Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

9 ago 2010

Kafka en la orilla (Haruki Murakami)

Un libro bonito, y de darle mucho al coco. Un libro precioso, tierno, delicado, sensible. Un libro psicotrópico, crispante, extravagante.

Un libro que olvida la motivación de gran parte de las novelas: contarnos una historia de principio a fin. Una historia con unos antecedentes que se desgranan de una u otra manera durante el texto, y que ayudan a comprender la historia en su final.



En esta ocasión la novela nos presenta dos historias que, aunque en épocas distintas (no sabemos muy bien cuándo ocurren realmente hasta cierto tiempo después) van siendo narradas alternativamente. Una resulta más extraña que la otra, si bien ninguna de las dos parece claramente presentada (por supuesto, a propósito).
Veremos que según avanzan las páginas más extraña parece una de las historias. Mientras, la a priori principal, toma unos derroteros clásicos de escapada juvenil. ¿Clásicos? Por poco tiempo.

Murakami entrelaza personajes con maestría, dota hasta al más insignificante de un trasfondo especial, único, trabajado. Y jugando con ellos empieza a tejer lo que parece una tela de araña clásica (otra vez, ¿clásica?) donde los hilos confluirán perfectamente en las páginas finales. Todo mentira.

Kakfa Tamura, Oshima, Saeki, Nakata, Hoshino, son nombres de personajes a quienes tras esta novela no cuesta imaginar en su vida pasada y presente, dada la gran familiaridad con la que Murakami nos los ha retratado. Parece que hayamos sido espectadores de su crecimiento. Y sin embargo, en cuanto al futuro…

Mientras al inicio los acontecimientos se suceden lenta y casi metódicamente, como una rueda de molino que es empujada por una llanura despacio pero sin pausa, cuando se llega a la pendiente, la rueda empieza a rodar por sí sola, acelerándose cada vez más, para finalmente estrellarse contra el fondo del barranco. Posteriormente, Murakami nos pasea por los restos del estropicio, pero sólo nos muestra los trozos en que ha quedado rota la rueda. Nada se nos dice de los daños que ella ha ocasionado. Y tampoco nos queda del todo claro porqué comenzaron a moverla.



El libro se basa en su génesis de una interpretación personal y aún más voraz del complejo de Edipo, profecía lanzada a Kafka Tamura por su propio padre. Esto es así pues Kafka no recuerda ni a su madre ni a su hermana, al igual que tampoco guarda especial cariño por su progenitor.
Este Edipo, integrado en una trama llena de pensamientos, cultura, letras, libros, que busca con todas sus fuerzas escapar a su destino, contrasta con la simplicidad intelectual de la historia paralela, de unos personajes que ni saben de bibliotecas, ni de libros, ni se dedican a pensar más de la cuenta. Y que van buscando exactamente el destino que les ha tocado. Uno actúan para pensar y otros piensan para actuar. Pero ni siquiera esto es del todo exacto…
Resulta también curioso (o no) que los dos amigos que ayudan a los protagonistas tengan nombres similares (Oshima, Hoshino)

El propio Murakami ha dicho acerca de esta novela que contiene muchos enigmas, que no hay respuestas a todo dentro de ella, y que son los lectores los que deben buscar sus explicaciones, pensarlas, crearlas.
Incluso, en muestra de un humor propio, el libro está complementado con diferentes juegos de palabras y de significados, con círculos de relaciones que no afectan a la trama, pero que dejan su poso, como ocurre con todas y cada una de las impresionantes conversaciones que tienen lugar entre los personajes.

Murakami no escribe puntada sin hilo, aunque eso no excluye que al final deje los hilos a medio tejer…

5 ago 2010

Déjame entrar

Hacía semanas, meses, años desde la última vez que una película me impresionó tanto.
Y más tiempo aún desde la última que me hizo estar dos o tres días ensimismado, volviendo recurrentemente a sus imágenes, diálogos e insinuaciones.

