Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

30 may. 2008

Un paseo por las nubes (parte IV de IV)

Parece que no estamos de suerte. Ha amanecido nuble, con una humedad tremenda en el ambiente, y además ayer cenamos en el Callizo (más correcto sería decir que bebimos, pues salimos a 1 botella de vino por cabeza). No parece un día perfecto para ciclar, ni siquiera para vegetar…
El desayuno nos levanta un poco el ánimo, al tiempo que las nubes se confabulan y levantan levemente el cerco en el que nos hallamos atrapado días ha.
Buscábamos una ruta de montaña para hoy, pero visto el tiempo no podíamos subir mucho, y en esas estábamos cuando Oriol nos encendió la bombilla. Combinar la Canal del Cinca con la Tira de Bies mediante una de las 7 Bajadas de Tella. 100% senda!!!!! Inmediatamente se me ocurrió empalmarle de inicio la subida (y consiguiente bajada) a la borda Musulié, uno de los privilegiados puntos desde donde otear todo el Valle de Pineta desde el Sur. Y así hacíamos algo de pista, que no era plan de malcriar en exceso a nuestros huéspedes.
En un lugar de Sobrarbe, de cuya hora no quiero acordarme, partimos con los autos dirección Hospital de Tella (no tiene nada de hospital, y sí de hospicio, pero algún incauto turista, a la luz del mapa, ha acudido allí en búsqueda de curación) donde íbamos a finalizar la ciclanda. Alberto aparcó el pistachomóvil allí y el resto de coches continuamos hasta el embalse de Pineta, encima de Bielsa.




Más nubes que claros, frío y unas dispersas gotas nos recibieron, conjuntamente con unas nubes enroscadas a los montes por encima del agua que preñaban el ambiente de una percepción selvática. Una pena, sin embargo, que los canariones no pudiesen admirar Pineta como se merece, pues para mí es, sin duda, el paradigma de valle pirenaico.
Debió haber un tiempo en que la gente sólo se mojaba por extrema necesidad, por el trabajo y el sustento. Para nosotros es época no existe, pues con 6ºC y amenaza de lluvia en el ambiente toca iniciar la ruta cruzando dos barranqueras y calándonos hasta los tobillos. Y todo por el endorfínico chute de la velocidad, el riesgo, el cansancio, la belleza, la abstracción y, porqué no decirlo, la compañía.


Ishos chóvens que marchan ta os puertos en fan as cosas mas reviradas, n´acabarán triparriba. Quíes manda tallálante con ishos trastes, con o simple ques trafucase en a canal…y pacabala de jodé borrascando.

Pues eso, más claro el agua, no??
Nos embarcamos pista arriba, escasos 350mts de desnivel a salvar hasta los 1500 de Musulié, zona de campos y borda donde pastaban unas vacas, y donde, así como quien no quiere la cosa, quedó bien claro quienes no ven vacas muy a menudo.
La primera bajada es un tramo de GR que nos conduce directamente al camino del canal, y si está húmedo es peligroso y complicado, como es el caso. Las primeras curvas, rozando el imposible, son magníficas, para continuar patinando por entre raíces y piedras y finalmente una zona rápida donde Javito empezó a exprimir la Bionicón Ironwood de Angelón.
El camino del Canal, uno de los senderos más hermosos que un biker puede hacer. Vía de servicio del canal que llevaba agua desde Pineta hasta Tella, y de ahí a la central de Lafortunada, se ha convertido en un recorrido indispensable para quien carezca de vértigo. Combina cortados de roca,


graveras,


túneles excavados en la pared,


caídas verticales de abismo,


senda entre vegetación exuberante,


repechos, llaneos,


curvas rápidas, pasos técnicos, zetas esquiables…y siempre, siempre, con el río Cinca corriendo a nuestros pies (bueno, 300mts bajo nuestros pies) en un murmullos que nos hace tenerlo muy presente. Es en épocas de otoño cuando los colores de caixigos y hayas pintan de colores el recorrido, si bien con una primavera tan exuberante y acuosa, resulta un privilegio observar los barrancos que caen fartos de agua entre las abruptas laderas del valle del Cinca.

