Sobrarbe es mi vida, gente sencilla y parajes únicos. El lugar donde mis cenizas, dentro de muchos años espero, abonaran nuevos bosques y praderas.

26 sept 2010

El Cebollar de Torla: Entre valles, estrechos, tasca y hayedos.


Nos acercamos hasta Torla para dar una vuelta con las bicis, subiendo al repetidor/mirador del Cebollar, colgado en un hombro de Mondiniero a 1.910m de altitud, con quizá las más bonitas vistas de Ordesa y Mondarruego, más incluso que los famosos miradores de Las Cutas, pues se coge todo el valle de frente, desde su inicio como tal en Los Navarros, donde el Arazas se une al Ara, y se puede observar de manera conjunta con la continuidad del valle del Ara en Torla, formando una L gigantesca, con la impactante cresta inclinada de Diazas en su vértice, y las preciosas laderas boscosas de Turieto, Mondarruego, Torla y Mondiniero acotándolo.

Además, desde el Cebollar igualmente se aprecia la cresta que sube al pico Otal y el estrecho de Bujaruelo, excavado por el Ara.

La pista de subida es muy agradecida, el piso es firme y no hay grandes pendientes, sino que se sube a un desnivel mantenido agradable, e incluso con algún descansillo. Durante la subida nos encontramos con un par de bordas entre unos prados abancalados, que brillan recibiendo el sol de la mañana componiendo una postal viviente.

Desde arriba de todo, nos vamos a tirar hacia Bujaruelo, primero trazando una diagonal que cruza varias barranqueras entre bosque de pino negro para a continuación salir a unas enormes laderas de tasca (donde pastan las vacas mas bien que bien) que se cruzan medio ciclando medio andando, hasta descender entre zetas en la hierba un hombro que desemboca en el inicio de una hayedo de esos con los que sueña cualquiero caminante: una extensión inmensa de hayas jóvenes, salpicadas por otras más viejas y monumentales que imponen una majestuosidad tal al bosque que casi obliga a desfilar en silencio, sólo roto por el crepitar de las ruedas entre las hojas y ramas caídas.

Es un lugar increible, una opción buenísima para perderse andando un día, y bajar ya con el atardecer anaranjando el cielo habiendo realizado una cura de relajación que ni el mejor de los balenarios.

El sendero abandona el hayedo al cruzarse con el barranco del Cebollar, que terminará cayendo al Ara en el tremendo Salto del Carpín, y continúa por una costera pedregosa y escalonada que nos lleva a una faja colgada sobre el río, un magnífico mirador del desfiladero en el que ya, casi sin darnos cuenta, nos hemos adentrado.

Desde este punto el camino sigue el curso del Ara, ahora llaneando, ahora descendiendo en cortos pero pronunciados bajadores, que poco a poco nos van acercando al cauce. Son lugares propicios para trialear con la bici, pues sin tener gran dificultad permiten una conducción divertida y gozosa.

Amanecemos finalmente en la carretera a mitad camino entre Torla y el Puente de los Navarros, y en un verbo nos llegamos a los coches, con la sensación de la labor cumplida y las ganas de repetir otra ruta lo más pronto posible.

Como siempre, una imágenes valen más que mil palabras!!

22 sept 2010

Los conquistadores de lo inútil

Así resumió el alpinismo Lionel Terray en su indispensable biografía.

“Los conquistadores de lo inútil” somos todos aquellos que vamos, orgullosamente, a la caza y captura de picos, montañas, rincones o rutas, sin recibir “nada” a cambio del riesgo, cansancio, miedo, dolor o sufrimiento. Nadie nos da premios, no hay más recuerdo que unas fotos y la memoria, no tiene fin en sí mismo, ni utilidad alguna. O eso se pensó mucho mucho tiempo. Y aún hay bastantes que lo piensan.

“Porqué subir al Everest?” Le preguntaron. “Porque está ahí” les respondió Mallory a los periodistas. Son ambas expresiones míticas, tremendamente repetidas y conocidas, pero no por ello dejan de tener el mismo significado que antes de ser frases famosas. Y a ellas quiero dedicar mi pequeño homenaje, en forma de la ascensión a un pico que “estaba ahí” desde hace mucho. Y ahora ya, por fin, está aquí (dentro del pecho).

Un día en medio de nada, una mañana con el cielo gris y tenso como el parche de un tambor, presto a retumbar en cualquier momento.

Una carretera serpenteante seguida de una pista que asciende un valle vertical nos dan muestra de lo caprichosas que son las relaciones entre tiempo y distancia: Hora y cuarto para recorrer un trayecto que en línea recta no ocupa más de 25km. ¡Qué equivocados están los que miden las montañas en metros y kilómetros! Hoy lo volveremos a comprobar.

