Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

9 dic 2009

Otoño

Ahora que ha acabado no viene mal recordarlo, añorarlo.

Qué tendrán estas tres semanas, que las esperamos un año entero y desaparecen como una gota en el mar sin apenas momento para disfrutarlas?

El ciclo de la vida y la muerte en la naturaleza se presenta en todo su esplendor, preñado de belleza; la resurrección de los árboles caducos comienza con el teñido y desprendimiento de sus hojas, cambiando el bosque por completo.

Caminos pedregosos mutan en mullidas alfombras de hojas.
Laderas verdosas aparecen coloreadas con brillantes tonos ocres, rojizos, amarillentos…
Desapercibidos arbolitos que pasan a ser actores principales del monte por unos días.
Rincones sencillos que reaparecen místicos de un día para otro

Cuesta separar la mirada del monte en esta época mucho más de lo normal. Embruja hasta el arrebato. Cuántas veces he tenido que parar el coche con prisas para disfrutar de una pequeña mancha de hayas en mitad del bosque, para admirar ese solitario arce de hojas completamente rosadas, para contemplar embelesado cómo rayos de sol apartan las nubes e iluminan un viejo y nudoso roble, dándole el aura de un antiguo y solemne rey de leyenda.
Seguro que a muchos os ha pasado.

Otoño tuvo que ser una de las razones por las que nuestros antiguos creyeron que si había un dios, este tenía que ser el mismo mundo, la misma naturaleza. ¿Cómo explicar si no semejantes maravillas?

Supongo que no iban tan desencaminados, pues seguro que todos los que amamos la naturaleza, fuera de nuestras posibles creencias, la seguimos venerando como a la diosa que es.

Las fotos corresponden al camino del Canal del Cinca, primera semana de noviembre.

4 dic 2009

Por el ancho mundo...

No es el Mar del Norte
No es Groenlandia
No es el Gran Cañón


No es el Karakorum


No es la troposfera


No es la Antártida


No es Chamonix


No es la tundra


No son los Andes
Tan sólo es Sobrarbe

1 dic 2009

Un tesoro sin nombre

Al pie de la carretera que lleva a Francia un insulso puente de hierro cruza el pedregoso río Barrosa, casi un arroyo.

Nace así el sendero mágico, el estrecho y a primera vista anodino camino que se interna en la espesura del bosque que puebla una agreste ladera.

Senda con apoteósico final, pero que no se entiende sin su propio recorrido. Senda cambiante y cautivadora que como una enciclopedia nos alecciona sobre la gran mayoría de ecosistemas pirenaicos que podemos encontrar en Sobrarbe.

Bosque frondoso y húmedo al principio, cambiante, que con el subir y el girar del camino se comporta como un jardín botánico y nos permite contemplar pinares, manchas preciosas de abedules y caixigo albar, mixtos de hayas con abetos y serbales, algún castaño, frondosos avellanos, enormes buixeras, algún arce, un pequeño tejo y finalmente grandes extensiones de abetos y pino negro.
Buen país para la seta en otoño, al menos para quien disfrute reconociendo docenas de especies diferentes.

Nuestro sendero, tras un zigzagueo para encaramarse al monte, sube recto como una flecha a la par de un maravilloso barranco, al fondo de un arquetípico valle fluvial; “V” pronunciada, estrecha y vertical como pocas en esta tierra.
El agua baja siempre con prisas, y forma multitud de gradas y pequeños saltos, que se combinan con elegantes cascadas por las que espumea un agua clara y gélida. Cada poco rato barranqueras que literalmente se desploman por las paredes afluyen al nervio principal de la cuenca, que finalmente vencerá sus aguas al Barrosa. El sonido del agua, a veces cantar, otras estruendo, nos acompañará siempre a modo de banda sonora. Esta excursión posee una acústica inolvidable.

El camino va mezclando largas tiradas rectas de escaso desnivel con tramos de zig-zag y mucha pendiente, lugares estos últimos que además de camino son escurrideras por las que baja el agua en época de lluvias, así que conviene llevar calzado que nos aísle del agua. Además gran parte del camino apenas recibe rayos del sol fuera de los meses de verano, por lo que suele ser fresco.

