Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

22 may 2026

La Batalla contra el Olvido

 Muro de Roda (Muro Mayor en tiempos pretéritos, antes de pasar a depender del Obispado de Roda de Isábena) es una fortaleza religioso-militar que data de finales del S.X o principios del S.XI, como baluarte para la reconquista de los territorios que ahora componen el Sobrarbe y la Ribagorza. Tanto el castillo, como la iglesia de Santa María y la ermitade San Bartolomé han sufrido numerosas transformaciones durante este milenio, ya fuese por modas constructivas, por temas defensivos o por el servicio que se daba desde allí a la redolada, pues Muro de Roda era la cabecera política, religiosa y administrativa del valle de La Fueva. El ayuntamiento estuvo allí, así como la escuela, entre otros servicios.

pdf descargable sobre Muro de Roda

 

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Por ello no sorprende que las laderas que circundan la fortaleza estuviesen densamente pobladas y un sinfín de aldeas proliferaron a sus pies, bien protegidas: La Lecina, Sosiad, La Plana, La Corona, Ministirio, Pamporciello, Fumanal, Arasanz… Salvo contadas excepciones, todas las casas que las formaban están en ruinas, y si bien hay pistas forestales que llegan a ellas, toda la red de caminos tradicionales que las unían entre sí y con Muro de Roda desapareció reclamada por bosques y maleza.

Otros núcleos aún conservan vida, como el Humo de Muro, Aluján o Griébal, pero sus caminos sufrieron el mismo destino.

Este éxodo rural resquebrajó la vida de Sobrarbe (y muchas otras zonas) durante decenios y contribuyó a crear un estado de ánimo sombrío que tan bien retrataron escritores locales como Severino Pallaruelo (“Pirineos, tristes montes” es un libro de cabecera para mí). La desaparición de un modo de vida secular dio paso una nueva realidad en la que la oscuridad de las desventajas de vivir aquí tiznó el brillo de sus ventajas, opacadas todavía más por los cantos de sirena que venían de las ciudades, de los televisores, de la modernidad.

Los brillos de la ciudad se contaban al volver para alguna celebración, con ropa moderna y zapatos lustrosos, pero su oscuridad se omitía, pues contar toda la realidad no era plato de buen gusto. No fue tan diferente al migrante que llega ahora desde Mali o Libia.

 

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“Huye, polluelo mío, vuela del nido tu que puedes, estudia y vete a la ciudad. Ves a la universidad, trabaja en un banco, en una empresa, una fábrica, donde sea menos aquí.” Eso oímos una larga generación de sobrarbenses que nos íbamos con la sensación de que Sobrarbe era un mapa en blanco, pues salvo los pueblos habitados y cuatro valles y montañas reconocibles donde se agolpaban los turistas, el resto permanecía como una extensión invisible, un mapa a medio trazar que no merecía la pena completarse.

¿Y es que, cuánto caso se le hizo a Muro de Roda durante 50 años? ¿A las faldas de la Peña? ¿A montes como Partara, La Coasta, Nabaín, La Solana, Llerga o las sierras de San Vicente de Labuerda? ¿Cuánta gente tuvo interés por subir a ver la torre de Tou, tan vistera y cercana cuando se iba por la carretera? ¿O por visitar pueblos abandonados, recorrer bosques anónimos o subir montes invisibles?

“Ruinas, piedras, montes baldíos sin nada de provecho mas que para el ganado, los cazadores y recolectores y algún hippie. Conocerlos, entenderlos, apreciarlos era una pérdida de tiempo.” Tal era el pensamiento durante décadas de depresión generalizada. Décadas que, por suerte para Sobrarbe, han pasado a la historia. Décadas que, sin embargo, continúan corriendo en muchas otras zonas no tan diferentes y eso nos debe hacer valorar la suerte que hemos tenido pese a que aún quede mucho (muchísimo) por mejorar.

 

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Si hay algo que nos duele a muchos bien dentro, es la cantidad de sobrarbenses que se fueron para no volver sin realmente saber lo que dejaban atrás, sin el derecho a una elección imparcial. 36 años han pasado desde el punto de inflexión de la despoblación (de 23.000 habitantes en 1920 a 6.600 en 1990) y estoy seguro que quien ahora se va y no vuelve es porque realmente quiere o tiene que hacerlo.

Razones hay muchas, pero me niego a creer que una de las más importantes no sea el completar el trazado de ese mapa. Conocer, querer, saber, disfrutar, valorar los espacios en blanco que antaño no pudimos/supimos apreciar. Espacios que rodeaban los pueblos habitados, que teníamos al alcance de la mano para su disfrute en el día a día.