Paramos a comer a mitad camino, y el Sol quiso ofrecernos de postre sus rayos, bienvenidos entre tanta nube, para tumbarnos sobre una de las múltiples piezas de hormigón que forman el mecano de la canal. A veces, en los tramos en que el sendero discurre por encima del canal, da la impresión de estar en el camino de un parque de ciudad.
Surrealista.
Ya cerca de Tella abandonamos el último tramo de canal para coger el GR15 que nos llevaba con más rapidez (y dureza) hasta el dólmen de dicho pueblo. Aquí, con las nubes amenazando mucho sobre la cabecera del río Yaga (próximo destino) nos preparamos para la séptima Bajada de Tella, Arinzué-Mirabal.
GR15 que baja a cuchillo entre el bosque y los campos, con todos los tipos de piedras imaginables: lajas, cantos rodados, gravilla, roca, secas, resbaladizas, porosas, lisas, sueltas, roca madre…bufff sólo recordarla me entran sudores. Una bajada donde se nota que trabaja el material, y donde enlacé dos hostiones seguidos en 2 curvas mientras trataba de despegar a Javito y su Ironwood de mi trasero, misión imposible.
El reagrupamiento abajo forma una escandalera digna de una manada de búfalos en celo, y tras un error de orientación mío (y del mapa de Alpina) llegamos a los llanos de Mirabal en el cauce del Yaga.
Un remanso de paz de tal magnitud merece una parada, y desde luego también ofrece una reflexión. Las prisas con las que vivimos, el estrés y las preocupaciones se olvidan allí por la fuerza. Recodo donde dejar pasar las horas y los meses embelesado entre tanta belleza. Todo el mundo debería tener acceso a un sitio así. Lamentablemente pocos tienen acceso, y penosamente, menos aún lo apreciarían. Visitadlo una tarde. O mejor aún, pasad un anochecer y un amanecer allí con todas las horas de por medio.
Con nosotros el Yaga se mostró rotundo, bravo, henchido de espuma y olas por el caudal arrollador que manejaba. Cómo salpicaba el agua al sendero en ese minúsculo tramo que ciclamos pegados a su orilla. Se te lleva y no te encuentran ni entre Juanillo y Tonino.
La mejor medicina para semejante jartada de eterealidad son 15 minutos de bici al hombro, los que tardamos en empalmar con la Tira de Bies, antigua Tira maderera que recorre el Yaga desde Escuain hasta su desembocadura en Hospital de Tella. El cansancio ya hacía mella, Nano y Carol parecían unos zombis, las ojeras le llegaban a Chus por los tobillos y mi lengua rozaba el manillar. Y aún faltaba el colofón del día, 1 hora de sendero revirado, creado por nuestros abuelos entre el humedal que es el cañón del Yaga, cubierto de vegetación exuberante, variada, verde verde y verde, cruzando barrancos crecidos a cada recodo del camino,
y con una tramo final, apoteósico, donde la senda traza una diagonal frenética por un terrero a gran altura sobre el Yaga, con espacio ínfimo para la rueda, en ocasiones la cubierta es más ancha que el camino y sin margen de error posible.
Sólo queda mirar al frente, confiar en la pericia del biker y pedalear con fuerza para ganar la velocidad necesaria que te haga pasar sin dudar las zonas erosionadas y las esquinas acuosas e imposibles (Ese Jipi, pequeño saltamontes que se quedó en grillo a mitad salto…).
Bueno, supongo que esto es todo, pues los siguientes días el trabajo hizo posible que reposase en vez de seguir la tunda diaria a que me sometía la Vieja Tronca (lástima no ciclar con Diesel, la próxima!!) y culminase la viajanda a la brava: Cena Calliza (de nuevo, alguno fue 3 veces en 4 días) y farra nocturna con desayuno argentino.

27 may. 2008

Un paseo por las nubes (parte III de IV)

Tan tranquilos charrando en el alféizar de una ventana, viendo la lluvia rebotar contra el empedrado de la calle, y de repente alguien toca a rebato, nos subimos a nuestras monturas y no han pasado ni 2 minutos que ya están los chubasqueros calados, las piernas mojadas y la cabeza húmeda, mientras cruzamos Ainsa, el río Cinca, y nos desviamos por la antigua carretera a El Pueyo de Araguás.
Un trocito de asfalto nos ayuda a calentar hasta que entramos en el cauce del Barranco del Soto, zona de planchas margosas de fácil ciclar que pese a la lluvia de hoy baja suave y claro.
Pocos minutos después abandonamos el barranco y comenzamos la subida propiamente dicha a Santa Catalina, ermita que hay en lo alto del Cerro L´Afeitau, al que se llega vía Villarcillo y O Buixitar. Es una subida agradecida, sin grandes desniveles, donde no se forma barro, sino que el agua baja por la pista formando pequeñas torrenteras de escasa erosión.