Iba a escribir en este blog hace unos meses tras ver “The road” basada en el libro del mismo nombre que ya desgrané aquí hace casi dos años http://reynodesobrarbe.blogspot.com/2008/09/la-carretera-cormac-mccarthy.html
La película, sin llegar al nivel del libro, me impresionó, por saber captar muy bien el universo desolado, la relación padre-hijo, el sufrimiento y el amor llevado hasta las consecuencias menos deseables, pero más importantes.
Desde luego, una enorme película, que te deja con un nudo en la garganta, que te inunda de tristeza y desasosiego, pero también de ganas de vivir, de demostrarlo. Dura.



Dura, si, pero comparada con “Déjame entrar” no es más que un “Bambi” cualquiera.
Que con 4 niños, 4 adultos y nieve se consiga semejante efecto sobre los espectadores resulta increíble. Los dos protagonistas infantiles realizan un trabajo maravilloso, pero es el guión, la historia, la que envuelve todo de un desasosiego continuo que oprime, que duele.
Te encuentras en vilo todo el tiempo, esperando que ocurra algo… que no ocurre.

Oskar es un niño corriente, un poco miedoso, parado, y recibe continuas burlas y agresiones por parte de los “matones” de la clase. Querría hacerles frente, vengarse, pero no se atreve más que en sueños, cuando está solo, imaginando.
Una tarde conoce a Eli, su nueva vecina, una chica de su edad que se ha mudado al barrio con su abuelo, un señor callado y mayor, con el que discute a veces.

La relación entre ambos, y con el resto de vecinos, pintará un cuadro extraordinariamente intenso, algo que se acentúa mucho más con la inexpresividad propia de Escandinavia.
Primero la relación niña-abuelo, luego la niño-padres/amigos y finalmente niño/niña, son un compendio de momentos, detalles y acciones que acaban teniendo mucho significado. Todos ayudan a completar al final de la película (o, quizás, varias horas después) un nuevo cuadro final, diferente por inesperado… o no.
Un cuadro donde los deseos que te surgen durante la película chocan frontalmente con los que finalmente tienes, donde el reverso/anverso de las cosas cobra una dramatización bestial.
Donde todo es lo que parece ser, y ello, aunque extrañe, es lo más complicado de digerir.

“Déjame entrar” es una obra maestra del cine, con toda seguridad la mejor película del 2008 y la mejor película de vampiros que he visto.
Y, seguro, la película más dura que he visto en muchos muchos años.

He tratado de no contar prácticamente nada de la misma, porque es mejor verla lo más “ignorantemente” posible. Pero aunque te la contaran entera, acabaría igualmente dejándote tocado.

Haced todo lo posible por verla.

2 ago 2010

La noche del Ibón

Como tantas otras, nació de la retorcida mente de Oriol.
Enseguida entramos los de casa.
Y detrás, los inmigrantes.
Sin ellos no hubiera sido igual.


Cifras:
Noche del 29 al 30 de julio de 2010
10 estalentaos (Oriol, Tonino, Nicasio, Martín, Ricardo, Chapu, Toni, Ana, Pepito, Jorge)
1 todo terreno
9 bicicletas
23:00 horas de salida
05:00 horas de llegada
6 horas
1.929 metros de altitud máxima
1.059 metros de desnivel acumulado
23 km de distancia
3 pollos asados
2 tortillas
2 empanadas de carne
Varios pozales de agua
2 cajas de cerveza
12 botellas de sidra
1 guitarra
1 chuflo
19,5ºC de temperatura máxima
5ºC de temperatura mínima
y…
1 Pirineo
1 ibón
1 refugio con fuego
1 luna llena
Infinitas estrellas

Todo consistía en una ruta de bici de montaña que casi todos habíamos hecho ya antes, una subida por pista pedregosa combinada con una bajada variada, trialera y divertida. Todo??

