las nubes (parte III de IV)

Tan tranquilos charrando en el alféizar de una ventana, viendo la lluvia rebotar contra el empedrado de la calle, y de repente alguien toca a rebato, nos subimos a nuestras monturas y no han pasado ni 2 minutos que ya están los chubasqueros calados, las piernas mojadas y la cabeza húmeda, mientras cruzamos Ainsa, el río Cinca, y nos desviamos por la antigua carretera a El Pueyo de Araguás.
Un trocito de asfalto nos ayuda a calentar hasta que entramos en el cauce del Barranco del Soto, zona de planchas margosas de fácil ciclar que pese a la lluvia de hoy baja suave y claro.
Pocos minutos después abandonamos el barranco y comenzamos la subida propiamente dicha a Santa Catalina, ermita que hay en lo alto del Cerro L´Afeitau, al que se llega vía Villarcillo y O Buixitar. Es una subida agradecida, sin grandes desniveles, donde no se forma barro, sino que el agua baja por la pista formando pequeñas torrenteras de escasa erosión.


Mientras todos suben bajo el repicar de la lluvia, Oscar y yo conspiramos acera de la ruta, y en una decisión bilateral (el, yo y nadie más) decidimos hacer la ruta completa, que comprende un bucle que nos hará retrasarnos media hora o más, siempre con la mojadura presente. Seguro que la decisión multilateral hubiese sido la misma, pero para qué arriesgarnos, ¿verdad?

El bucle comprende el inicio del sendero del Sarrau Chico, que al principio sube un poco para luego bajar entre caixigos y pinos a gran velocidad, por un piso llano y sin dificultades. Al cruzarnos una pista abandonamos el sendero, que continúa hasta Arro, (que nos caería ya muy a desmano) y volvemos a remontar lo descendido hasta empalmar nuevamente con la pista de Santa Catalina. Hasta parece que quiere aclararse el día y la lluvia cesa. Ilusos…
Continuamos subiendo, los cambios chirrían y empiezan a fallar, mi móvil ha muerto encharcado pese a que aún no me he enterado, las zapatillas están caladas, el casco rezuma agua, y todos seguimos riéndonos como tontos del bote.
Finalmente alcanzamos la parte alta, la cota 1000 de Santa Catalina. Donde otrora el Pirineo y la Peña Montañesa forman una visión preciosa, nos encontramos hoy con nubes bajas, cordeles de niebla y muros de lluvia (uno de ellos sobre nosotros).
Calzados de protecciones nos enchufamos a la bajada, con barro saltando a la cara, sin ver un sacramento, fartos de agua…hasta que catacrack!!! Antonio se carga la patilla del cambio, en el momento que empieza de DILUVIAR. No sirve de nada el chubasquero, ni el casco, ni las gafas, nada nos cobija. El chaparrón apenas deja ver cincuenta metros delante nuestro, y eso en parado. Es similar a la penumbra de la anochecida.
Casi acabada la reparación, Carol siente la necesidad de tocar las pastillas del freno, con lo que se alarga un poco la espera, pero enseguida (para lo que era) volvemos a enfilar el descenso, que tras un trozo de encharcada trocha nos conduce a un PR trialero y lleno de piedras.
Que digo trialera, nos vamos a lanzar por una puta cascada, un torrente de montaña en toda regla.


Las piedras están escondidas por un palmo de agua, la bajada se hace intensísima, chapoteando y tomando las curvas Dios sabe cómo, acelerando todo lo posible, con la rueda metida en el torrente, las sensaciones resultan indescriptibles, no se ve nada, a veces toca cerrar los ojos (suerte que me la conozco bien, pero las lentillas estaban llenas de arena al llegar a casa) y dejarte guiar por la bici ¡¡¡Cómo trabaja el material!!! Hasta Alberto baja un trozo con una rueda sin aire, gracias al colchón que ofrece tantísima agua. Durante la parada para arreglarla, mientras sigue cayendo lo indecible, no hacemos sino pegar gritos de éxtasis y adrenalíticos, hasta Carol sufre el llamado “Síndrome de Stendhal”.
El siguiente tramo, más de lo mismo, pero más llano y por tanto más vertiginoso. Estamos todos gozando de lo lindo, y llegamos al clímax poco después con el sendero final, unos toboganes de margas bajo El Soto que se hacen preciosos bajo la lluvia. Ha sido la leche, y eso que Alberto tiene que arreglar el enésimo pinchazo.



Impresiona el final, pues pasamos por el barranco del inicio, donde hemos comenzado por su cauce, que ahora baja de lado a lado con más de 50cm de agua lodosa de aluvión. Fiel reflejo de todo lo que nos ha caído encima estas casi 4 horas.
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