2 ibones y 2 picos nos esperan. Al primero de ellos llegamos conduciendo. Es Urdiceto (Ordizeto) el lugar donde aparcamos la furgoneta, 2350m sobre el nivel del mar. El ibón, artificialmente represado tiempo ha para su aprovechamiento hidrológico, se encuentra medio vacío, fruto de la época del año. Aún así, esmediado y con diques, no deja de impresionar su belleza, sustentado en una cavidad glaciar bajo las cresta de Fuesa y el Cau, e impedido de esparramarse hacia los valles de Ordizeto y Sallena por dichos represamientos. Comienza a lloviznear cuando arrancamos a andar por un marcado camino que nos ha de llevar al primero de los picos, el más alto del macizo, y uno de los más agradecidos y espectaculares por sus vistas de inmensos desniveles e inacabables lomas de hierba. Sólo 28 metros hacen que no sea un Tresmil y que por tanto se mantenga lejos de la masificación montañera que supondría sumar esta (estúpidamente) palabra fetiche a su fácil acceso. Se trata de Punta Suelza (2.972m).

Este ascenso tiene una doble intención. Por un lado, disfrutar de la jornada, del lugar, la tranquilidad y la magia de las montañas, y por otro contrastar la posibilidad de ascender por este camino hasta la cima con las bicis al hombro, para luego bajar por otra vertiente pedaleando (esto ya se comprobará otro día). La senda avanza a por una pedregosa ladera sin dificultades durante su tramo inicial, para posteriormente ascender en curvas por una amplia y pendiente pedrera. Es el tramo más duro de la ascensión, pero se salva sin dificultades, y cuando desembocamos en la cresta, además del cortante viento, otra impresión nos deja temblando:

El ibón del Cau, allá abajo, en un perfecto ejemplo de excavación glaciar, un remanso de tranquilidad perdido en el tiempo y el espacio, adornado por coladas de piedra de diferentes estratos rocosos que, a modo de guirnaldas de diversos colores, bajan desde las alturas del valle hasta la orilla del agua. Agua que cambia de tonalidades con la profundidad, alumbrando un cuadro tan perfecto que se graba en la memoria como un paisaje de Monet, luz que sobrepasa las formas.

El frío y los impacientes ladridos de Moskowa nos impelen a continuar, ahora por un amplio cerro y una ladera agradable donde se avanza ligero, y poco después remontando de frente la pendiente hasta ganar la cima, una amplia loma muy llana que permite unas impagables vistas de 360º. Son las 10:10 de la mañana, apenas hora y cuarto desde que salimos del coche, un paseo. Y, lo que es igual de importante, perfectamente viable para subir porteando la bici. Avistamos Urdiceto y los puertos del norte (Viejo, Forqueta, Salcorz, Trigoniero…) que lindan con Francia; Pineta y sus picos al completo (Treserols, Tres Marías, Comodoto, Astazus); la Madera, Culfredas, la Pez y Bachimala; Posets, Espadas y Eristes; el Macizo de Cotiella al completo; Barrosa y La Munia; Vignemale allá al fondo… Menuda clase de geografía!!!

Echamos un bocado y desandamos el camino hasta el pequeño collado donde nos encaramamos al cerro por primera vez. Aquí tenemos que decidir cómo entrarle a Punta Fuesa (2.868m), el otro pico que tenemos pensado para hoy, y al que llevo mucho tiempo esperando subir: Fuesa, desde Ainsa se avista como un afilado colmillo separado de otros picos que le hagan sombra. Su silueta engancha, y siempre lo he tenido en el debe. Hasta hoy.

La solución más sencilla y larga es desandar el camino hasta Urdiceto y una vez allí remontar la pedrera que lo separa de los contrafuertes de Fuesa, para buscar una vía de acceso. Larga y aburrida. La más directa e incierta consiste en tomar la arista en dirección noroeste para dentro de lo posible cabalgarla o flanquearla. Correríamos el riesgo de tener que dar marcha atrás si llegamos a un punto de no retorno, pero como me han comentado que hay pasos, y se vislumbran varios collados desde donde poder destrepar hacia Urdiceto, nos decidimos por esta. Y que coño, es más divertida!!

Sorprende el primer trozo, pues tras unos metros que pintan fatal aparecemos en una ladera herbosa pendiente por la que andamos como Pedro por su casa. Moskowa se dedica a perseguir sarrios mientras tiramos fotos como descosidos. Nuestra ladera va estrechándose hasta finalizar, ya sí, en una arista rota pero perfectamente franqueable, que desciende pronunciadamente hasta un pequeño paso que conecta los ibones del cau y Urdiceto. Continuamos un rato más hasta otro pequeño paso, lugar donde los gendarmes de la arista nos invitan a abandonarla.

Descendemos al lado norte para flanquear justo por la línea que forma el final de las graveras con la roca madre, con una canal final húmeda y empinada por donde se despeña mi GPS (40m de caída entre piedras rebotando, y aún funciona) que se hace delicada, pero despacito y buena letra llegamos abajo. Estamos a 2.530m de altitud, así que tendremos mínimo todavía 350m de desnivel que volver a ganar. Atravesamos este inclinado mar de piedra triturada como podemos siempre buscando ir remontando metros, sin alejarnos del nacimiento de la cresta. De repente nos encontramos con una senda que asciende muy marcada hacia un visible collado un poco más adelante, así que la seguimos para llegar al paso habitual de cruce entre Urdiceto y el Cau. Hay un gran tajo en la arista que permite un paso llano y cómodo, una osqueta puesta que ni pintada.