Espacios que mirábamos sin verlos, invisibles y carentes de utilidad y belleza. Porque la belleza natural se acotaba a Ordesa, Añisclo, Pineta… no a Guatarán, no al barranco de San Martín, no a Muro de Roda, no al cerro de Cotón. Y si eran espacios que no queríamos para nosotros, ¿cómo quererlos para otros? ¿Cómo ponerlos en valor?

La recuperación de la red de caminos tradicionales, un proceso ya totalmente imparable (y sin la que ya cuesta entender Sobrarbe) no solo nos acerca a nuestra naturaleza cotidiana, sino que lo hace también a esas raíces que el éxodo rural nos robó. Somos capaces de comprender un poco mejor la salvaje dureza de la vida en estos montes durante el segundo tercio del siglo XX, del incansable laborar de nuestros antepasados construyendo y manteniendo bancales, muros y caminos, piedra a piedra, golpe a golpe. Podemos recordar nombres olvidados y unirlos a historias que escuchamos de críos y ahora comprendemos, o pisar donde nuestros abuelos o bisabuelos lo hicieron, pero no nuestros padres. Tenemos a mano el ejemplo de cómo convivir con la naturaleza, de cómo construir sin traer productos del otro lado del mundo. Somos más conscientes de porqué tenemos unas tradiciones y no otras, de las raíces del acervo cultural que impregna nuestras costumbres, y hasta del latente subconsciente de nuestro modo de pensar.

 

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Por todo ello, de la mano de Zona Zero nació La Batalla del Inframundo. Porque en una carrera ciclista, por magníficos territorios que atraviese o por lo divertidos que sean sus sendas, no deja de ser más importante el fin que el fondo. Y eso no nos valía. Queríamos mostrar y hacer sentir el espíritu de esos caminos. Que están allí porque se erigió Muro de Roda, entre reyes y caballeros, monjes y curas. Que hay leyendas de héroes y magia. Pero que fueron sobre todo plebeyas y plebeyos quienes los recorrieron, los sudaron y los llenaron de historias, leyendas y tradiciones. Los desgastaron yendo a la escuela, a la iglesia o moviendo el ganado y acarreando patatas. Los anduvieron para ir a festejar a otros pueblos, para cazar, coger trufas o setas, para ir a por leña o carbón.

La Batalla del Inframundo es una lucha contra el olvido de nuestra historia, esa que casi nadie creyó importante recordar, y también una lucha contra lo que esa historia siempre omitió: que fueron ELLAS los cimientos invisibles de las casas, quienes tuvieron que renunciar a sus sueños para permitir los de ellos, quienes más sacrificios (voluntarios o no) hicieron por sacar adelante familias o mandar hijos a estudiar. Quienes más callaron. 

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El olvido casi nos arrebató nuestra tierra y raíces, nuestra cultura y tradiciones. Tanto los vecinos como los visitantes recorremos ahora ese mapa en blanco, si bien hay una gran diferencia. Nosotros, los vecinos, somos conscientes ya del valor de algo que casi perdimos para siempre y del esfuerzo que ha costado recuperarlo. Sabemos que es mucho más que un bonito paisaje, una foto de postal o un sendero divertido.

Y por ello queremos compartirlo con vosotras y vosotros.  Que experimentaseis ese sentimiento, que miraseis a Muro pero también lo vierais. Que recordaseis que por estos caminos pasaron caballos, guerreros, trabajadoras, danzantes o clérigos. Que al igual que el sábado, por estos caminos se subía el diezmo a la fortaleza (aunque esta vez erais vosotros quienes os lo trajinabais). Que un paisaje como este lo es porque las gentes de la zona lo han trabajado, llorado y sangrado. Que el fin no importa tanto, y es el fondo lo que realmente deja poso. Que a la belleza íntima de esta tierra no le hacen justicia reels ni selfies, y mucho mejor así. 

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Queríamos que os fueseis no sólo con ganas de volver, sino con aprecio y respeto para con los habitantes de Sobrarbe y sus costumbres, con más idea de su historia y vicisitudes, con el conocimiento de lo que costó hacer esos caminos y del cariño que merecen. Con el amor por los bosques, barrancos o roquedos y sus habitantes (flora y fauna), que de nosotros sólo necesitan que los dejemos tranquilos y les agradezcamos que nos den paso libre por sus hogares.

