Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

9 jun 2026

Silencio

¿Qué es el silencio? 

Contra su definición estricta no es la ausencia de sonido. El silencio existe entretejido en una canción, bajo el murmullo del agua del río o a través de la lluvia. El croar de las ranas, las ovejas rumiando, los cantos de los pájaros, el chirriar de los grillos, el viento meciendo la hierba y los ocasionales ladridos de los corzos, todo junto, es silencio. Silencio son los párrafos de un libro corriendo por mi mente o mis diálogos con ella. También los pasos de Luna o sus esporádicos ladridos conforman el silencio. 

 
Orion de Metallica es silencio  

¿El silencio es soledad buscada o compartida por quien también lo entiende así. El silencio es, por tanto, un estado mental. Al menos para mi yo adulto. Estado mental conformado por todos aquellos sonidos que no hacen que mi mente se esconda, se encoja hecha un ovillo en un rincón de mi cabeza. O que se excite y expanda de felicidad entre un torrente de endorfinas o adrenalina.

Es posible que el silencio fuese algo que aprendiese a apreciar a la fuerza, de niño, con mis padres trabajando los 7 días de la semana? No recuerdo cómo afrontaba esos silencios, seguro que leyendo.

Tal vez centrado en mi interior construyendo juegos, mundos, historias… quizás de ahí viene mi afición por la fantasía y la ciencia ficción, esos mundos salidos de la fértil imaginación de escritoras y escritores que, seguro, idearon en silencio. 

El Señor de los Anillos fue silencio mucho antes de ser película

Si que recuerdo que preguntaba mucho. “¿Por qué?” era un continuo ametrallar a preguntas, un niño super hablador. Nunca me ha gustado tener que aceptar algo sin intentar entenderlo, “porque si”. Si no entiendo algo, pues no lo entiendo, pero tampoco lo aceptaré como un dogma de fe. Imagino que de ahí mi ateísmo viniendo de una familia tan católica, pese a mis años de monaguillo. 

Y un poco más adelante, no sé bien a qué edad, me callé, dejé de preguntar, me cerré. ¿Tal vez el silencio a mis infantiles preguntas fuese relevante después? ¿El carrañarme por hablar de más? ¿Mi precocidad intelectual sin gestionar? Tan pocos recuerdos de mi infancia… a veces pienso que se me escapa algo, aunque comienzo (despacio) a vislumbrar patrones. 

Luna es silencio

¿Es el silencio una afición? ¿Una droga? ¿Una huida?

Reconozco sentirme completamente ajeno a la sociedad en la que me ha tocado vivir. Hay tantas cosas que no soy capaz de comprender, de apreciar, de aceptar. Ni siquiera me quiero exponer a la mayoría de ellas, como si fueran una contaminación que pudiera dejarme una mancha indeleble.

No sería raro que fuese una huida de ella, ¿verdad? Pero cuando esa huida es también de lo bueno, de lo mejor que tiene este mundo, ya no parece un comportamiento bueno ni deseable, sino más bien una droga, o un autosabotaje.

¿O un mecanismo de supervivencia? 

Y es que, pese a todo, me resulta tan necesario como respirar. Igual que miro la meteo que hará durante la semana, también identifico los espacios en el calendario que puedo destinar a ello. Porque no valen un par de horas. Necesito una tarde entera aquí, o una mañana allá. En ocasiones, hasta un día entero sin hablar con nadie. Mi cuerpo se agota con el contacto social, con los ruidos artificiales, con las luces fuertes, con el murmullo de la gente.

El fuego es silencio
Como si fuese un perro de Pávlov estoy tan condicionado que ver una calle llena de gente me genera agobio; Cruzar Ainsa y ver que los coches se han multiplicado por 10, uno mal aparcado aquí, otro allá, otro girando donde no se puede o molestando, otro pitando… ese caos de ruido y movimiento me satura.

Estas sobrecargas de estímulos, muchos de ellos tomados como aprensión o peligro, me drenan la energía. Hasta los mejores estímulos, los más maravillosos que pueda expresar, me agotan si se alargan y preciso este silencio. Si no soy capaz de aplicar ese remedio en las dosis adecuadas, mi capacidad de relacionarme mengua a niveles ínfimos: estoy arisco, callado, cansado, impaciente, irascible y nada comunicativo.

En cambio, cuando logro inocularme mis dosis de silencio (especialmente mezclados con naturaleza) soy capaz de nuevo de disfrutar de conversaciones, de escuchar con atención y paciencia, de apreciar la compañía.