Mientras todos suben bajo el repicar de la lluvia, Oscar y yo conspiramos acera de la ruta, y en una decisión bilateral (el, yo y nadie más) decidimos hacer la ruta completa, que comprende un bucle que nos hará retrasarnos media hora o más, siempre con la mojadura presente. Seguro que la decisión multilateral hubiese sido la misma, pero para qué arriesgarnos, ¿verdad?

El bucle comprende el inicio del sendero del Sarrau Chico, que al principio sube un poco para luego bajar entre caixigos y pinos a gran velocidad, por un piso llano y sin dificultades. Al cruzarnos una pista abandonamos el sendero, que continúa hasta Arro, (que nos caería ya muy a desmano) y volvemos a remontar lo descendido hasta empalmar nuevamente con la pista de Santa Catalina. Hasta parece que quiere aclararse el día y la lluvia cesa. Ilusos…
Continuamos subiendo, los cambios chirrían y empiezan a fallar, mi móvil ha muerto encharcado pese a que aún no me he enterado, las zapatillas están caladas, el casco rezuma agua, y todos seguimos riéndonos como tontos del bote.
Finalmente alcanzamos la parte alta, la cota 1000 de Santa Catalina. Donde otrora el Pirineo y la Peña Montañesa forman una visión preciosa, nos encontramos hoy con nubes bajas, cordeles de niebla y muros de lluvia (uno de ellos sobre nosotros).
Calzados de protecciones nos enchufamos a la bajada, con barro saltando a la cara, sin ver un sacramento, fartos de agua…hasta que catacrack!!! Antonio se carga la patilla del cambio, en el momento que empieza de DILUVIAR. No sirve de nada el chubasquero, ni el casco, ni las gafas, nada nos cobija. El chaparrón apenas deja ver cincuenta metros delante nuestro, y eso en parado. Es similar a la penumbra de la anochecida.
Casi acabada la reparación, Carol siente la necesidad de tocar las pastillas del freno, con lo que se alarga un poco la espera, pero enseguida (para lo que era) volvemos a enfilar el descenso, que tras un trozo de encharcada trocha nos conduce a un PR trialero y lleno de piedras.
Que digo trialera, nos vamos a lanzar por una puta cascada, un torrente de montaña en toda regla.


Las piedras están escondidas por un palmo de agua, la bajada se hace intensísima, chapoteando y tomando las curvas Dios sabe cómo, acelerando todo lo posible, con la rueda metida en el torrente, las sensaciones resultan indescriptibles, no se ve nada, a veces toca cerrar los ojos (suerte que me la conozco bien, pero las lentillas estaban llenas de arena al llegar a casa) y dejarte guiar por la bici ¡¡¡Cómo trabaja el material!!! Hasta Alberto baja un trozo con una rueda sin aire, gracias al colchón que ofrece tantísima agua. Durante la parada para arreglarla, mientras sigue cayendo lo indecible, no hacemos sino pegar gritos de éxtasis y adrenalíticos, hasta Carol sufre el llamado “Síndrome de Stendhal”.
El siguiente tramo, más de lo mismo, pero más llano y por tanto más vertiginoso. Estamos todos gozando de lo lindo, y llegamos al clímax poco después con el sendero final, unos toboganes de margas bajo El Soto que se hacen preciosos bajo la lluvia. Ha sido la leche, y eso que Alberto tiene que arreglar el enésimo pinchazo.



Impresiona el final, pues pasamos por el barranco del inicio, donde hemos comenzado por su cauce, que ahora baja de lado a lado con más de 50cm de agua lodosa de aluvión. Fiel reflejo de todo lo que nos ha caído encima estas casi 4 horas.