Alumbrados por las farolas de Saravillo, jaleados por los ladridos de los perros, comenzamos a pedalear una noche clara y fresca.
Luces apagadas salvo los frontales, la pista es sencilla de seguir aún casi sin iluminación, las piernas están frías y el ánimo alegre, tapando alguna duda interna (esto no es una bajada de 15min cerca de casa, son 1000m de bajada de todos los pelajes y dificultades)
Comenzamos con paso de marcha, parece que hay prisas, las rampas se suceden sin descanso, las curvas aparecen repentinamente entre la oscuridad frontal, el bosque que nos abriga parece un teatro de sombras danzando al leve silbido del viento.
Sólo se oye el monótono ruido de la gravilla desplazada por los tacos de las ruedas mezclado con nuestro respirar.
El vaho envuelve nuestros cuerpos, las gotas de sudor saltan al suelo, la noche va creando jirones de nubes que envuelven a las estrellas mientras estas derraman su luz sobre nosotros.

Paramos el mirador de Lavasar, desde donde sólo resaltan las luces de Sin y de Saravillo, hundidas en el negro abismo que parece el valle. La luna todavía no ha salido y las primeras horas de oscuridad son abisales.

Continuamos subiendo, el grupo se alarga paulatinamente y se recoge al llegar al abrevadero, donde espera Ana con el todo terreno para ver qué tal va.
Reparamos una rueda y seguimos adelante, ya llevamos media subida!!

El aire se hace más fresco al tiempo que los picos circundantes toman posiciones sobre nosotros, fantasmagóricas moles recortadas bajo el cielo, negro sobre negro. No queda nada del calor que teníamos al inicio, y eso ayuda a mitigar el cansancio. La pista se va rompiendo progresivamente, pero tenemos que economizar baterías, con lo que nos dedicamos a trazar el paso entre la penumbra y la intuición, sólo con el frontal.
En una curva, aparece repentinamente la luna, bañando las copas de los árboles de una luz clara y pálida que inunda el mundo de sombras en un chispazo. Me quedo sin respiración, y atesoro ese momento con la misma fuerza que haré con otros que están por llegar. Bajo piñones, me levanto en la bici y miro: miro hacia los lados, hacia arriba, atrás buscando mi estela, miro al suelo, donde cada piedra, cada trocito de grava ha recibido su sombra.
Pasan de las dos horas y cuarto cuando alcanzamos el hombro donde asienta el refugio de Lavasar, del que ya hace unas curvas el olor a fuego nos daba pistas de su presencia. Sin tiempo para dejar las bicis, completamente sudados y helados, recibimos una cerveza para celebrar la llegada.

Ya cambiados y abrigados nos metemos en el refugio a calentarnos junto al fuego, que Ana ha encendido, y a pizcar de todo el comercio que hasta aquí se ha subido.
A la cerveza le sigue el escancie de sidra, a esta la empanada de carne, el pollo, la tortilla… Y a todo esto las fotos, los cánticos y la guitarra de Martín que arranca los vítores y aplausos que suben al cielo confundidos con las estrellas…

Son las 3 de la mañana cuando nos calzamos las protecciones, nos ajustamos el casco y comenzamos a trialear la senda hacia el ibón. Subeybaja que con el buche lleno se hace duro duro. Pasamos rocas, raíces y troncos, hasta que avistamos la pradera.

Apagar las luces, y silenciosamente pedalear por estos prados, entre las vacas y los árboles, bañados por la luna y los luceros, se parece tanto al éxtasis que cualquiera podría confundirlos.
Llegamos a la orilla del ibón y todo está calmado como un cuadro. Al fondo relucen los neveros de las peñas, el collado del ibón asemeja la V de victoria, el agua está tibia, nos tumbamos en la hierba, nos dejamos invadir por una sensación de irrealidad que cuesta mucho explicar… Simplemente sentimos.

La vuelta al refugio es callada, rápida. Allí finalmente nos preparamos para la traca final, el complemento a la perfección de la paz y el embelesamiento místico del lugar y la hora: toca bajar.