La naturaleza es silencio
Mi propio compás moral, ese sentido interno de lo que para mí es lo correcto, de lo que está bien o no, se ve tan agredido por los comportamientos sociales establecidos que gira loco como una brújula sobre un polo magnético. Y el propio hecho de tener que vivir, trabajar, interactuar en esta sociedad aceptando sus constructos sociales como necesarios me genera una contradicción interna, una lucha interminable entre lo que debería ser y lo que es, lo que debería hacer y lo que hago, lo que está bien y lo que no, lo que tengo que hacer para encajar de forma coherente, aunque sea a base de poner mis propias condiciones y reformar, aunque solo sea mínimamente, la parte que me ha tocado vivir.

Silencio es lo que requiero después, empaparme de todo lo que es puro y sencillo, huir de lo abstracto para estabilizar ese compás, rumiar (de más), entenderme, recordar que hay cosas maravillosas dentro de esa sociedad y buscarlas. Hallar las luces que la iluminan y evitar verme atrapado por la oscuridad que no las deja brillar

La soledad es silencio
Silencio es lo que necesito para poder discernir lo importante de lo ruidoso. Lo que merece atención y esfuerzo de lo que debe resbalarme. Las relaciones positivas de las negativas. La prioridad de lo insustancial. El regalo de la vida del envoltorio, que se ha convertido en lo preponderante cuando de verdad es insignificante.

Estoy aprendiendo que es posible que los engranajes de mi cabeza se muevan a mucha velocidad, procesen excesivas tareas simultáneamente, analicen un número exagerado de variables presentes e infieran demasiados escenarios futuros a raíz de cada una de ellas. El silencio me otorga ese necesario reseteo, pero la realidad es que infinidad de lo que ocupa mi cabeza son presentes inexistentes, futuros improbables o datos basura que ocupan capacidad de procesamiento pero que, aunque existan, son irrelevantes para mi vida. Así que estoy a la busca del equilibrio más sano entre estímulos y silencio, entre socializar y aislamiento.

PD: Recordando momentos, evocando sentimientos, abriendo puertas, he dado con este disco, uno de los que más me marcaron en este camino de la introspección. Era de mi padre, pero se lo robé (como tantos otros discos y libros) y volver a escuchar canciones a las que no acudía en décadas me ha traído de vuelta las mismas sensaciones que entonces. Es asombrosa la asociación subconsciente entre una melodía y un estado mental, que vuelve al presente de forma completa apenas escuchar los primeros acordes.

Gracias Ramón Trecet por todo lo que nos enseñaste a tus oyentes, poder conocerte y debatir contigo durante varios años fue un regalo.

Jorge Ruiz de Eguilaz Solanilla 

22 may 2026

La Batalla contra el Olvido

 Muro de Roda (Muro Mayor en tiempos pretéritos, antes de pasar a depender del Obispado de Roda de Isábena) es una fortaleza religioso-militar que data de finales del S.X o principios del S.XI, como baluarte para la reconquista de los territorios que ahora componen el Sobrarbe y la Ribagorza. Tanto el castillo, como la iglesia de Santa María y la ermitade San Bartolomé han sufrido numerosas transformaciones durante este milenio, ya fuese por modas constructivas, por temas defensivos o por el servicio que se daba desde allí a la redolada, pues Muro de Roda era la cabecera política, religiosa y administrativa del valle de La Fueva. El ayuntamiento estuvo allí, así como la escuela, entre otros servicios.

pdf descargable sobre Muro de Roda

 

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Por ello no sorprende que las laderas que circundan la fortaleza estuviesen densamente pobladas y un sinfín de aldeas proliferaron a sus pies, bien protegidas: La Lecina, Sosiad, La Plana, La Corona, Ministirio, Pamporciello, Fumanal, Arasanz… Salvo contadas excepciones, todas las casas que las formaban están en ruinas, y si bien hay pistas forestales que llegan a ellas, toda la red de caminos tradicionales que las unían entre sí y con Muro de Roda desapareció reclamada por bosques y maleza.

Otros núcleos aún conservan vida, como el Humo de Muro, Aluján o Griébal, pero sus caminos sufrieron el mismo destino.