24 may. 2008

Cocido de garbancillo



Este pasado jueves Pepe y Adán nos prepararon una "maraton de los barrancos" alternativa, y nosotros, despistados conejillos de indias acostumbrados al verdor y el frescor del Pirineo, acabamos con la lengua como una lija por la sierra de Armantes.
Senderos y barrancos a punta pala, calor, calambres, 50 kilometrazos y mil y pico metros de desnivel acumulado.

Nos juntamos en Calatayud 11 destalentados, léase Óscar, Peio y Javito por parte del comando Naburro. Xavi desde Lérida y Tonino, Juanillo, Oriol, Angelón y yo desde el Reyno de Sobrarbe. Junto con Pepe y Adán disfrutamos como crios de los toboganes de Armantes, los campos de trigo contrastando con la tierra rojiza, los "Castillos" que forma la erosión, y decenas de rincones sorprendentes. Nada que envidiar al Arch Canyon de Utah, ni a los desiertos de Arizona, y todo sin salir de Aragón. Las fotos hablan por sí solas.
Resulta extraño que un patrimonio tan soberbio pase desapercibido, mientras que en otros lugares ponen en relieve "atracciones" que no son dignas ni de figurar en la misma comparativa.

No se si me entristece o me alivia que un lugar así pase tan desapercibido.


Armantes ha sido una sorpresa, como también lo fué el jamón y queso, la ducha en el Pepe´s Gym y el poder descubrir una nueva conserva que añadir al extenso catálogo de productos delicatessen de mi tienda :)

23 may. 2008

Un paseo por las nubes (parte II de IV)

Ocurrió que, afortunadamente el Martes, día prefijado como RUTON amaneció con el sol radiando (no es que sonara Luis del Olmo, sino que se veía el sol, y daba calorcito) y aunque unas viles nubes nos estuvieron rondando cual buitres la lluvia no llegó al biker (o era la sangre no llegó al río??)
Tarde, muy tarde como de costumbre estábamos todos montados en las furgos, completamente preparados para marchar de cutas.
La conducción hasta Nerón pueblo pirenaico donde los haya resultó fascinante, Puede ser que nunca haya visto Añisclo tan verde, tan húmedo, tan bonito. El recorrido del cañón se queda en la retina, ya sea a pié, en coche o en bici, y al novato le entran ganas de volver en otoño, a disfrutar de sus colores y el murmullo del agua.
Finalmente, tras unas cortas y fotográficas paradas llegamos al punto de salida de la ruta; nos cambiamos, pusimos todo en orden, cremas solares, quitar el arnés a la perra (Moskowa nos acompañó como guía local), encender gps, colocar las calas en los pedales y ¡¡En marcha!!
La ruta, que aún no he dicho ni pío sobre ella, discurre por el linde sur-oeste del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido.
Remontamos hasta los 2200mts de la sierra de Las Cutas por la pista del mismo nombre (El uso y disfrute que se da a esta pista sería objeto de un post el doble de largo que el de hoy…lamentable) hasta llegar a los miradores que hay sobre el Valle de Ordesa, monumento paisajístico de magnitudes eternas.
Tan visto que lo tengo, y cada perspectiva, aún repetida, ofrece nuevas sensaciones, nuevamente se me pone la piel de gallina. Es la lluvia, el sol, las sombras, el otoño o la primavera, la nieve…cada vez es diferente. En esta ocasión, el contraste de la nieve con el Hayedo rallando el verde fosforito resultaba mágico.
Las nubes impidieron el completo gozo, ocultando completamente la Brecha, las Tres Marías y Bujaruelo.

Los Treserols se salvaron, pero tan sólo un rato. Suficiente para unas fotos mundiales.
A todo esto he de puntualizar que, querido lector, no se tarda en subir lo mismo que en leer, pues la panzada de 2 horas y más de 1.000mts de subir hace que el éxtasis del “momento-mirador” sea si cabe más “digestiva”. Pa cagarse, vamos.

Tras fotos, filmandas, meandas y car-car-candas variadas enfilamos el siguiente punto fuerte de la ruta: PR de bajada a Fanlo. Tres partes diferenciadas, tres tipos de conducción, un solo objetivo: gozarla.
Comenzamos con una parte de tasca (prados de altura), para continuar por una zona de lajas calizas muy técnica y finalmente un montón de curvas enlazadas entre bosque.
La bajada concluye en un recodo del barranco Grampe, al lado de Fanlo. Desde allí, y tras 3km de asfalto, un GR subibaja nos devolvió al punto de partida, donde los turistas realizaron sus trueques euros-boj.