Los colmillos crecen y se afilan, el cansancio desaparece bajo oleadas de adrenalina, las orejas se empuntan, las horquillas se alargan, los ojos se entrecierran, el sillín se baja, la sonrisa lobuna aparece, se comprueban suspensiones y presión de neumáticos, la boca se seca, se encienden las luces…

Nos tiramos como posesos por el sendero, esquivando rocas, derrapando sobre la tierra, buscando las sombras que crean nuestras leds, atravesando la oscuridad por el filo de la irrealidad, aullando bajo la luna. Hacemos paradas para reunir la manada, los 9 lobos. Tiramos los primeros pasos sin pensar apenas, y cuando el camino se hace más veloz y dejamos atrás los mares de piedras, enlazamos curvas, saltos, peraltes, pendientes en un estado de embriaguez lúcida que sólo la bici transmite. Nos evadimos del cuerpo y flotamos suspendidos, nuestro cuerpo reacciona instintivamente a los obstáculos, las pupilas se han dilatado por completo y el resto de sentidos se muestran igual de alerta: el manillar y los pedales parecen una extensión del cuerpo, el olor a pastillas de freno inunda las fosas, las ramas quebrándose y las piedras rodando se oyen nítidas. Incluso la saliva cobra un gusto metálico.

Nos caemos y nos levantamos, el dolor de un golpe o un corte no existe, el trance dura mientras queden metros de desnivel por sortear, mientras queden piedras o curvas que trialear, mientras queden resaltes que saltar.

Casi una hora después llegamos a Saravillo, son las 5 de la mañana y es imposible pensar en nada que no sea la felicidad absoluta.
Hemos sido ánimas de la Basa por una noche, aunque no sea la de San Juan.

5 jun 2010

San Úrbez y el milagro de la buixera III


Aún falta para las 7 de la mañana y ya están los de siempre desperezándose de una noche con poco dormir y mucho velar. Alguno ha estado cerca de morir congelado, mientras otros han pasado calor. Cosas de la física...
Los sacos están empapados del rocío nocturno, y mientras desayunan con ganas para coger temperatura los ponen al sol para que sequen.
De allí emprenden marcha hacia Planillo por el camino tradicional, que viaja recto como una flecha entre grandes robles. Un perro juguetón los ha acompañado desde Albella, pero una vez en el pueblo vecino se da la vuelta y los deja seguir su camino en soledad.
Queda ahora una larga remontada hacia Tuartas, aldea despoblada, por entre un denso bosque que cuenta con algunos maravillosos ejemplares de Caxigos. La subida se hace casi enteramente por una pista forestal que, como suele pasar en demasiados casos, pisó por completo el camino tradicional.

De Tuartas quedan apenas los restos de las dos casas del lugar, y una pequeña colina que en la cima esconde enterramientos de la antigüedad. Su situación es privilegiada, constituyéndose un mirador impagable sobre el valle del Ara y el Pirineo Central, desde Tendeñera hasta Cotiella.

Sin perder demasiado tiempo los de la boina continuarán su tránsito hacia el collado del Mallatón, escape por el que cambiarán de valle. Una vieja trocha pisó parte del camino en la salida de Tuartas, pero al rato encuentran el camino original, ancho, sencillo, y alfombrado de hojas.
Hojas de haya, pues hace ya un rato que han suplantado lo caxigos y los pinos. El hayedo llega hasta el collado, donde ya vuelven los pinos, al tratarse de una zona más soleada y seca. Desde dicho collado de nuevo la vista es impagable y allí que los romeros se quedan a engañar la gana.

Andando un rato por una zona árida, como gran parte de la zona alta de Guara, ya las meadas no van al Ara, sino que riegan la cuenca del Alcanadre, que más adelante formará sus impresionantes cañones.
Después de unos largos sube y baja por el océano de abrizones en que están, una larga bajada final por un terreno que de súbito se va volviendo selvático los conduce al propio Alcanadre. Aquí extenderán sus alforjas, tenderán los sacos a secar al sol, recogerán agua de las transparentes corrientes del río y se meterán entre pecho y espalda todo lo que sus cuerpos sean capaces de comer, que contando con la bendición de San Úrbez es mucho.
Cerrarán los ojos bajo el cielo azul claro de la tarde y dormirán la digestión de unos estómagos que se encuentran a embute de todo. Sólo les faltó vino!!