En hora y poco arribamos a zonas más herbosas, menos pendientes, como si el valle quisiese abrirse ensanchando el fondo. Cruzamos un puentecillo verde dejando a nuestra izquierda un hermoso salto de agua partido en 4 cascadas escalonadas. De frente una ladera que más bien parece una pared de su inclinación nos hace de final del valle o eso creemos. Seguimos andando una última pendiente y ganamos un sencillo resalte rocoso para quedarnos quietos, callados, embobados.

Aquel que disfrute del monte y vaya sin saber lo que va a encontrarse, sentirá una emoción que se lo lleva, un cosquilleo de placer por lo que se ha topado en los morros. Plana el Cabo la llaman los del lugar, aunque tiene otro nombre más conocido.

Se trata de un pastizal, una llanura a 2000 metros rodeada de picos y paredes como las defensas de un castillo, un minúsculo valle casi sin acceso salvo por donde hemos venido, una joya, un tesoro tan desconocido como preservado.
Y hay algo más… me paro y en silencio dejo que lleguen a mi los sonidos… hilos de agua que serpentean por medio del pastizal, un arroyo con perfectos meandros, barranqueras cayendo desde los picos circundantes, corrientes que se cuelan en acuíferos… todos susurrando relajantes melodías, como una orquesta de cuerda, todos iguales y todos distintos creando un adagio que me sumerge en un éxtasis total, una paz completa. Las horas duran minutos sentado escuchando el concierto de la naturaleza.

Toca moverse, romper este idilio, pues aún queda faena por hacer.
Encima de una de las paredes, por la que discurren los regatos, me espera un ibonet, y más cosas.

Vieja nieve aguanta por la empinada ladera, escondiendo los hitos que marcan el camino por entre las fajas de lastón. Ya que no veo el camino, me limito a pensar cuál es el itinerario más lógico, siempre evitando la nieve en todo lo posible pues no llevo ni piolet no crampones.
Buscando siempre que puedo las zonas de rocosas y fuera del resbaladizo y húmedo lastón, subo pasando de una faja a la siguiente, sin perder la vertical del collado que muestra la meta. A mitad camino me encuentro con los hitos, así que ya no tengo que pensar tanto y tras salvar un pequeño pero helado nevero con ayuda de un hacha de piedra llego al final de la subida.

Esto a 2.500 metros de altitud al lado de un ibón completamente chelado, creado en el medio de un pequeñito circo flanqueado por dos montañas que rondan los 2.900 metros. Encima del circo hay un pequeño paso a Francia, el puerto de la Plana, y detrás de mi la nada, un vacío que termina en la pradera desde la que he subido, y el valle por el que he venido, formando una “L” muchos cientos de metros debajo.
Tantos como los 1.200 que me separan del coche.

Al fondo me saluda toda la cadena montañosa de Pineta: Tres Marías, Zuca, Treserols, Astazu. Y también La Munia, Sierra Morena, Robiñera, Liena… Infinito mar de picos nevados que se pierden en el horizonte.
Aunque todos sean más altos que donde me encuentro, la impresión es que los tengo a mis pies, que soy el Ptoloméico centro del universo.

Toca bajar, el Sol ya está frente a mí, poco camino le queda hasta esconderse tras los montes que ahora contemplo en esta corta jornada de otoño.
Poco pero suficiente para bajar sin prisas, con tiento, hacer honor a la pitanza que llevo en el macuto una vez de vuelta a la pradera (he dejado aquí mi mochila, al cuidado de una gran roca) y compartirla con la perra, que aunque lo ha intentado no ha sido capaz (por suerte) de echarle el colmillo al montón de sarrios que nos hemos cruzado ahí arriba.

Ya sólo queda un trecho hasta el coche, que hago medio al trote contento de ver que me quedan fuerzas de sobra. Varias paradas fotográficas y son las 16horas que ya estoy poniéndome ropa seca, dándole al contacto y conduciendo hacia Ainsa con la sonrisa tonta y las melodías de Linkin Park "enjoy the silence" y Live "selling the drama" como anestesia.