Este éxodo rural resquebrajó la vida de Sobrarbe (y muchas otras zonas) durante decenios y contribuyó a crear un estado de ánimo sombrío que tan bien retrataron escritores locales como Severino Pallaruelo (“Pirineos, tristes montes” es un libro de cabecera para mí). La desaparición de un modo de vida secular dio paso una nueva realidad en la que la oscuridad de las desventajas de vivir aquí tiznó el brillo de sus ventajas, opacadas todavía más por los cantos de sirena que venían de las ciudades, de los televisores, de la modernidad.

Los brillos de la ciudad se contaban al volver para alguna celebración, con ropa moderna y zapatos lustrosos, pero su oscuridad se omitía, pues contar toda la realidad no era plato de buen gusto. No fue tan diferente al migrante que llega ahora desde Mali o Libia.

 

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“Huye, polluelo mío, vuela del nido tu que puedes, estudia y vete a la ciudad. Ves a la universidad, trabaja en un banco, en una empresa, una fábrica, donde sea menos aquí.” Eso oímos una larga generación de sobrarbenses que nos íbamos con la sensación de que Sobrarbe era un mapa en blanco, pues salvo los pueblos habitados y cuatro valles y montañas reconocibles donde se agolpaban los turistas, el resto permanecía como una extensión invisible, un mapa a medio trazar que no merecía la pena completarse.

¿Y es que, cuánto caso se le hizo a Muro de Roda durante 50 años? ¿A las faldas de la Peña? ¿A montes como Partara, La Coasta, Nabaín, La Solana, Llerga o las sierras de San Vicente de Labuerda? ¿Cuánta gente tuvo interés por subir a ver la torre de Tou, tan vistera y cercana cuando se iba por la carretera? ¿O por visitar pueblos abandonados, recorrer bosques anónimos o subir montes invisibles?

“Ruinas, piedras, montes baldíos sin nada de provecho mas que para el ganado, los cazadores y recolectores y algún hippie. Conocerlos, entenderlos, apreciarlos era una pérdida de tiempo.” Tal era el pensamiento durante décadas de depresión generalizada. Décadas que, por suerte para Sobrarbe, han pasado a la historia. Décadas que, sin embargo, continúan corriendo en muchas otras zonas no tan diferentes y eso nos debe hacer valorar la suerte que hemos tenido pese a que aún quede mucho (muchísimo) por mejorar.

 

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Si hay algo que nos duele a muchos bien dentro, es la cantidad de sobrarbenses que se fueron para no volver sin realmente saber lo que dejaban atrás, sin el derecho a una elección imparcial. 36 años han pasado desde el punto de inflexión de la despoblación (de 23.000 habitantes en 1920 a 6.600 en 1990) y estoy seguro que quien ahora se va y no vuelve es porque realmente quiere o tiene que hacerlo.

Razones hay muchas, pero me niego a creer que una de las más importantes no sea el completar el trazado de ese mapa. Conocer, querer, saber, disfrutar, valorar los espacios en blanco que antaño no pudimos/supimos apreciar. Espacios que rodeaban los pueblos habitados, que teníamos al alcance de la mano para su disfrute en el día a día.

Espacios que mirábamos sin verlos, invisibles y carentes de utilidad y belleza. Porque la belleza natural se acotaba a Ordesa, Añisclo, Pineta… no a Guatarán, no al barranco de San Martín, no a Muro de Roda, no al cerro de Cotón. Y si eran espacios que no queríamos para nosotros, ¿cómo quererlos para otros? ¿Cómo ponerlos en valor?

La recuperación de la red de caminos tradicionales, un proceso ya totalmente imparable (y sin la que ya cuesta entender Sobrarbe) no solo nos acerca a nuestra naturaleza cotidiana, sino que lo hace también a esas raíces que el éxodo rural nos robó. Somos capaces de comprender un poco mejor la salvaje dureza de la vida en estos montes durante el segundo tercio del siglo XX, del incansable laborar de nuestros antepasados construyendo y manteniendo bancales, muros y caminos, piedra a piedra, golpe a golpe. Podemos recordar nombres olvidados y unirlos a historias que escuchamos de críos y ahora comprendemos, o pisar donde nuestros abuelos o bisabuelos lo hicieron, pero no nuestros padres. Tenemos a mano el ejemplo de cómo convivir con la naturaleza, de cómo construir sin traer productos del otro lado del mundo. Somos más conscientes de porqué tenemos unas tradiciones y no otras, de las raíces del acervo cultural que impregna nuestras costumbres, y hasta del latente subconsciente de nuestro modo de pensar.