Que os fueseis con el recuerdo de que Batalla es una palabra femenina. Que Maïa es la responsable de cuidar los caminos que tanto disfrutasteis. Que cada vez venís más y sois heroínas a las que ningún caballero con espada y armadura os tiene que salvar; que es la Princesa quien resucita a su padre el Rey; que Susana, Sandra y Jara son los cimientos (ya nunca más invisibles) de esta casa. Que sin Valkirias no hay Gloria, solo Nada. Que docenas de voluntarias han seguido ayudándoos a cumplir vuestros sueños, solo que esta vez por deseo y no por obligación. Como Miyazaki escribió en El Viaje de Chihiro, "La verdadera valentía no consiste en blandir una espada, sino en hacer una promesa y no romperla"

 

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Ah, y si os podemos pedir algo más, es que compartáis este sentimiento, que lo transmitáis y cultivéis en vuestros pueblos. Que Sobrarbe no es un parque de atracciones, aunque genere atracción. Que la bici de montaña es mucho más que bici. Que los caminos son mucho más que caminos. Que esta tierra y sus gentes no piensa olvidar nunca más. Y que ahora también sois orgullosas custodias y custodios de este mapa, que estuvo a medio trazar y ya casi está completo

 

 Jorge Ruiz de Eguilaz Solanilla

 

PD: Mapas, en blanco o no, fue Angelón quien me enseñó su verdadero valor. El, como nadie que conozca, supo ver y transmitir que había que despejar la niebla que todavía tapaba tanto Sobrarbe. Es el gran ideólogo de La Batalla, y esto es en su honor. Gracias, amigo.

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3 nov 2014

Marboré



Desmenuza el paisaje tallando cuñas de hielo

Abriendo caminos de ganga en viras de roca

Modelando la caliza con las manos del tiempo

Sinuosas provocaciones en el reino de la fracción y elángulo

Floreciendo desafíos a la piedra, el sol y el frío

Acunando cauces de agua… o vertiéndolos con saña

Ascender una montaña de geometría fractal

Tiñendo el mundo de calidez bajo rayos crepusculares


Como un suspiro en una noche de sueño, el tiempo teje distintos tapices con el mismo ovillo. Nudos apretados por la urdimbre de la inmediatez que no alcanzan a ubicarse sobre el manto eterno del mundo mineral, hilado con la suave perfección de la paciencia. Una ciega perseverancia que vuelve dúctil hasta la roca más inmutable a tal velocidad que el parpadeo de toda una existencia no basta siquiera para intuirla.
O si no, la flor que brota y mustia con inmediatez, pero sus semillas se atrincheran en su exigua parcela de tierra, con la calma de quien sabe que el tiempo, su tiempo, nuestro tiempo, corre de su parte pues la floración no es sino la punta del iceberg de su singladura.
Tiempo cuya cuenta atrás, con penosa tristeza, escuchamos latir con la fuerza de una campana de bronce. Tañido a tañido, lágrima a lágrima, gota a gota se desangra el glaciar del Perdido, a la búsqueda de honrar su nombre. Perdido. Maldita honra.

Luz, esa otra modeladora de paisajes etéreos y fugaces, que sin embargo contienen el poder de inspirar, de soñar, de rememorar e incluso de viajar en el tiempo. Caprichosa fuerza que tanto nos obliga a perseguirla como nos congela en instantes que se tragan el tiempo como un agujero negro. Sin fondo, sin fin, sin que importe lo más mínimo todo lo demás.

6 sept 2014

Caminos

Rodando silenciosamente por estos caminos centenarios aún puede escucharse el rotundo silencio del repicar de los herrajes de las caballerías y el cansado azuzar de los muleros, moviendo aperos y personas de pueblo en pueblo, de valle en valle. Esta es la génesis de Zona Zero y espero que todos aquellos que ahora recorréis estas sendas, ahora llamadas singletracks sentáis al menos la centésima parte de la emoción que me llena cuando dejo correr mi bici por ellos.


Caminos por los que una recién casada transportaba su ajuar a la casa de la familia de su marido.
Caminos donde acechaban saltadores y bandoleros.
Caminos por los que nuestros ancestros acarreaban los bienes que cambiaban en otros pueblos vecinos.
Caminos pensados para recorrer la distancia con el menor gasto energético posible.
Caminos que jamás creyeron podrían caer en el olvido.
Caminos de cuyo buen estado dependían sociedades enteras.