Un buen par de horas después de sentarse se pondrán en marcha, cansados pero felices. Uno de ello, el más pío, a modo de penitencia cargará su macuto con piedras en este tramo final del día.
Salvando una cuesta amanecen en una plana ladera, abrizonar profundo desde donde observar con delicia el Tozal de Guara con su todavía manto nevado y sus clásicas nubes a modo de boina.
Los últimos kilómetros del día se hacen bajo un sol de justicia, por una pista que abandonan al rato para bajar hasta Laguarta por una senda pedregosa y curvada pero encantadora.

En Laguarta, en la antigua Casa Villacampa, una de las más fuertes de Huesca antaño, ahora reconvertida en albergue, cenarán y reposarán su cansancio los romeros, todos menos uno que debe postergar la segunda parte de la romería hasta el año próximo. Pero como iniciación al culto a San Úrbez ha sido más que suficiente.

San Úrbez y el milagro de la buixera II


Desayunaron nuestros romeros con alegría y buena gana, agradecidos a los dueños de la casa, de los que se despidieron con pena, especialmente uno de ellos, el más fino, que cogió cariño al can Perseo.
Arribaron prontamente a la Plaza Mayor de Buerba, donde les saludó la nueva estatua de la fuente, repicada en honor a las aguadoras del pueblo. Salieron hacia poniente por un bonito camino de piso enrollado que discurría por entre los muros de las fajas en que los antiguos transformaron la ladera. El camino mantenía la altura incluso al atravesar las barranqueras que a modo de tajos cortaban la pendiente, evitando así el tener que ganar más desnivel que el necesario, pues antaño no estaban las fuerzas para ser malgastadas de cualquier manera.

Al poco el camino se unía al que viene de Vió y Nerín, zona solanera que los romeros encontraron repleta de aliagas y abribones, lo que a trozos les obligaba a dejar el camino y pasar por los campos, hace tiempo yermos.
No pasó mucho hasta que arribaron a Navarra, lugar habitado desde la antigüedad y donde ahora sólo unos amplios corrales, un par de bordas y multitud de amontonamientos de piedras dan testigo de la viveza de antaño. Desde este lugar, el alargado hombro de una loma que desciende hacia el río Yesa, se distingue una magnífica vista:
Las Sestrales, mudas espectadoras de toda la romería imponen con su verticalidad hacia el noreste. Hacia el norte, la punta del Perdido sobresale justo por encima de las lomas. Hacia el sur la vista deciende hacia el cauce del Yesa y más allá Nabaín se muestra repleto de fajas, pinares y hayedos.
Al noroeste el monte de Suerio todavía coronado de nieve que se alarga dirección oeste por Comiello hasta las estribaciones de la cortada de Yeba y nuevamente el Yesa, que se curva en su curso superior para ir a nacer en las faldas de dicho monte. Y al fondo, pasada la cortada se vislumbran las siluetas del collado del Mallatón, a donde en el día de mañana llegarán los romeros.

Continuando camino desde Navarra pronto se vieron envueltos en una exuberante vegetación mientras descendían hacia un barranco indómito, todo un universo de vida en sí mismo, desde el que continuaron tras una corta remontada hasta una zona llana poblada de ciclópeas carrascas, monumentos vivientes casi desconocidos por hallarse en semejante lugar tan dejado (por suerte) de la mano del hombre.