Pensar en crestear desde allí parece improbable, así que me adelanto trepando unos pasos a ver como pinta, pero aunque sería posible subir, es delicado, y sin cuerdas, en caso de precisar un descuelgue, nos sería inviable dar marcha atrás. Es sin contar que Moskowa también ha de subir, y todo lo que pase de II grado no puede hacerlo por sí sola (eso sí, hasta esa dificultad trepa con una suficiencia envidiable). Por tanto decidimos continuar flanqueando en busca del collado final, ya más adelante del cénit de la cima, para atacarla desde detrás. Pero al poco, mientras la pedrera se hace más vertical y descompuesta, veo una canal con buena pinta y decido que probemos suerte allí. Es más larga de lo que parecía, tal vez 80m de desnivel a 55-60º, tremendamente descompuesta y sin compactar, con lo que cada paso adelante son 3 atrás.

Cuesta cerca de 15min ascenderla entera, contando los pasos de trepada (IIº) que faltan hasta ganar la arista. Una vez aquí todo se ve mucho mejor. El cresterío, tan vertical por el norte, cae en una pendiente herbosa hacia el sur. Igualmente muy empinada (45-50º), pero perfectamente atravesable.

Es por aquí donde, con unas vistas inolvidables de toda la arista separando los dos ibones, remontamos los metros finales hasta la cima, pequeño espacio inexpugnable donde la unión de un cielo cada vez más gris y hundido con los abismos que se abren a nuestro alrededor, nos sentimos diminutos, igual que deben sentirse los astronautas en sus paseos espaciales.

Aquí arriba comienza a llover con ganas, y tras un frugal bocado, echar un ojo a nuestro alrededor en busca de otra vía de bajada (sólo se ve una canal que tiene una cinta reciente cogida a un viejo clavo como peligroso anclaje para un rappel) que no vemos y las fotos de rigor, desandamos el camino de subida, primero despacito por la hierba mojada hasta la canal, y una vez allí surfeando la pedrera en escasos segundos (con lo que ha costado subirla!!!) hasta llegar a la tasca, desde donde, cada vez más acompañados por la lluvia, concluimos el paseo rodeando el ibón de vuelta al coche.

Son las 15,15 cuando llegamos a Bielsa y tomamos un merecido café en casa Pañart, y las 16h cuando por fin, desde las 7h, volvemos a Ainsa. Suelza es un pico muy sencillo y al alcance de todos, pero Fuesa ya exige un compromiso mayor, falta de vértigo y afinidad con trepadas (sencillas), conocimiento de la montaña y experiencia para leer el terreno.

7 sept 2010

Over the hills and far away







Si hay una canción que representa los impulsos que me llevan a perderme entre montañas andando o con la bici, es esta. Deseo de conocer lo que hay tras estos montes. Y tras esos, y tras aquellos…

Y si hay una canción que con su música toca la parte del cerebro que late desbocada mientras asciendo laderas, atravieso valles o desciendo pedreras, también es esta.
Las explosiones de la guitarra, la entrada de la base rítmica, los berridos de Plant, golpean allí donde se acumulan todos los recuerdos, llenos de sufrimiento y pasión, que me tatúa la montaña en el alma.

Hace ya días que no escribo una crónica como dios manda de una ruta “mundial” y no se me ocurre una mejor manera que relatar el cómo, el dónde y el cuánto. Y, sobre todo, el porqué.

Sé que hay mucha gente que no ha hecho “click” nunca con la montaña, y por ello le cuesta entender mis/nuestras motivaciones y recompensas, al igual que a mi me ocurre con otras aficiones. También sé que posiblemente es injusto mi punto de vista, más no puedo dejar de pensar que al contrario que otras aficiones, las relacionadas con la naturaleza y el esfuerzo personal te hacen mejor persona. Cuesta encontrar un “biker” que comparta nuestra filosofía y que no sea un tío de la leche.

Las fuerzas geológicas domeñan el mundo mineral de las alturas, tallan fulgurantes agujas, excavan profundos desfiladeros, levantan majestuosos mallos y repican inmensos collados. Estas mismas fuerzas también actúan en el espíritu de las personas que se acercan a las montañas con la mente y el corazón abierto, dispuestos a dejarse modelar de nuevo, aprendiendo la nimiedad bajo el cobijo de la inmensidad, la paciencia sobre el reloj de la aparente inmutabilidad, el deseo a través de páramos de sufrimiento, el gozo bajo toneladas de esfuerzo.
La perfección como una hoja entre un mar de hayedos, como el instante en que aire, fuego, tierra, agua y alma se funden en una sola y etérea partícula que llega y al punto desaparece. Y te encadena de por vida a seguir buscándola.

Porque, como durante la ruta me reconoció un amigo, no somos ciclistas, somos montañeros que además de botas, piolets, cuerdas y mochilas, también empleamos la bici.
Montañeros que no dudamos en cargar con nuestras bicis de 15kg al hombro o a la espalda durante horas, durante cientos y cientos de metros de desnivel, con el incierto propósito de cabalgar crestas y laderas sólo al alcance de los sarrios y las cabras, buscando la belleza continuamente, ya sea en forma de paisajes o de adrenalina. Siempre persiguiendo atisbar nuevamente esa etérea perfección.