Caminos entremurados con el fruto de espedregar el campo adosado.
Caminos por los que se reclamaron levas, desplazaron ejércitos y goteó la sangre en la tierra.
Caminos recorridos por pies descalzos de niño y las zarpas de perro, llevando al pastor el recado.
Caminos pavimentados de piedras que ya apenas recuerdan las suelas de albarcas que han raído.
Caminos en los que desaparecían sueños, mutados en ruina por una pedregada o un ramal ajado.
Caminos por los que marchó, pesádamente y con amargura, la última familia de muchos pueblos.


Azumbres de aceite derramados, talegas de harina vertidas, fanegas de esparceta volcadas...
Los toneles de vino que han visto quebrarse contra las piedras.
Las bestias de carga que han expirado junto a sus muros.
Inmensos árboles a su vera, cuya sombra ha cobijado amantes, secretos, traiciones y descansos.

Caminos que unían y separaban por igual.

Y mientras tanto la espinosa barza, el ocre líquen, la verde yedra o el pajizo lastón, silenciosos y pacientes, crecían entre las piedras, colonizaban muros y desgarraban la tierra antes, durante y después del paso de nuestros ancestros. Y son quienes ahora pueblan estos caminos, molestando el paso en ocasiones, embelleciendo las fotos en otras. 

Pasaremos senderistas, recolectores, ciclistas, cazadores o curiosos y ellos seguirán, recuerdo constante de la capacidad de la naturaleza para hacer etéreo y perecedero todo lo que el hombre construye.
Su aparente fragilidad no es sino una lección de la humildad perdida, del respeto olvidado, del ahogado sentido de pertenencia a la madre naturaleza. La que, queramos o no, nos cuida, escarmienta y vigila.

Antes, durante, después.

3 feb 2014

Collados



Matteo orando al Dios de la Montaña en el Collado Basibé

Según la wikipedia, Collado de montaña, también denominado portillo, paso, o abra, es el punto más bajo de una línea de cumbres comprendido entre dos elevaciones. Por este motivo, son usados para atravesar los cordales montañosos.
Compartiendo ruta con una pareja de vascos que encontramos
Si, supongo que la definición es correcta, pero no es la que me interesa. Un collado es mucho más que eso. Es un cambio completo entre dos lugares que pueden ser totalmente diferentes. Es un acceso, una puerta de entrada o de salida. Y es una perfecta metáfora de la vida.
Un collado, cuando estás en el fondo del valle, queda lejos, a lo alto, y requiere un gran esfuerzo para ganarlo. A veces en la vida ocurre lo mismo, vamos en una dirección y todo parece cuesta arriba. Ocasiones en que cuesta ver la salida, tan lejana ella. Épocas complicadas donde todo se reduce a esforzarse, tratar de ahuyentar los malos pensamientos, agachar la cabeza y tirar para adelante, dientes apretados y un paso tras otro, uno tras otro… No reblar!!
Últimas lazadas antes del Collado de Pleta Vella en nieve chelada
Seguramente, al igual que ocurre en la montaña, los momentos más duros serán los iniciales, el ponerse en marcha, con dolor en las piernas o en nuestro espíritu. Y el final, ese “un poco más, aguanta, que todo lo andado no quede en nada!” Pero al fin llegamos a nuestro collado particular, piernas abiertas, cabeza alta y mirada limpia, la belleza del esfuerzo y el cansancio empapada la ropa, alegría desbordante y éxtasis espiritual.
Y las lazadas finales antes del último collado del día, cómo se resistía! No reblar!
De frente, todo un mundo de posibilidades se nos ha abierto. Un universo, tapado antes por nuestro propio collado, despejado ahora por el esfuerzo realizado. Una recompensa en forma de caminos expeditos, ya sea  hacia el pico cercano, el valle del fondo o el horizonte interminable de nuestro propio deseo.
Nieve perfecta, gozosa!!
Todo es tuyo, con esfuerzo, pero ahora ya sabes cómo hacerlo, has aprendido que tiene recompensa, que el camino es irregular, y que es, en esencia, la magia de la montaña. O de la vida. Porque sin collados, la vida es plana, y si no he sufrido y trabajado para superarlos, para llegar arriba, jamás podría disfrutar como se merece la recompensa de otear ese panorama ganado a pulso, jamás podría valorarlo hasta que la felicidad me expanda. Y es que da igual que el horizonte sea una puesta de sol, este nublado o azul intenso. Es el camino y lo abarca todo.
Remontando la parte final del barranco donde nace el Isábena. Inmensa inmensidad