 

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Por todo ello, de la mano de Zona Zero nació La Batalla del Inframundo. Porque en una carrera ciclista, por magníficos territorios que atraviese o por lo divertidos que sean sus sendas, no deja de ser más importante el fin que el fondo. Y eso no nos valía. Queríamos mostrar y hacer sentir el espíritu de esos caminos. Que están allí porque se erigió Muro de Roda, entre reyes y caballeros, monjes y curas. Que hay leyendas de héroes y magia. Pero que fueron sobre todo plebeyas y plebeyos quienes los recorrieron, los sudaron y los llenaron de historias, leyendas y tradiciones. Los desgastaron yendo a la escuela, a la iglesia o moviendo el ganado y acarreando patatas. Los anduvieron para ir a festejar a otros pueblos, para cazar, coger trufas o setas, para ir a por leña o carbón.

La Batalla del Inframundo es una lucha contra el olvido de nuestra historia, esa que casi nadie creyó importante recordar, y también una lucha contra lo que esa historia siempre omitió: que fueron ELLAS los cimientos invisibles de las casas, quienes tuvieron que renunciar a sus sueños para permitir los de ellos, quienes más sacrificios (voluntarios o no) hicieron por sacar adelante familias o mandar hijos a estudiar. Quienes más callaron. 

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El olvido casi nos arrebató nuestra tierra y raíces, nuestra cultura y tradiciones. Tanto los vecinos como los visitantes recorremos ahora ese mapa en blanco, si bien hay una gran diferencia. Nosotros, los vecinos, somos conscientes ya del valor de algo que casi perdimos para siempre y del esfuerzo que ha costado recuperarlo. Sabemos que es mucho más que un bonito paisaje, una foto de postal o un sendero divertido.

Y por ello queremos compartirlo con vosotras y vosotros.  Que experimentaseis ese sentimiento, que miraseis a Muro pero también lo vierais. Que recordaseis que por estos caminos pasaron caballos, guerreros, trabajadoras, danzantes o clérigos. Que al igual que el sábado, por estos caminos se subía el diezmo a la fortaleza (aunque esta vez erais vosotros quienes os lo trajinabais). Que un paisaje como este lo es porque las gentes de la zona lo han trabajado, llorado y sangrado. Que el fin no importa tanto, y es el fondo lo que realmente deja poso. Que a la belleza íntima de esta tierra no le hacen justicia reels ni selfies, y mucho mejor así. 

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Queríamos que os fueseis no sólo con ganas de volver, sino con aprecio y respeto para con los habitantes de Sobrarbe y sus costumbres, con más idea de su historia y vicisitudes, con el conocimiento de lo que costó hacer esos caminos y del cariño que merecen. Con el amor por los bosques, barrancos o roquedos y sus habitantes (flora y fauna), que de nosotros sólo necesitan que los dejemos tranquilos y les agradezcamos que nos den paso libre por sus hogares.

Que os fueseis con el recuerdo de que Batalla es una palabra femenina. Que Maïa es la responsable de cuidar los caminos que tanto disfrutasteis. Que cada vez venís más y sois heroínas a las que ningún caballero con espada y armadura os tiene que salvar; que es la Princesa quien resucita a su padre el Rey; que Susana, Sandra y Jara son los cimientos (ya nunca más invisibles) de esta casa. Que sin Valkirias no hay Gloria, solo Nada. Que docenas de voluntarias han seguido ayudándoos a cumplir vuestros sueños, solo que esta vez por deseo y no por obligación. Como Miyazaki escribió en El Viaje de Chihiro, "La verdadera valentía no consiste en blandir una espada, sino en hacer una promesa y no romperla"

 

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Ah, y si os podemos pedir algo más, es que compartáis este sentimiento, que lo transmitáis y cultivéis en vuestros pueblos. Que Sobrarbe no es un parque de atracciones, aunque genere atracción. Que la bici de montaña es mucho más que bici. Que los caminos son mucho más que caminos. Que esta tierra y sus gentes no piensa olvidar nunca más. Y que ahora también sois orgullosas custodias y custodios de este mapa, que estuvo a medio trazar y ya casi está completo

 

 Jorge Ruiz de Eguilaz Solanilla

 

PD: Mapas, en blanco o no, fue Angelón quien me enseñó su verdadero valor. El, como nadie que conozca, supo ver y transmitir que había que despejar la niebla que todavía tapaba tanto Sobrarbe. Es el gran ideólogo de La Batalla, y esto es en su honor. Gracias, amigo.

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