Por ella nos internamos el pasado viernes en el dolomítico macizo de Cotiella desde Plan.

Comenzamos pedaleando por la pista que sube al collado de Sahún zigzagueando entre profusos bosques de pino y abeto. La pendiente no es excesiva y se gana altura con bastante comodidad, también porque vamos arropados por la sombra de las coníferas. Dejamos la pista principal y tomamos el ramal de la derecha que nos conduce al collado de La Cruz, circundado de pastizales donde los terneros juegan y las vacas disfrutan del completo relax. Se pensarían que veníamos a darles sal, pues aparecieron trotando de todos lados para acercarse a nosotros.

Aquí cogimos una pista poco transitada por la que en parte discurre el PR de Plan a Plana Angón y seguidamente la abandonamos al pié de un refugio para continuar escoltando las marcas blanco amarillas, ya fuese andando o mayormente a pedal.
El sendero es sugestivo, pues traza una línea perfecta por medio de una escarpada ladera, atravesando primero bosque de pino negro, más tarde terreros y barranqueras y finalmente una continua pedrera que acaba por desembocar en unos majestuosos prados, sujetados en la pendiente por los ciclópeos contrafuertes de 300 metros verticales de pared: estamos en la Plana Angón, un verdadero oasis para el ganado entre tanto mineral.

Encima de ellos, las descomunales peñas que cierran el paso hacia la Basa de la Mora: Peña las Diez (2565mt) y Picollosa (2732mt). En medio, como un hachazo entre ambas, el collado del Ibón, con sus 2345mt.

Estos prados caen con ligera inclinación formando una vaguada en el medio por donde fluye un torrente de agua cristalina, perfecto lugar para recargar agua.
Estamos a 2050metros de altitud y por esta misma vaguada es por donde vamos a ganar los próximos 300 metros de desnivel, todos ellos con la bici al hombro (a la sobrarbense que se llama).
Nos espera una hora larga de andar con unos 22 kilos a la espalda (bici+mochila) por una pendiente donde las piedras compiten en cantidad con las gotas de agua del mar.
Da igual, estamos en un paraje tan impresionante que la vista actúa de calmante del esfuerzo. Pasito a pasito vamos subiendo casi sin darnos cuenta, mientras asistimos embobados al paisaje. Cómo se abre a nuestra siniestra el lunar circo de Armeña y su refugio, punto de entrada de este inframundo lapiaz de simas y grietas, muchas de ellas aún por catalogar.
De frente, Picollosa impresiona cada vez más con sus paredes extraplomadas surcadas de profundas fisuras, como la cara de un anciano coloso.
De camino aún nos cruzamos con los veraneantes propios de esta zona: rebaños de cabras y una oveja rezagada con dos corderitos recién paridos.
Mirando hacia atrás, toda la sierra de Chía y el Turbón tapan el horizonte, donde las nubes de evolución ya van proliferando.

Llego el primero al collado del Ibón, nexo de unión entre dos universos tan parecidos como diferentes, pues al fondo del valle se divisan nuevamente bosques de pino negro, que parecen acunados entre los picos (Peña la Una, Litasé) que cierran el embudo de la Basa de la Mora, el ibón más hermoso del Pirineo. Mientras llega el resto, aprovecho para abrigarme (pues la niebla ha descendido y torna espectrales los picos y el ambiente circundante) y fotografiar la esforzada ascensión de mis amigos.

Comemos de cara al oeste, tratando de descifrar por donde atraviesa el canchal nuestro sendero, asimilando dónde nos encontramos, saboreando el embutido, las sardinas y los chipirones (en el monte, pescado).

Por fin terminamos, recogemos todo para que no haya huellas de nuestro paso, nos ajustamos cascos y protecciones y enfilamos un piélago rocoso que se hace exigente pero muy divertido, siempre las ruedas surfeando piedras que son arrastradas a nuestro paso y ruedan veloces pendiente abajo como prófugos que escapan del mismísimo infierno.
Súbitamente aparecemos entre los prados que preceden al pinar, donde el descenso se hace más sinuoso y sencillo, lo que nos da margen para disfrutar del paisaje, y de las primeras vistas del Ibón, al que llegaremos en breve esquivando pinos y rocas.

Los senderistas que hay por allí nos miran extrañados, ¿de dónde aparecen estos con bicis por ahí arriba?, como si estuviéramos idos, hipótesis que se confirma al desnudarnos y tirarnos de cabeza a las gélidas aguas del ibón. Está tan fría que duele respirar dentro, pero nuestras piernas agradecen el relax que les supone.

Vamos a continuar, queda la traca final, así que tras un rato maravilloso de risas y carcajadas nos volvemos a enfundar en la ropa de faena, ajustamos suspensiones y nos lanzamos al descenso final: PR de la Basa de la Mora o Ibón de Plan al pueblo de Plan. 900mt de desnivel que serán superados en apenas 3,5km de sendero implacable.