El camino de nuevo baja, en esta ocasión durante un largo rato hasta llegar por medio de pinares y carrascales a un vado del Yesa, que sirve de sencillo cruce para nuestros andarines con boina.
Al otro lado un muro de piedra vuelve a anudarse al camino, en esta ocasión para separarlo de una finca maravillosa: una pequeña borda de dos alturas situada en medio de un prado tan teñido de verde que duele hasta mirarlo y que llega hasta el mismo río y un pequeño afluente que le sirve de acequia.
Un lugar paradisiaco donde perderse por unos días de asueto.

Sólo falta una rápida remontada hacia las casas de Yeba, solitario pueblo que se levanta bien orgulloso sobre una pequeña colina, entre bosque, campos y río.
Aquí es donde paran a echar un bocado, a reposar y a visitar el pueblo, cuyos rincones muestran tanta belleza como recuerdos esconden.

Apenas recobradas algunas fuerzas saldrán de Yeba monte a través para encontrar las ruinas de una antigua ermita, desde donde continuarán por un olvidado camino que está completamente vestido y enfoscado.
Tras unos cientos de metros de sufrimiento salen a un camino mejor que les conduce al collado que da paso al camino de las gargantas de Yeba, un sendero enrollado que discurre pegado a un maravilloso barranco que combina saltos de agua con pequeñas pozas mientras se interna entre escarpadas crestas verticales, aflorando finalmente por una osqueta a unos campos de cultivo donde el camino se divide.
Un ramal va hacia Puyuelo, ahora deshabitado lugar y el otro, el que cogen los romeros, se dirige hacia Campol y San Martín siguiendo un poco más el arroyo. El sendero, precioso, va a media ladera por la cara sur del monte, donde crecen robles y matorrales. Terreno seco que hoy empieza a regarse con las primeras gotas que bajan de las nubes. En esta zona son todavía escasas, mas en la lejanía ya han aparecido densas cortinas de agua.
Una de ellas se acerca de frente y confluye con los romeros a la llegada a Campol, así que estos optan por aguardar en la destartalada herrería del pueblo (deshabitado) a que escampe una miaja.

Poco después el agua se torna en agradable goteo con el que reemprender la marcha, pasando cerca de San Martín, por Villamana y finalmente terminando de bajar el valle con la llegada al río Ara, a cuya orilla finiquitarán las viandas que aún guardan en los macutos.

Una siesta después se ponen en marcha para cruzar el Ara, que baja ya mayenco, por el puente colgante de Lacort. No mucho rato después ya se encuentran en los campos que circundan Albella.

Este lugar es parada obligada pues aquí pasó San Úrbez tiempo sirviendo de pastor, a donde llegó desde Vió. Por ello el pueblo cuenta con un precioso templete encalado consagrado al santo.
Allí van a hacer noche esta vez, durmiendo al raso en la ermita de San Úrbez.
Durante buena parte de lo que queda de tarde se dedican a admirar la belleza de la ermita, su retablo, sus altares adyacentes, sus frescos, sus mosaicos en el suelo…


Mientras llegan en coche la mujer de uno de los romeros con una amiga y con la cena para esa noche.

Tras unas risas, unos guiñotes y una cena bien regada con tintorro ellas se marchan de vuelta a la civilización mientras nuestros sufridos compañeros preparan el vivac para una noche extraña, en la que unos disfrutarán de la bóveda estrellada del cielo y otros sufrirán acoso por parte de animales salvajes, fantasmas, demonios y otras bestias de la noche.

San Úrbez y el milagro de la buixera I

Sercué, aldea situada en una ladera soleada que abruptamente se despeña hacia el Bellos.
Anudando los cordones de las botas, calzándose las boinas, ajustando los macutos, asiendo los cayados, más de 60 años después los romeros de San Úrbez emprenden allí el reencuentro con una historia trasnochada para casi todos.

Paso a paso descienden por el portiello hacia el cauce del Bellos, desgranando la historia de este hombre, de este Santo, que arribó a estos lugares quizá huyendo de su Francia natal. El camino conduce con las primeras horas de la tarde a la entrada de la ermita de San Úrbez, abrigo de raíces prehistóricas convertido en templete donde se rinde culto a nuestro Santo, pues allí pasó una época viviendo bien de eremita, bien de pastor. La ermita, edificada con la ayuda de la oquedad natural, sigue acogiendo cada año varias romerías.

