Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

2 may. 2008

Una gran visión

Hasta Periódicos como el AS nos dejan de vez en cuando perlas que merecen ser rescatadas. Os animo a que leáis la columna de ayer 01/05 de Sebastián Álvaro, director de "Al filo de lo imposible" porque merece la pena, ya que habla de la montaña y de la vida, que para algunos de nosotros quiere decir lo mismo, pero para otros es algo tan diferente como una puesta de sol y una salida. Diferentes, seguro???
Como él dice, lo que nos atenaza muchas, demasiadas veces, es el miedo al miedo. Yo aún diría mas. Es el miedo a lo desconocido, a nosotros mismos, al desconocimiento de lo que somos capaces, y tenemos pánico de ver hasta donde podemos llegar, a quedarnos cortos. Y al no ponernos a prueba, nos quedamos en un limbo, el del: "y si..."
Y para mí, esto ocurre en todo, en los deportes y en la montaña, pero en el amor, con los hijos, en el trabajo, en la salud, en nuestras metas personales...
Hala, me callo ya, leer la columna que de eso se trataba el post...

Por Sebastián Álvaro:
Escribió Woody Allen: "No es que tenga miedo a morir, sólo quiero no estar allí cuando ocurra". El miedo se aloja en el hipotálamo, el cerebro primario que compartimos con el reptil que una vez fuimos, donde se activan las cuatro "ces": correr, comer, copular y combatir. Desde el punto de vista biológico, el miedo es una herramienta de supervivencia y es normal y beneficioso para el individuo y su especie tener miedo. Ya dice Manuel Vicent que los valientes son necesarios para salvar la patria, pero son los cobardes los que salvan la especie. No tener miedo nos haría tan vulnerables que no habríamos sobrevivido mucho tiempo y no habríamos prosperado.
En todo eso pensaba cuando estaba a punto de colgarme de una cuerda de 10 milímetros de diámetro con más de 120 metros de vacío, limpio y acogedor, a mis pies. En realidad es una tontería, me decía a mí mismo, he estado colgado muchas veces en sitios más peligrosos Pero eso había sido antes de que, el 26 de marzo de hace cinco años, viera cómo se caían dos compañeros de una pared de cien metros en el interior de un barranco de isla Guadalupe. Uno de ellos murió en el instante y la otra estuvo muy grave y le costó dos años recuperarse.
Recuperarse de sus fracturas, porque de lo otro no hay forma de recuperarse. Ese miedo te persigue toda la vida. Cada vez que te vuelves a colgar de una cuerda vuelven aquellas imágenes, el sabor de la saliva se transforma, el corazón tabletea como una ametralladora contra las sienes y hasta la transpiración huele de forma diferente. Supongo que es el sabor y el olor del miedo. Desde aquel fatídico día, por supuesto que he vuelto a estar colgado de una cuerda y me puesto voluntariamente en situaciones de riesgo, pero esa sensación de vacío, de dulce abismo, que te paraliza, mezclada con el recuerdo de aquellas imágenes de mis dos amigos cayendo, eso debía sentirlo para poder vencerlo. Porque en realidad lo que de verdad nos paraliza es el miedo al miedo.Lo dijo, al parecer, Alejandro Magno a sus soldados: "Todo lo malo que nos sucede en la vida no es la muerte sino por el miedo a la muerte". Así estamos toda la vida, luchando entre una fuerza que nos ata a la tierra y nuestros deseos que nos llevan al cielo. No hay que renunciar a uno ni a otro. Ahora mismo mis compañeros estarán saliendo para alcanzar la cima del Adula. Es una jornada dura, con tramos peligrosos, hace demasiado frío, hay muy poco oxígeno, la previsión del tiempo puede variar y sólo este elemento puede ser determinante. Seguro que ahora, mientras escribo estas líneas, Edurne, Iván, Alex, Ferran, Fercho, Nacho estarán sintiendo miedo mientras se calzan las botas y se echan a la gélida noche. Esa cima nos sabrá mejor.
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