Rampas salpicadas de raíces y rocas descarnadas, tramos con escalones y curvas imposibles, zonas de piedras como lavadoras, trechos húmedos donde las rocas resbalan como hielo puro, cuando te parece que la dificultad no puede crecer más, ves cómo se multiplica. El estado de tensión y concentración se cortaría con la navaja, casi ni hablamos, sudamos copiosamente y las piernas y brazos queman como una hoguera de mantener la bici en el camino.
La trialera sigue el discurrir de un barranco precioso, vertical y lleno de cascadas que en invierno son presa de los escaladores de hielo, es por eso que desciende tan veloz. El mundo cambia a nuestro alrededor, los pinos negros mutan en abetos, estos en hayas, bojes, abedules… estamos abajo, hemos superado quizá la bajada más complicada de cuántas adornan ya nuestra memoria, un reto que corona una ruta mundial, mágica, éxtasis!!!

Rememorando ya en frío al día siguiente, te das cuenta que durante toda la bajada final no tenías los ojos fijos en el camino. Simplemente perseguías la etérea perfección que revoloteaba delante de ti.

En poco tiempo mi vida va a realizar un fuerte cambio, muchas cosas desaparecerán y otras nuevas llegarán, pero habrá algo siempre inmutable: ESTO.

10 ago 2010

Enter Sandman


Para un fanático de Metallica como yo, probar una bici que se llama Sandman tiene un componente especial de cariño, y porqué no decirlo, de nostalgia.
Pero mientras el Sandman de los californianos era un monstruo de las pesadillas para asustar a los niños, la Sandman belga es un monstruo de los sueños para circular por el monte.

Pongámonos en antecedentes:
- Hace ya un par de años o así Ángel me habló de de que Koen, un belga que había vivido mucho por aquí por Sobrarbe y que tenía una empresa de rutas de bici, estaba con la idea de adaptar unas ruedas de cubierta mastodóntica a las bicis de montaña. A mi me pareció inviable y no le hice mucho caso.
- El otro día que pasé por el taller, me encontré de morros con una extraña bicicleta: combinaba un cuadro rígido muy bonito con unas ruedas que daban ganas de reírse. Y, una vez acabada la carcajada, de mirarla con mucha atención. Llantas de anchura especial, cubiertas de 3.8 y blandas como chicle por la poca presión, horquilla invertida, montaje a tutiplén, factor Q inmenso, cuadro especial para dejar un paso de rueda adecuado… había que probarla!!

Así que regresé por la tarde para dar una pequeña vuelta a Partara, territorio muy conocido pero que hacía días que no cataba. Siendo agosto, el trayecto ente la tienda de Ángel y el inicio de la ruta estaba atestado de turistas, los cuales giraban la cabeza al verme pasar con semejante trasto; unos asombrados, otros riendo, otros pensando en un chiste. A nadie dejaba indiferente.

Comienzo la ruta, con el primer problema: el sillín no sube los suficiente para mí y tengo que pedalear muy muy bajo. Pero bueno, es lo que hay… Así que comienzo una rampa hormigonada de considerable pendiente, donde la bici parece agarrarse, pero menos de lo imaginado. No puedo ponerme a penas de pié porque las cubiertas tan blandas (0,7kg) flanean mucho y resulta incómodo (con lo que no voy a poder descansar las piernas de pedalear tan bajo), pero ya pruebo que intentando pegar un arreón fuerte de pié donde normalmente una bici normal perdería tracción trasera, esta ni se menea.

Continúo por un trozo de asfalto roto hasta llegar al inicio de la pista que sube a la cruzeta Bruello. Esta subida es corta pero una putada, son rampas tremendas (mucho rato sobre el 20%) y el firme está completamente esbarrancado, acanalado, con piedras de todos los tamaños, con tierra suelta a tramos… Cuesta mover el 34 que lleva (las ruedas, debido a la cubierta son similares a una 29er) y más con mi postura tan baja, pero lo compensa el hecho que la bici no pierda tracción en NINGÚN momento. A mitad subida me pongo a pasar por los peores tramos de la pista, buscando las piedras, los agujeros, los surcos, y el resultado es el mismo, estoy impresionado. Sólo con pendiente de tierra fina y suelta la rueda trasera derrapa algo.
Cerca de la cruzeta Bruello, en vez de subir por la pista, cojo el empalme de sendero, que es inviable pensar en pedalearlo normalmente. Aún así, soy capaz de pedalear más de la mitad del mismo, y seguro que algún buen ciclista, más técnico y fuerte que yo, se lo subiría casi entero. Sólo las fuerzas y la pendiente que te echan para atrás suponen un freno a las posibilidades de trepar con este cacharro.