10 oct 2009

La Munia: Las Puertas de la percepción


Sol, tu que nos marcas el rumbo hacia las puertas que dividen la luz de las penumbras.
Luz que proyecta sombras, penumbra que esconde reflejos cristalinos

Tierra y hierba, conjugadas sobre una ladera, formando el camino que hemos de andar.
Camino con inicio, camino sin fin

Viento que nos traes recuerdos de un ayer y de muchos mañanas que ya han sucedido en nuestras mentes.
Viento que nos refrescas al calor, viento que nos hielas en el frío.

Nieve, metáfora de la naturaleza, a veces efímera, otras en cambio, imperecedera.
Nieva desde el cielo, nieva desde el suelo

Agua, la necesidad de lo potencialmente devastador, indomable tañedora de murmullos.
Agua que remansa en lagos cristalinos, agua que sudamos a cada paso

Roca, mole oscura que pacientemente aguardas nuestras manos y pies como hiciste y harás dentro de cientos de miles de años.
Roca, protagonista de tantos sueños creados y espectadora de tantos otros rotos.

Viento y agua, Rodin y Miguel Ángel que esculpís las formas más caprichosas que un visionario jamás podría soñar.

Vosotras que diseñasteis la mágica V del collado de las Puertas, vosotras que disteis forma a la hermosa arista de La Munia, que cincelasteis las verticales paredes de Barrosa y labrasteis los contrafuertes del Robiñera. Sois las que moldeasteis una isla a 2500mt de altitud en medio de un ibón de Feng Shui, las artífices casi siempre mudas de todo el paisaje por el que hoy nos movemos.

Qué incapaces somos los humanos a vuestro lado:

Ay! si las obras del mejor de los escultores tuviesen la capacidad de evocación y necesidad que proyecta sólo una de vuestras aristas de roca y hielo.
Qué sala cuenta con una iluminación par a los juegos de luz y sombra del sol y las nubes?
Qué valdría una talla mundana que tuviese la capacidad de persuasión de estos simples ibones?
Qué museo puede presumir de unas alfombras de hierba fresca?
Qué medidas de seguridad guardarían una escultura capaz de inspirar los mismos sueños que infunden las caprichosas formas del macizo de Monte Perdido recortándose en la lejanía?

Siluetas cabalgan los aires
No le busques razón
A lomos de briosos montes
Viajan a su interior
Surcando océanos de nubes
Se hayan a si mismos
Navegando eriales de nieve
Vagan libres al fin

1 oct 2009

Monte Perdido, cara sur


Es martes, y debería estar con los crampones clavados en la arista del Liskamm, en plena frontera suizo-italiana, a más de 4.500mt de altitud.
Ya que el mal tiempo nos hizo abortar el viaje a Zermatt, esta semana me desquito haciendo montaña por aquí. Hoy le ha tocado el turno a Trigoniero, aunque el mal tiempo me ha impedido pasar de los llanos y subir hasta el ibón y el pico Espada, mi objetivo.
Me he quedado con ganas de más y mañana quiero subir a La Munia, así que aviso a Juanillo que le parece bien. Luego me llama porque al final va con unos compañeros de curro al Perdido, a ver si me apunto. ¿Cómo decir que no?

Quedamos sobre las 7 en Nerín, lo que implica levantarse a las 5,30.
Allí dejamos mi furgoneta y monto en su Terrano, mientras me presenta a Kilo y su mujer, y a Almudena.
Gracias a su enchufe, tenemos llave para pasar por la pista de Las Cutas y llegar hasta Cuello Gordo, lo que nos deja a más de 2.100mt y a menos de 1hora a pié de Góriz.
La cara sur del Perdido se ve bastante limpia, pese a las nieves caídas el fin de semana, así que dejamos en el coche crampones y piolet para aligerar, y comenzamos la ardua tarea de poner un pié delante del otro.