Los romeros continuaron paso, dejando tras de sí apenas sus oraciones y una vela roja en veneración.

Por la casi perdida Cabañera d´as Cruces remontaron las abruptas pendientes del desfiladero, lazada a lazada, huella a huella. Seis curvas magistralmente trazadas en el pinar que recalan cerca del ya moderno mirador de Añisclo.

Continuando con su andar sosegado por el camino romero, dejaron atrás el cruce de Buerba y Yeba para dirigirse primero a Vió, con la memoria todavía presente del Santo escapando con prisas por la puerta de atrás, unos dicen que por evitar que sus milagros lo hicieran conocido, otros que por acercarse en demasía a las mozas del lugar.
La pequeña iglesia del pueblo, circundada por un cementerio sembrado de apellidos que se repetirán continuamente en el camino, es parada obligada, a fin de remojar el gaznate y echarse un asueto al estómago.
De Vió, sorteando una barranquera llegarán en breve los romeros hasta Buerba, precioso pueblo que domina la vallonada del Yesa.
Allí en el albergue Guardafuentes http://albergueguardafuentes.com/ David, Raquel y Perseo se esmeraron por tratarlos como si fuesen familia.
Bien de sopas, pizcas, vino y otras viandas para recargar las fuerzas de unos cuerpos que no por devotos debían abandonarse al ayuno.
Allí durmieron unas horas antes que los primeros rayos del sol los cogiesen preparando la nueva jornada.

3 jun 2010

Cámara en mano

Un joven compañero de bici, Germán Mensa, se ha destapado como un extraordinario director de cine. Es el mayor exponente de la joven generación de bikers de Sobrarbe que llegan pisando fuerte y que en breve se nos subirán a las barbas.

El solito, cámara en mano y pies en los pedales está produciendo unos vídeos de mountain bike perfectamente montados, mostrando una gran visión del espacio y los movimientos, con mucha sensibilidad artística.

Cortos, sencillos, muy bien estructurados, con grandes bandas sonoras.
Demostrando que no hacen falta grandes saltos, velocidades de vértigo ni fuertes caídas para sacar el lado más brillante de la bici de montaña.

Totalmente alejados de otros vídeos más clásicos, toman protagonismo el paisaje, el enfoque o la paz que proporciona rodar por nuestros parajes, sin olvidar la velocidad y la excitación que supone ciclar por senderos y trialeras.

Podéis ver todos sus vídeos en vimeo: http://vimeo.com/user3015012

Aquí os dejo colgados los dos vídeos que más me han gustado.




Sobrarbe BTT(aguilar-janovas) from German Mensa on Vimeo.




btt sobrarbe(ainsa) from German Mensa on Vimeo.

1 jun 2010

Sueños y anhelos



Un sueño es un fogonazo de luz cálida en una noche fría.

Un anhelo es una estrella que ocupa una parte de nuestro firmamento todas las noches.

Una luz guía que orienta nuestro rumbo.

Un rescoldo ardiente que nos impide olvidar, pero que también nos obliga a recordar.

Muchos anhelos llenan nuestro firmamento de hermosas constelaciones, crean un mapa celeste que vemos nítidamente cada vez que cerramos los ojos.

Nuestra bóveda celeste está iluminada, hermosa, impecable.

Pero no sabemos donde ir.

No tenemos guía que nos oriente, que nos marque el camino.

Muchos anhelos forman una foto quieta en medio del tiempo y el espacio, una bellísima inmovilidad.

Carente de sentido, sin otro futuro que su contemplación.

Un anhelo nos invita a movernos, a caminar por una senda desconocida de la que sólo sabemos que es la que deseamos andar.

Una senda repleta de sueños que destellan conforme descubrimos nuevos recodos.