Paro arriba para hacer alguna foto de la burra y me dispongo a continuar por el sendero de subida que crestea la sierra de Partara: ramas, tierra, losas, piñas, más losas. Aquí la bici sigue subiendo muy fina, y se compensa de manera bastante buena el extra de rozamiento con la ausencia de pedaladas en falso y el gasto extra que supone esto. El no poder ponerse mucho de pié para descansar un poco las piernas es un fastidio en algún momento en que vendría bien oxigenación, pero llego arriba y es allí donde descanso las patas J (añado el hecho de hacer medio sendero con una sola mano, pues la cantidad de mocas de la encina que hay me obligan a ir espantándolas a manotazos todo el puñetero rato)

Bajando, la bici va rápida, estable, pero le noto cierta falta de manejabilidad en la zona más revirada y agarre lateral al tumbar (por los tacos de la cubierta). Varias curvas encadenadas que normalmente se derrapan, en esta ocasión no puedo hacerlas tan deprisa porque pese a los frenos de 4 pistones hope m4 noto falta de potencia de frenado y demasiado agarre para derrapar como estoy acostumbrado, por lo que las tengo que hacer despacio. No parece una bici ratonera, con semejantes ruedas, pero sí muy estable a velocidad (el último tramo es una diagonal de velocidad pura), y la rueda trasera copia el terreno como si llevaras una suspensión trasera corta pero hipersensible.

Como colofón cruzo el barranco de Ena montado como en un sofá, tremendo, y paso por unos metros de barro blando y profundo que se salvan de manera impresionante (la rueda no se clava apenas por su anchura, y los tacos que tiene no agarran casi barro).
La vuelta por carretera, 2km, es otro cantar, se hace pesada, se oye rodar mucho, lastra física y mentalmente.

Como epílogo decir que me quedan ganas de poder probarla más, con una tija adecuada a mi altura, con mejores frenos, y durante más rato. Sube como un demonio, baja decentemente bien, y me queda la duda de cómo sería con unas cubiertas tipo Larsen o tipo High Roller, cómo se comportaría con cada una de ellas. Y, también, si con esta bici más evolucionada, se recortarían bastante los tramos de pateo de las Pirenaicas…
Preguntas, más preguntas…

9 ago 2010

Kafka en la orilla (Haruki Murakami)

Un libro bonito, y de darle mucho al coco. Un libro precioso, tierno, delicado, sensible. Un libro psicotrópico, crispante, extravagante.

Un libro que olvida la motivación de gran parte de las novelas: contarnos una historia de principio a fin. Una historia con unos antecedentes que se desgranan de una u otra manera durante el texto, y que ayudan a comprender la historia en su final.



En esta ocasión la novela nos presenta dos historias que, aunque en épocas distintas (no sabemos muy bien cuándo ocurren realmente hasta cierto tiempo después) van siendo narradas alternativamente. Una resulta más extraña que la otra, si bien ninguna de las dos parece claramente presentada (por supuesto, a propósito).
Veremos que según avanzan las páginas más extraña parece una de las historias. Mientras, la a priori principal, toma unos derroteros clásicos de escapada juvenil. ¿Clásicos? Por poco tiempo.

Murakami entrelaza personajes con maestría, dota hasta al más insignificante de un trasfondo especial, único, trabajado. Y jugando con ellos empieza a tejer lo que parece una tela de araña clásica (otra vez, ¿clásica?) donde los hilos confluirán perfectamente en las páginas finales. Todo mentira.

Kakfa Tamura, Oshima, Saeki, Nakata, Hoshino, son nombres de personajes a quienes tras esta novela no cuesta imaginar en su vida pasada y presente, dada la gran familiaridad con la que Murakami nos los ha retratado. Parece que hayamos sido espectadores de su crecimiento. Y sin embargo, en cuanto al futuro…

Mientras al inicio los acontecimientos se suceden lenta y casi metódicamente, como una rueda de molino que es empujada por una llanura despacio pero sin pausa, cuando se llega a la pendiente, la rueda empieza a rodar por sí sola, acelerándose cada vez más, para finalmente estrellarse contra el fondo del barranco. Posteriormente, Murakami nos pasea por los restos del estropicio, pero sólo nos muestra los trozos en que ha quedado rota la rueda. Nada se nos dice de los daños que ella ha ocasionado. Y tampoco nos queda del todo claro porqué comenzaron a moverla.



El libro se basa en su génesis de una interpretación personal y aún más voraz del complejo de Edipo, profecía lanzada a Kafka Tamura por su propio padre. Esto es así pues Kafka no recuerda ni a su madre ni a su hermana, al igual que tampoco guarda especial cariño por su progenitor.
Este Edipo, integrado en una trama llena de pensamientos, cultura, letras, libros, que busca con todas sus fuerzas escapar a su destino, contrasta con la simplicidad intelectual de la historia paralela, de unos personajes que ni saben de bibliotecas, ni de libros, ni se dedican a pensar más de la cuenta. Y que van buscando exactamente el destino que les ha tocado. Uno actúan para pensar y otros piensan para actuar. Pero ni siquiera esto es del todo exacto…
Resulta también curioso (o no) que los dos amigos que ayudan a los protagonistas tengan nombres similares (Oshima, Hoshino)

El propio Murakami ha dicho acerca de esta novela que contiene muchos enigmas, que no hay respuestas a todo dentro de ella, y que son los lectores los que deben buscar sus explicaciones, pensarlas, crearlas.
Incluso, en muestra de un humor propio, el libro está complementado con diferentes juegos de palabras y de significados, con círculos de relaciones que no afectan a la trama, pero que dejan su poso, como ocurre con todas y cada una de las impresionantes conversaciones que tienen lugar entre los personajes.