Jornada fabulosa que concluyó con unas vistas al tonifanemovil perdiendo aceite…
Creo recordar, si la memoria no me falla, que la cena consistió en un arroz con pollo del Nano sencillamente espectacular, arte culinario de muchos kilates (de kilos).
El día siguiente, miércoles, amaneció lluvioso, plomizo, gris, soñoliento, infausto, etc etc etc. La ruta planeada iba a discurrir por el Valle de Chistau, subiendo al Tozal de Belicuangas, a casi 2.000mts y por razones evidentes hubo de abortarse.
Así que desayunamos con calma, y mientras unos perreaban, otros se volvían al sobre, y mi menda se ponía a currar, hasta las 11 que nos fuimos a la parte nueva de Ainsa para tomar café en Sanchez y charrar con Oriol y Ángel en Intersport.
El tiempo parecía aclarar, las ganas de ciclar (de algunos) estaban en pleno apogeo, y yo me conocía una ruta cerquita sin barro y que podía desembarazarnos un poco del mono.
Así que a cambiarse, y cuando estábamos listos, vuelve a arreciar el agua. Momento de duda, alguno abandona, otros esperan, hay opiniones para todos los gustos, y tras un buen rato de esperar cambiados y con las bicis listas, un iluminado (no se quien fue, lo juro) da la orden de marchar.
Así empezaba el Santa Catalina más surrealista de mi vida…

Fornos, la fuerza del agua


El pasado martes me fuí en un rato que tenía con Moskowa al barranco Irués, que forma un angosto valle a la altura de Lafortunada. Dejando el coche en Badaín, donde el Irués desagua en el Cinca, en hora y media a buen paso se recorre la mayor parte del barranco. Es una camino fácil de transitar (y ciclable) que va a media ladera entre un bosque muu denso, primero de pinos y caixigos, y luego de hayas y abetos. El tramo final está repleto de musgos, helechos, sotobosque, enredaderas, y mucha mucha agua (en estos momentos).

Con todo lo que ha llovido quería acercarme andando hasta el Chuzo de Fornos, que es la principal fuente de agua que recibe el Irués. Es una surgencia en la pared de roca que forma los acantilados del fondo del valle. Por encima, muy encima, se haya todo el macizo de Cotiella, queso grullere de la montaña donde los haya, todo surcado de covachas, simas, dolinas y grietas por donode en época de muchas lluvias y/o deshielo corre el agua en cantidades ingentes. Y mucha de esta agua aflora por Fornos. El ruido que se generaba comienza como un rumor mientras avanzas por el sendero entre las hayas, (sorteando decenas de otras pequeñas surgencias y barranqueras) va ampliándose conforme te acercas para estallar en un bramido ensordecedor en cuanto dejas la protección de los árboles y sales a la barranquera que el agua y el tiempo han excavado en la ladera.

No hay manera de cruzar la corriente, para poder tener una mejor visión del chuzo, que destaca más por el ruido que por la vista, medio tapado por las hayas y los espinos. El agua que sale a presión cae por una pendiente repleta de piedras, cantos rodados y rocas redondeadas, cubiertas de musgo, saltando, pulverizándose, creando rápidos blancos como la nieve de la que procede, atronando en medio del cañón en que ya se ha convertido el valle.

Es un sonido hermoso, grave, casi diría que relajante, que lo llena todo y pide que prestes al torrente toda tu atención. Incluso diría que la combinación del ruido con la fuerza a la que baja el agua, ahí, a solas, acojona.

Si tienes una tarde, no te importa andar por el monte, sin cobertura de teléfono, sin prisas, y con la cámara de fotos a cuestas, acércate durante el deshielo, en mayo-junio y con un poco de suerte verás el chuzo con todo el explendor con que se nos mostró a Moskowa y a mi.

Y a la vuelta, no te pierdas la panorámica que ofrecen Castillo Mayor y las Treserols enfrentadas entre la vegetación.