Como escribió Cormac McCarthy con una prosa lírica rallando la perfección en el último párrafo de “todos los hermosos caballos”:  
Cabalgaba con el sol cubriéndole la cara de cobre y el viento rojo soplando del oeste sobre la tierra crepuscular y los pequeños pájaros del desierto volaban gorgojeando entre los helechos secos, y caballo, jinete y caballo pasaban de largo y sus largas sombras pasaban en tándem como la sombra de un sólo ser. Pasaban y palidecían en la tierra oscurecida, el mundo venidero.
Matteo y el único árbol del día, otro que tampoco rebla
Y todo esto viene a cuento de nuestra ruta de ayer, atravesando nada menos que 4 collados con nuestros esquís a modo de caballo, con desiertos de nieve inmaculada, con viento del nororeste sobre una tierra de amanecida. Con una eternidad contenida en un sólo dia. Una huída al fin del mundo con, esta vez, collado final que nos devolvía a la (in) civilización, al montón de esquiadores, el ruido y el feo metal de la estación de Cerler. Bendita estación por otro lado, ya que hace que todos se concentren en unos pocos kilómetros de montaña, dejando el inabarcable resto para nosotros sólos.Y es que todo tiene su lado bueno, sólo hay que buscarlo.
Flanqueando la montaña para ganar el collado de Castanesa
PD: La ruta, Ampriú, Collado Basibé, Collado de Pleta Vella, Collado de Tous o Castanesa, Collado del Gallinero y de vuelta a Ampriú, sacada del blog de lameteoqueviene, gracias!! (y la imagen del mapa también)


Que todos se vayan a las estaciones y nos dejen esto a nosotros....

27 ene 2014

De Dioses y Niños



Dioses, ángeles, demonios. No tengo la más remota idea de si existen o existieron, de si son leyendas creadas por hombres para atemorizar y manipular a otros hombres, o nacieron de la necesidad de ser algo más allá de la vida, de confrontar los miedos de lo finito.
Da lo mismo, el caso es que yo no creo en ellos, en los que todos podríais nombrar. Pero tengo los míos. Y no soy el único. Porque si hay dioses en esta tierra, qué mejor representación que una gran montaña, tan hermosa como peligrosa, tan amenazadora como inmutable. O que un árbol tan descomunal que lleve una vida numerar sus hojas o contar los pliegues de su corteza milenaria. O que el agua, ser sobrenatural donde los haya, omnipotencia que tan pronto modela sinuosas esculturas de roca o tararea bellas melodías como arrasa valles enteros, desgaja árboles o sepulta montañas.
Cada uno tendrá los suyos, y estos son los míos. No puedo dejar de pensar cómo nos verán, qué pensarán de nosotros, pequeñas hormiguitas que avanzan entre esas montañas sepultadas de blanco, junto a esos árboles que la nieve obliga a adoptar reverenciales poses. Seremos acaso una molestia o una distracción? Nos verán con el odio de quienes han sido atacados, ensuciados y pervertidos por nuestra especie o con la paciente sonrisa del que sabe que tiene la eternidad de su parte, que todos nuestros esfuerzos por domeñarlos no son sino un soplo frente al huracán del tiempo?
Algunos días, al acercarnos a su hogar, sentimos que podemos tener problemas para regresar, que dependemos completa y absolutamente de su antojo. No somos sino hojas lanzadas al viento, como dados, a la espera de si aparece un doble seis o una tempestad. Días donde todo lo que puedes hacer es, precisamente, hacer todo lo posible. Y eso no te garantiza nada.
Otros, por contra, pisar sus dominios nos deja la placentera sensación de un mar en calma, donde todo es regocijo, diversión ajena a preocupaciones, como de niños, cuando nos dejaban en una habitación llena de juguetes y paredes acolchadas en la que nada que no fuese disfrute podía suceder.
El otro día Fubillons, encima de Chistén, Bal de Chistau era esa sala de juegos, y nosotros niños con nuestros juguetes que se han olvidado de ser adultos con preocupaciones, con miradas limpias y sonrisas bobaliconas, como ante los regalos y la tarta de cumpleaños con cuatro velitas.
Retazos de lo que fuimos, lo que somos (aunque no sepamos o no queramos mostrarlo) y lo que seremos se fundían en la indescriptible belleza invernal como nuestros esquís bajo la nieve, como la nieve bajo nuestras sonrisas, como nuestras sonrisas bajo el cielo.
No hay más. Para qué??