Murakami no escribe puntada sin hilo, aunque eso no excluye que al final deje los hilos a medio tejer…

5 ago 2010

Déjame entrar

Hacía semanas, meses, años desde la última vez que una película me impresionó tanto.
Y más tiempo aún desde la última que me hizo estar dos o tres días ensimismado, volviendo recurrentemente a sus imágenes, diálogos e insinuaciones.

Iba a escribir en este blog hace unos meses tras ver “The road” basada en el libro del mismo nombre que ya desgrané aquí hace casi dos años http://reynodesobrarbe.blogspot.com/2008/09/la-carretera-cormac-mccarthy.html
La película, sin llegar al nivel del libro, me impresionó, por saber captar muy bien el universo desolado, la relación padre-hijo, el sufrimiento y el amor llevado hasta las consecuencias menos deseables, pero más importantes.
Desde luego, una enorme película, que te deja con un nudo en la garganta, que te inunda de tristeza y desasosiego, pero también de ganas de vivir, de demostrarlo. Dura.



Dura, si, pero comparada con “Déjame entrar” no es más que un “Bambi” cualquiera.
Que con 4 niños, 4 adultos y nieve se consiga semejante efecto sobre los espectadores resulta increíble. Los dos protagonistas infantiles realizan un trabajo maravilloso, pero es el guión, la historia, la que envuelve todo de un desasosiego continuo que oprime, que duele.
Te encuentras en vilo todo el tiempo, esperando que ocurra algo… que no ocurre.

Oskar es un niño corriente, un poco miedoso, parado, y recibe continuas burlas y agresiones por parte de los “matones” de la clase. Querría hacerles frente, vengarse, pero no se atreve más que en sueños, cuando está solo, imaginando.
Una tarde conoce a Eli, su nueva vecina, una chica de su edad que se ha mudado al barrio con su abuelo, un señor callado y mayor, con el que discute a veces.

La relación entre ambos, y con el resto de vecinos, pintará un cuadro extraordinariamente intenso, algo que se acentúa mucho más con la inexpresividad propia de Escandinavia.
Primero la relación niña-abuelo, luego la niño-padres/amigos y finalmente niño/niña, son un compendio de momentos, detalles y acciones que acaban teniendo mucho significado. Todos ayudan a completar al final de la película (o, quizás, varias horas después) un nuevo cuadro final, diferente por inesperado… o no.
Un cuadro donde los deseos que te surgen durante la película chocan frontalmente con los que finalmente tienes, donde el reverso/anverso de las cosas cobra una dramatización bestial.
Donde todo es lo que parece ser, y ello, aunque extrañe, es lo más complicado de digerir.

“Déjame entrar” es una obra maestra del cine, con toda seguridad la mejor película del 2008 y la mejor película de vampiros que he visto.
Y, seguro, la película más dura que he visto en muchos muchos años.

He tratado de no contar prácticamente nada de la misma, porque es mejor verla lo más “ignorantemente” posible. Pero aunque te la contaran entera, acabaría igualmente dejándote tocado.

Haced todo lo posible por verla.

2 ago 2010

La noche del Ibón

Como tantas otras, nació de la retorcida mente de Oriol.
Enseguida entramos los de casa.
Y detrás, los inmigrantes.
Sin ellos no hubiera sido igual.


Cifras:
Noche del 29 al 30 de julio de 2010
10 estalentaos (Oriol, Tonino, Nicasio, Martín, Ricardo, Chapu, Toni, Ana, Pepito, Jorge)
1 todo terreno
9 bicicletas
23:00 horas de salida
05:00 horas de llegada
6 horas
1.929 metros de altitud máxima
1.059 metros de desnivel acumulado
23 km de distancia
3 pollos asados
2 tortillas
2 empanadas de carne
Varios pozales de agua
2 cajas de cerveza
12 botellas de sidra
1 guitarra
1 chuflo
19,5ºC de temperatura máxima
5ºC de temperatura mínima
y…
1 Pirineo
1 ibón
1 refugio con fuego
1 luna llena
Infinitas estrellas

Todo consistía en una ruta de bici de montaña que casi todos habíamos hecho ya antes, una subida por pista pedregosa combinada con una bajada variada, trialera y divertida. Todo??

Alumbrados por las farolas de Saravillo, jaleados por los ladridos de los perros, comenzamos a pedalear una noche clara y fresca.
Luces apagadas salvo los frontales, la pista es sencilla de seguir aún casi sin iluminación, las piernas están frías y el ánimo alegre, tapando alguna duda interna (esto no es una bajada de 15min cerca de casa, son 1000m de bajada de todos los pelajes y dificultades)
Comenzamos con paso de marcha, parece que hay prisas, las rampas se suceden sin descanso, las curvas aparecen repentinamente entre la oscuridad frontal, el bosque que nos abriga parece un teatro de sombras danzando al leve silbido del viento.
Sólo se oye el monótono ruido de la gravilla desplazada por los tacos de las ruedas mezclado con nuestro respirar.
El vaho envuelve nuestros cuerpos, las gotas de sudor saltan al suelo, la noche va creando jirones de nubes que envuelven a las estrellas mientras estas derraman su luz sobre nosotros.