20 may. 2008

Un paseo por las nubes (parte I de IV)

Es un título tan malo como cualquier otro de los que se me ocurrían, muchos de ellos (como este) sacados de películas (por tierra, mar y aire; un plan sencillo; Pathfinder; Semana gastronómica…) Es una semana que no precisa de títulos, y por ello me he decidido al azar por uno de ellos. Quizás me ha gustado lo de las nubes, pues pega bastante con el cielo que nos ha tocado en desgracia (o gracia) estos días. El agua (siempre bienvenida) ha teñido con trazos épicos algunas de las rutas. Pero al grano que para variar me voy de bulerías…

Multitud de correos mediante, un viernes plomizo por la tarde noche comienzan a aparecer por Ainsa, dirección mi casa, un afamado grupo de bikers de esos de protecciones en astillero, badana antigua, rocín gordo y estómago corredor.
Gentes de allende los mares, otros de las tierras que hay pasados los grandes desiertos, extranjeros de lenguas ignotas, seres de tez cetrina y/o expresiones aterradoras.
Reata de anticristos ante la cual las agüelas escapaban directas al espantabrujas de sus chamineras, el Mosen repartía excomulgaciones (Alfonso, latae sententiae) y los niños escapaban presos del llanto.
Nombres como Carol, Melo, Nano, Toni, Jim, Potx, Pert, Adán, Pepe, Javito, Jesús, Chus, Santos, Jipi fueron entrando y saliendo del pueblo durante la semana, pero ya no se moverán de esta crónica, con todo lo que ello significa.

El recibimiento corrió a cargo de unas almóndigas preparadas con gran esmero por parte del aborigen (pues dado mi gusto por la higiene, estar dos semanas sin lavarme las manos fue todo un suplicio) que oficiaba de madre, usease, yo. Los primeros días el trabajo y una boda no me permitieron unirme a las rutas iniciales, pero la del tercer día fue otro cantar:
A mediodía recién plegado el curro, con el sol brillando sobre Ainsa (anote el señor lector este dato) enfilé con la flagoneta las carreteras de la “tierra buxo” dirección Buil, otrora plaza fuerte medieval de la resistencia al sarraceno. Escasos 4km antes de Buil, el cielo se hallaba cubierto, la carretera era un río de agua y barro y en las cunetas brillaban las hojas húmedas, las bolas de granizo y las BTT tope gama. Imagen surrealista a más no poder, lluvia a cántaros, carretera estrecha vacía y miles de euros en bicis desperdigadas por las márgenes. En una borda al pié del camino me esperaba un grupeto del comando de bikers, bien fartos de agua, chupiaos hasta el moño y tiritando. Y estos eran los que habían encontrado guarida…
Aparco, que si abortan misión, que si no, que si tengo frío, que si una subida pa calentarse, mientras discuten yo cojo y me visto de ciclista, saco la bici de la flagoneta y me planto en que la ruta hay que acabarla. En esto van llegando los demás, como recién salidos de un rafting y queda claro que unos quieren abortar misión, con lo que 5 inclasificables (omito sus nombres por respeto a sus familias) cogen mi flagoneta y se van a casa. Y nosotros, ya sin tormenta (que había quedado circunscrita a un espacio de 5km cuadrados escasos) nos fuimos a los dos platos fuertes del día: el Sarrastaño y la sierra de Partara, monumentos paisajísticos y senderísticos donde los haya.
El Sarrastaño, una cabañera de importancia tremenda en sus días, se descuelga por un acantilado rocoso desde Buil hasta Sarrato, formando una bajada a la que los adjetivos épica, brutal y trepidante no hacen justicia.

Por su parte la Sierra de Partara separa los núcleos abandonados de Sarrato y Sarratiás de Ainsa, y cuenta con un sendero recién rehabilitado que serpentea por toda su cresta, ofreciendo unas vistas de Ainsa incomparables.
Dicho sendero desemboca en un barranco, el Ena (tras una bajada vertiginosa, a la velocidad de la luz) que hay que vadear para poder salir a la carretera. Y claro, con tanta lluvia en su cabecera, lo que 4 horas antes era un hilo de agua, acabó siendo un mangazo de padre y señor mío que hubo que cruzar mojados hasta las gónadas!!!
Y para rematar el día, jarra de cerveza en la Plaza Mayor de Ainsa…¡¡bajo el sol!!