En seguida nos desviamos del camino a Góriz para seguir un hilo de hitos que nos va a conducir al collado de Goriz, que tiene unas vistas preciosas sobre el Morrón de Arrablo y la zona de Añisclo. Hace frío pero el andar nos ha calentado, por lo que nos quitamos algo de ropa y continuamos andando. Ahora cogemos el GR que de seguirlo nos llevaría al Collado Añisclo, si bien al poco rato lo abandonamos para comenzar a subir ladera arriba sin camino aparente en busca del inmenso cilindro del morrón de Arrablo o Torre de Góriz. El tramo es duro, pesado, la falta de camino junto con la inclinación del terreno hace que me empiecen a doler las piernas, que notan la falta de ejercicio de los pasados meses.
Llegamos a la pared del Morrón, ya por encima de los 2.700mts, donde paramos a tomar aire y yo me pongo esparadrapo en los talones, pues estreno botas y me están haciendo las rozaduras de rigor.

Desde aquí el camino continúa bordeando una pared hacia el oeste, hasta encontrar la chimenea por la que hay que trepar para ganar este primer resalte. Juan me indica que al lado mismo del Morrón hay otro paso, pero no lo cogemos porque saca aspecto de cheladura.
Una vez arriba del resalte, en poco más de 15min alcanzamos la Punta Escalera, el primer tresmil del día. Se puede rodear bien por su derecha pero prefieren subirlo. Al otro lado nos espera la parte final de esta cara sur: una larga pedrera que poco a poco va ganando pendiente, interrumpida un par de veces por sendas paredes de unos 10-15 metros. Estas paredes, junto con la punta escalera y el primer resalte que hemos salvado, desde lejos aparecen a modo de escalones, y de ahí el nombre de este itinerario: las escaleras.
La primera de las paredes se salva por una chimenea que hay de frente a la izquierda, muy clara, aunque nosotros la escalamos por otra que hay a mano derecha, algo más vertical, que es la que conocen Juanillo y Kiko. Yo les explico la otra, que será la que utilizaremos para bajar. Está delicada por el verglás, aunque la subimos sin problemas.
En seguida alcanzamos la siguiente pared, más larga y menos helada, que por si acaso subimos asegurados por Juanillo. El paso está muy a la derecha, una chimenea oscura y vertical.
Desde aquí los últimos 15min de pedrera se hacen duros por el cansancio y la altitud, pero en seguida estamos en cima!!!

Hoy las vistas son inmejorables, tanto hacia el Pico Añisclo como hacia el Cilindro; desde Ordesa hasta Marboré, desde Añisclo hasta Pineta, desde el Taillón hasta las Tres María… Cada parpadeo imprime una postal en mi retina.
Bueno, toca abrigarse, la foto de rigor, comer algo… y hablar con unos bilbaínos que han subido por la normal y nos comentan que la escupidera está delicada para bajar sin crampones, porque hay mucha nieve, cosa que vemos claramente desde donde estamos.
Se ofrecen a ir delante nuestro marcando bien la huella, pero finalmente preferimos bajar por donde hemos subido, así que dándoles las gracias iniciamos la bajada.

Destrepamos asegurados el primer muro, rapelamos el siguiente (por el otro paso) y continuamos bajando con presteza. Rodeamos la Punta Escalera (según bajamos por la izquierda, por una fisura horizontal, la más alta que se ve, que conduce a una amplia roca que tiene algunos hitos, se continua por ella rodeando hacia la derecha y se destrepa un pequeño resalte) y casi sin darnos cuenta estamos ya en la base de la primera pared: escalera descendida.
Ahora vamos a bajar por un desvío que nos llevará a la vía normal, encima de Góriz. El camino tiene hitos y está muy marcado, y una cresta de roca indica muy claramente la zona de bajada. Juanillo coge otro desvío diferente, un poco más arriba a la derecha, rodeando una pared, que cree que va a parar a la Ciudad de Piedra. Tiene razón, ya que llega al camino normal antes que nosotros (corriendo, eso sí).
(Esta bajada por tantas variantes es debido a su trabajo, ya que han de conocer muy bien los posibles itinerarios del monte, sobre todo en lugares tan frecuentados como este).

En poco menos de una hora llegamos al coche, contentos por haber madrugado puesto que ya hace un rato que una nube se ha instalado en la cima del Perdido y los que llegan ahora a cima no verán un carajo.
En Nerín nos espera un buen bocata y birra, colofón final a una jornada redonda, como no puede ser de otra manera con estos lugares y estas gentes!!!