Paramos el mirador de Lavasar, desde donde sólo resaltan las luces de Sin y de Saravillo, hundidas en el negro abismo que parece el valle. La luna todavía no ha salido y las primeras horas de oscuridad son abisales.

Continuamos subiendo, el grupo se alarga paulatinamente y se recoge al llegar al abrevadero, donde espera Ana con el todo terreno para ver qué tal va.
Reparamos una rueda y seguimos adelante, ya llevamos media subida!!

El aire se hace más fresco al tiempo que los picos circundantes toman posiciones sobre nosotros, fantasmagóricas moles recortadas bajo el cielo, negro sobre negro. No queda nada del calor que teníamos al inicio, y eso ayuda a mitigar el cansancio. La pista se va rompiendo progresivamente, pero tenemos que economizar baterías, con lo que nos dedicamos a trazar el paso entre la penumbra y la intuición, sólo con el frontal.
En una curva, aparece repentinamente la luna, bañando las copas de los árboles de una luz clara y pálida que inunda el mundo de sombras en un chispazo. Me quedo sin respiración, y atesoro ese momento con la misma fuerza que haré con otros que están por llegar. Bajo piñones, me levanto en la bici y miro: miro hacia los lados, hacia arriba, atrás buscando mi estela, miro al suelo, donde cada piedra, cada trocito de grava ha recibido su sombra.
Pasan de las dos horas y cuarto cuando alcanzamos el hombro donde asienta el refugio de Lavasar, del que ya hace unas curvas el olor a fuego nos daba pistas de su presencia. Sin tiempo para dejar las bicis, completamente sudados y helados, recibimos una cerveza para celebrar la llegada.

Ya cambiados y abrigados nos metemos en el refugio a calentarnos junto al fuego, que Ana ha encendido, y a pizcar de todo el comercio que hasta aquí se ha subido.
A la cerveza le sigue el escancie de sidra, a esta la empanada de carne, el pollo, la tortilla… Y a todo esto las fotos, los cánticos y la guitarra de Martín que arranca los vítores y aplausos que suben al cielo confundidos con las estrellas…

Son las 3 de la mañana cuando nos calzamos las protecciones, nos ajustamos el casco y comenzamos a trialear la senda hacia el ibón. Subeybaja que con el buche lleno se hace duro duro. Pasamos rocas, raíces y troncos, hasta que avistamos la pradera.

Apagar las luces, y silenciosamente pedalear por estos prados, entre las vacas y los árboles, bañados por la luna y los luceros, se parece tanto al éxtasis que cualquiera podría confundirlos.
Llegamos a la orilla del ibón y todo está calmado como un cuadro. Al fondo relucen los neveros de las peñas, el collado del ibón asemeja la V de victoria, el agua está tibia, nos tumbamos en la hierba, nos dejamos invadir por una sensación de irrealidad que cuesta mucho explicar… Simplemente sentimos.

La vuelta al refugio es callada, rápida. Allí finalmente nos preparamos para la traca final, el complemento a la perfección de la paz y el embelesamiento místico del lugar y la hora: toca bajar.

Los colmillos crecen y se afilan, el cansancio desaparece bajo oleadas de adrenalina, las orejas se empuntan, las horquillas se alargan, los ojos se entrecierran, el sillín se baja, la sonrisa lobuna aparece, se comprueban suspensiones y presión de neumáticos, la boca se seca, se encienden las luces…

Nos tiramos como posesos por el sendero, esquivando rocas, derrapando sobre la tierra, buscando las sombras que crean nuestras leds, atravesando la oscuridad por el filo de la irrealidad, aullando bajo la luna. Hacemos paradas para reunir la manada, los 9 lobos. Tiramos los primeros pasos sin pensar apenas, y cuando el camino se hace más veloz y dejamos atrás los mares de piedras, enlazamos curvas, saltos, peraltes, pendientes en un estado de embriaguez lúcida que sólo la bici transmite. Nos evadimos del cuerpo y flotamos suspendidos, nuestro cuerpo reacciona instintivamente a los obstáculos, las pupilas se han dilatado por completo y el resto de sentidos se muestran igual de alerta: el manillar y los pedales parecen una extensión del cuerpo, el olor a pastillas de freno inunda las fosas, las ramas quebrándose y las piedras rodando se oyen nítidas. Incluso la saliva cobra un gusto metálico.

Nos caemos y nos levantamos, el dolor de un golpe o un corte no existe, el trance dura mientras queden metros de desnivel por sortear, mientras queden piedras o curvas que trialear, mientras queden resaltes que saltar.

Casi una hora después llegamos a Saravillo, son las 5 de la mañana y es imposible pensar en nada que no sea la felicidad absoluta.
Hemos sido ánimas de la Basa por una noche, aunque no sea la de San Juan.